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Adelanto del nuevo libro de Kelly Martínez Grandal

Aquí hay que hacer lo que sea

—¿Y ya tu mujer te dice papi? —El viejo suelta una carcajada y se baja del camión. Todas las semanas pregunta lo mismo y Alejandro contesta por respeto.

—Pues si tu mujer es cubana y no te dice papi, es porque no te quiere —sentencia medio en serio, medio en broma. Recoge los cartones que le hemos ido guardando y los amarra con un cordelito. Por cada libra le darán diez centavos.

Ágil como un perro de caza, es curtido y flaco, lleva en los ojos el fantasma líquido de quienes vieron mucho tiempo el mar. No sabemos su nombre, lo llamamos simplemente “Viejo”.

—En Cuba, cuando era joven, siempre tenía dinero, dinero y mujeres, pero aquí hay que hacer lo que sea. Fíjate, soy cartonero y me casé con una sola —vuelve a reírse. Le insiste a Alejandro en que no permita que su mujer no lo llame papi y se larga. Su camión traquetea a medida que se aleja, se pierde en la nada polvorienta de Opa-Locka.

Me quedo afuera y enciendo un cigarro. Las tardes de mayo son bellas, con toda esa luz que cae sobre las cosas, una capa fina de naranja y miel. Tal vez la luz sea lo único que importa, lo único que quiebra lo monotonía de días siempre iguales en una ciudad que insiste en preservarse idéntica a sí misma, asida al pantano. Mamá dice que Miami es tan rara porque está construida sobre un cementerio tequesta. Replico que no toda la ciudad; que el cementerio, descubierto hace poco, está debajo de Brickell y que ella ha leído demasiado a Stephen King.

—Peor todavía —bota humo y arruga la cara—, debajo del corazón financiero. Por eso la ciudad no progresa. Es verdad, mami, esta ciudad no progresa y suceden cosas extrañas. En las noches veo gente vestida de negro que deambula por ahí, que camina en un lugar donde caminar es sospechoso. Seguro es la muerte. Una muerte customized, hecha a la medida del cliente, que busca a alguien. El hombre cetrino con gabardina y paraguas, la muchacha regordeta con aire de cocotte, el joven del corbatín con cara de actor aspirante, ¿a quiénes iban a buscar? ¿Qué muerte customized vendrá a buscarme?

El humo del cigarro asciende lento, se eleva al cielo, se escapa con la levedad volátil con que quiero escaparme. Dos empleados del warehouse vecino me saludan y se paran cerca, también a fumar. Suelo encontrármelos con frecuencia y a veces hablamos, un haitiano y una gringa que siempre andan juntos. Ella, cuando se ríe, echa la melena hacia atrás. Él, cuando se pone nervioso, mete las manos en los bolsillos. Se gustan, lo sé, me lo dice la forma en que se miran, pero creo que no tienen nada. Hollywood estaría contentísimo, el romance interracial del año. Interpretan Idris Elba y Emma Stone.

Mi jefe llama, interrumpe mis cavilaciones. Su voz es una regla de metal que se cae y rebota contra el piso, una soga que me amarra las muñecas. No me deja respirar, existir, progresar. Yo tampoco progreso. Doscientas veinticinco camisas me esperan para ser dobladas y el sopor de unas cajas que se acumulan por todas partes en el espacio de las prohibiciones. Prohibidas las uñas largas y pintadas. Pueden dañar la tela, ensuciarla. Prohibidos los shorts, ni siquiera en verano cuando el ventilador industrial se chupa el aire caliente y lo suelta de nuevo. Los muchachos, me dice —usted sabe cómo son los hombres—, se distraen con las piernas. Media hora para almorzar. Si me paso, me lo descuentan. Dos años sin vacaciones, antinovela de Julio Verne, nada de beneficios. Dos años sin mí, dos años enferma. Aquí hay que hacer lo que sea.

Hoy es viernes y toca quedarse hasta tarde, esperar al camión que viene a buscar la mercancía. El jefe sale temprano y yo aprovecho y me escapo, doy una vuelta por Opa-Locka. En la calle, señoras con pañuelos de colores me miran con recelo, unos niños juegan descalzos en una ciudad donde los niños ya no juegan. Pero todo en Opa-Locka —con su hachís art decó y su adagio destartalado— está fuera del tiempo. Algún día escribiré sobre ella y sobre la muerte customized, que va a buscar gente, pero no hoy. Hoy solo querré sentarme en mi patio y tomarme una cerveza. No escribir, no pensar. Ojalá pudiera llevarme a Alejandro, meterlo en mi cama, contarle las pecas; pero Alejandro nunca va a fijarse en mí. Quiere a su mujer y su mujer lo quiere, aunque no le diga papi.

Llega un camión blanco, sin logo. Alejandro se entiende con los conductores, porque los camioneros casi nunca me hablan, y yo arrastro pallets con un carrito. Lucen apurados. Supongo que, como todos nosotros, quieren irse a casa. Probablemente tengan familia, mujeres que sí les dicen papi y mi chino y mi chuli. Parrilleras y niños; pavo para Thanksgiving y verde para Saint Patrick. Terminamos de cargar lo más rápido que podemos y ellos se marchan. No dejan recibo, anoto el número de placa en el celular. También nos vamos.

