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Alcahueta


Poco después de haber matado al policía fue que Quirino entró a mi casa, allá en la Unión de San Antonio. Aurora, mi ahijada, me lo arrimó; era su novio. Escóndamelo, madrinita, hágame esa caridad, me estuvo a dice y dice.

     El muchacho es de Silao y ya antes me había hecho el favor de llevarme en su coche a ver a la Virgen de San Juan de los Lagos. Eso sí, le dije que lo aceptaba en mi hogar con la condición de que él no asomara la cabeza a la calle. Figúrate, Santísimo Señor, qué iban a decir de mí en el pueblo cuando se supiera que yo estaba encerrada con un hombre.

     El tiempo que estuvo escondido en mi domicilio aprendió a bordar y a hacer deshilados para las fundas de almohadas que vendo. También sábanas, manteles y servilletas. Vieras qué cosas tan delicadas ya saber hacer. El canijo salió bueno para las manualidades: teje ganchillo como si tuviera manos de querubín, las puntadas más finas que pueda una imaginarse. Y con qué velocidad mueve los dedos. Dónde me iba yo a imaginar que nomás sabía medio leer. Para escribir salió duro de cabeza.

    Aurora iba a verlo cada ocho días; agarraba el camión de Silao a León y de allí tomaba otro a la Unión de San Antonio. Yo, con la mortificación de que los papás de esa muchacha, mis compadres, fueran a enterarse de que el novio de Aurora estaba bajo mi techo y creyeran que ahí andaba yo de alcahueta. Comoquiera, él era otra obligación para mí y él bien que lo sabía. Pero, como es muy noble, nomás andaba viendo cómo granjearse los tacos de frijoles, el caldo de pollo con chayotes y, a veces, los bisteces que yo le ponía en la mesa. Con decirte que hasta aprendió a tortear, y con qué suavidad echaba las tortillas en el comal caliente, como si fueran unas tortolitas.

    Yo le decía: Ándale, Quirino, baja tres aguacates del árbol, mijo, date prisa, no vayan a alcanzar a verte los vecinos y se enteren de que estás aquí. Y él subía y bajaba más rápido que un gato. Qué tan buen corazón no tendrá el muchacho que me dijo una vez: Doña Soco, yo quiero regalarle una estufa, la suya ya muy está amolada. Aurora pudo vender el carro de su novio y me dio el dinero para mi Mabe. Grandota. Hasta horno y plancha tiene. Reteacomedido mi Quirino. Mijo, cámbiame ese foco que ya se fundió. Él, en menos que canta un gallo, arriba de una mesa poniendo la luz. Mijo, ayúdame a cortar ese género para hacer sábanas, y enseguida se aparecía con las tijeras en la mano. Nos engrimos, como se dice.

    Rezaba junto conmigo la novena a la Virgen del Perpetuo Socorro y, cada principio de mes, el rosario. No digo que Quirino sea un santo, porque también tiene sus cosas. Me contó de un tal Leandro. Era su medio hermano. Por parte de padre. Mi muchacho comió y vomitó inquina cuando supo que el hermano tenía un negocio de gallos y que el padre lo acompañaba a los palenques de las ferias de muchos pueblos de aquí, de Guanajuato. Y, en cambio, con mi Quirino ni a misa iba. Una tarde vio a su padre y al tal Leandro caminar a un lado de la carretera que va de Silao a Comanjilla. Los reconoció porque cada uno traía bien pepenado un gallo. Nomás de acordarse, cuando me lo confió, hasta el pescuezo se le hinchaba a mi Quirino. Se les aventó con todo y carro. Esa noche fue a dar a Jalpa de Cánovas, a casa de unas amistades, temió que la policía lo detuviera. Pero ahí quedó a deber otra muerte, fue por eso que Aurora se vio en la necesidad de llevármelo a la Unión.

   La vez que me pidió que yo le escribiera a Aurora la carta en donde le decía que vendiera el coche, la de fiestas que me hizo cuando vio mi letra. Es que antes sí la enseñaban a una a escribir parejito, sin salirse de la raya. Mi ahijada y él se casaron, en mi pueblo. Allá viven. Ahora vinimos los tres aquí, a tu templo del Cubilete, a dejarte como ofrenda esta foto de Aurora y Quirino bailando afuera de un palenque. Es una acción de gracias. Mi muchacho vino a ponerla en el retablo de corcho para los exvotos; es la que él y mi ahijada clavaron con una tachuela verde. Él me dictó las palabras de la dedicatoria, las tracé hasta que me quedaran como si fueran uno de mis bordadosTodo esto te lo aclaro antes de leerte el agradecimiento del muchacho, Santísimo Señor, para que cuando pongas tus divinos ojos en la imagen de la fotografía y en las letras, me consideres parte de este presente de gratitud, dado que no aparezco retratada. Voy a leerte. Dice: “Te doy gracias, mi Señor Cristo Rey, por haberme dado chance de matar al cabrón policía que me madreó allá en Jalpa de Cánovas y de esconderme en la casa de doña Socorro, sin que la judicial haya dado conmigo. Tu servidor, Quirino Durán Tavarez”.

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