Agradecida desobediencia literaria

La historia es de todos conocida. Antes de morir, Franz Kafka pidió a su amigo Max Brod que quemara todos sus textos una vez el falleciera, pero Brod, en un acto atroz, como es el incumplimiento de la última voluntad de un muerto, decidió no hacerlo y regalarle a la humanidad no sólo uno de los legados literarios más importantes de la historia. Nos regaló todo un concepto. El de lo kafkiano, es decir, el Siglo XX en toda su extensión: tan absurdo como angustioso.

Y fue precisamente en este siglo, cuando la psicología, la industrialización, la tecnología, la ideología y la filosofía (sobre todo la existencialista) se fusionaron de tal manera, que los seres humanos comenzamos a buscar salidas que nos permitieran encontrar un sentido entre tanta prisa impulsada por el miedo a un destino irremediable. Una de las instituciones (sí, instituciones) que se asentó y se desarrolló durante este periodo fueron las librerías. Pues los libros, ya desde tiempos antes de Cristo, se habían convertido en el mayor baluarte del pensamiento, de ese que nos permite generar otro y encontrar soluciones a aquello que nos aqueja a través de las innumerables preguntas que un libro nos regala.

Así que las librerías, más que tiendas, se convirtieron en un lugar de encuentro, tanto de las personas con los libros, como de personas con otras personas. Y algunas de estas librerías recibieron a algunos de los personajes que, con el paso del tiempo, se convirtieron en autores de libros que hasta el día de hoy leemos con ahínco y nunca pasan de moda.

Una de ellas es la famosa Shakespeare & Company, fundada en París en 1919. De ella se ha escrito y se ha dicho mucho hasta el día de hoy. Incluso cabe recordar que sigue abierta. Sin embargo, volvió a ser noticia hace apenas algunos días cuando la norteamericana Universidad de Princeton anunció el lanzamiento del Shakespeare & Company Project.

¿Y en qué consiste? Primero hay que destacar que este no podría existir si la desobediencia, al igual que la de Brod, no se hubiera hecho presente. Pues como en nuestros tiempos digitales, donde supuestamente somos celosos de nuestra privacidad, pero mostramos (una parte de) nuestra vida en las redes sociales como un vicio irrefrenable, existía una orden de la American Library Association, a la cual pertenecía la librería, a pesar de ubicarse miles de kilómetros de Estados Unidos, pero que, como se sabe, estaba especializada en literatura escrita en inglés.

Dicha asociación obligaba a las librerías a destruir los registros de sus clientes. Es decir, los datos sobre los libros que compraban o alquilaban en el local. La mítica librera y editora Sylvia Beach decidió no hacerlo y ahora todo ese archivo, donado en 1964 por George Whitman, nuevo dueño de la librería, se ha convertido en un proyecto donde podemos saber qué libros adquirieron personajes como Ernest Hemingway, Simone de Beauvoir o Walter Benjamin.

Así que aquella desobediencia de Beach nos ofrece la oportunidad de introducirnos en sus lecturas, en aquello que les gustaba o en lo que querían indagar o aquello que les causaba curiosidad. Incluso, suponer algunas de sus influencias. En algunos casos podrían llegar a sorprendernos algunas de sus lecturas, las cuales jamás hubiéramos imaginado para tal o cual personaje.

Según el artículo publicado por el diario El País al respecto, el coordinador del proyecto asegura que este se encuentra apenas en una fase inicial, ya que el archivo también podrá mostrar clásicos olvidados o comunidades de escritores.

Y aunque es interesante indagar sobre lo que leían y cómo se reunían estos autores y artistas, el archivo también incluye a esas personas anónimas, como cualquiera de nosotros, que se acerca a una librería y adquiere un libro. Este acto que parece trivial, incluso cotidiano para algunos de nosotros, habla mucho sobre esa persona y, en conjunto, de una sociedad en un periodo específico. Y esta es una de sus mayores riquezas. La posibilidad de observar a toda una sociedad de lectores alrededor de una librería en un París que vive hasta hoy en el imaginario, en ese ideal intelectual del que tanto se ha escrito y filmado.

“París era una fiesta”, decía Hemingway.

Quizá, sin saberlo, la desobediencia de Sylvia Beach nos regale una visión más humana y más realista de ese mundo que, sin saberlo, se encaminaba a la mayor de las catástrofes. Y que ahora, nosotros, los habitantes del Siglo XXI, rodeados de redes sociales y leyes de protección de datos, obtengamos una guía para evitar repetirla.

Y eso habrá que agradecerlo.