El lunes Alejandro me recibe hosco. Medio dormida, revuelvo azúcar en un café aguachento.

—La mercancía no llegó —suelta sin darme los buenos días.

—¿Cómo que no llegó?

—Tenía que llegar esta mañana y no llegó.

—¿Llamaste a la compañía? —Me doy cuenta de que acabo de preguntar lo obvio.

—Sí, dicen que no saben nada, que el camión no es suyo; que, cuando uno pide un camión, ellos contactan a otras compañías. Si tienen unidades cerca, las mandan.

—¿Y entonces?

—Nada, que ni idea de cuál era la sub-compañía, no me fijé. No sé qué carajo voy a decirle al jefe.

Luce cansado, siempre luce cansado. Creo que no tiene que ver con el jefe ni con las cajas ni las camisas, sino con algo más denso que solo él conoce. Cuando entró al warehouse, recién llegado de Caracas, estaba amarillo y flaco. En un mes recuperó el color, pero aún luce desangelado.

—¡Lo sabía, sabía que había algo raro! No es que no te fijaste: es que ellos no tenían logo, pero yo anoté el número de placa —afirmo con suficiencia de Sherlock Holmes—. De todas formas, mejor esperamos y no decimos nada. A lo mejor es solo un retraso.

Pero no era un retraso, sino un embarazo o, al menos, una situación embarazosa. Han pasado dos días y la mercancía no aparece. Le contamos al jefe. Se pone púrpura y en la frente le late una vena. Él y Alejandro se encierran en la oficina y oigo gritos. Alejandro sale cabizbajo y me cuenta que pusieron la denuncia. Al rato, aparecen dos policías. Uno es un americano inmenso, muy amable, con los brazos cubiertos de pelusa rubia. A ese le haría frijolitos los domingos. El otro, cuyo acento sureño me cuesta entender, no es tan amable y me mira con suspicacia: seguro la brown está metida en el paquete. Toman nuestros datos y nos hacen mil preguntas. En las cámaras de seguridad no encuentran gran cosa. Los camioneros se ven siempre de espaldas y nosotros de frente, como si tuvieran todo calculado. El rubio anota el número de placa que guardé y dice que tal vez no sirva de nada, que podrían haberla cambiado, pero que igual van a investigar. Se largan y me quedo pensando en el video, en que camino como mi abuela, arrastrando los zapatos.

En la boleta de denuncia leo una cifra: quince mil dólares en mercancía. Temblamos. El jefe se estira y se estira, se vuelve una mole inalcanzable. Desde arriba nos advierte que tenemos que prestar atención, que nadie puede irse sin darnos recibo, pero agrega que sabe que no es nuestra culpa, y suspiramos aliviados. Al día siguiente, vuelven los policías. Explican que fue un hackeo; que, cuando la compañía llamó para ver quién tenía unidades disponibles, hubo un hackeo. No ubican la placa, van a rastrear las cámaras de los semáforos. En los ochenta, en Miami se mataba por drogas y a la Flagler, por los tiroteos, le decían Vietnam. Ahora se cometen ciber-crímenes para robarse un camión con camisas de mal gusto. Qué diría Brian de Palma.

Hoy nuevamente es viernes. Nadie habla, solo se escucha el ruido del ventilador. El teléfono suena y Alejandro contesta. Es la policía, encontraron el camión cerca del aeropuerto. Lo dejaron abandonado sin llevarse nada, ni una sola camisa. Ellos no entienden y nosotros tampoco. Alejandro y unos trabajadores de otro local salen a buscar la mercancía y yo me quedo a esperar al viejo. Aprovecho la soledad para fumarme un cigarro y me encuentro de nuevo con la pareja vecina. Les cuento que el camión apareció con todo intacto y también ellos se extrañan. ¿Qué querían? ¿Qué falló? ¿Era solo para divertirse? Me monto una película: seguro somos una prueba, van a robar algo mayor. Me monto otra: un camionero loquísimo, cansado de todo, se roba un camión y tiene una crisis existencial. Se va por ahí, abandona todo y la vida le vale verga. Protagoniza Matthew McConaughey.

Escucho el traqueteo de los cartones. El viejo sonríe al verme.

—¿Y el muchacho?

—Tuvo que salir.

Me dan ganas de decirle que no, que todavía su mujer no le dice papi; confesarle que, aunque yo insista en negarlo, estoy enamorada de Alejandro y Alejandro no va a mirarme, no va a distraerse con mis piernas. Es una época terrible para los románticos, ¿sabe? Una época cínica. El amor es cosa demodé. Me dan ganas de contarle sobre el camión robado, sobre semejante incongruencia, y mi falta de comprensión del mundo que me rodea. Decirle que tal vez el camión solo tenía que morirse y los camioneros eran su muerte; que todo esto pasa por el cementerio tequesta, pero me freno. En silencio, lo ayudo a amarrar sus cartones.

 

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