«La ciudad ya escrita», adelanto del libro de ADO publicado por SEd.

Resulta incómodo escribir con este

traqueteo. Néstor Sánchez, Diario de Manhattan

 

Ahhh, but remember that the city is a

funny place Something like a circus or a sewer

Lou Reed, Coney Island

 

 

 

 

Te despiertas en el metro, de vuelta de una fiesta, con la vista hacia el techo, con la cabeza apoyada en el hombro de un negro que ronca.

Es temprano.

Demasiado.

Nadie más en el vagón. Solo dos gaviotas buscando comida debajo de los asientos; a una le falta una pata, tiene un muñón sucio, y la otra picotea con fuerza un envoltorio de chocolate hershey’s. Revisas tus bolsillos, tu mochila, te levantas y tambaleas hacia la salida como si estuvieras aprendiendo a caminar.

~

Coney Island.

La estación de metro vacía.

No es primera vez que te quedas dormido y despiertas en Coney Island. Es octubre pero ya parece enero o febrero: cielo levemente rojizo, eléctrico, muchas nubes grises y bastante frío: tienes las uñas moradas y los labios partidos. Metes las manos en los bolsillos. Decides pasear un poco por la playa en vez de regresar a tu pieza en Harlem. Sigues un poco borracho y de seguro no podrás dormir. Sales de la estación de metro. Caminashasta el paseo marítimo. Llueve y no tienes paraguas, tampoco abrigo. Buscas un restaurante, un café, lo que sea, aunque todo parece cerrado. Caminas un poco más, pero caminar por Coney Island en un día tan apagado notiene gracia. Finalmente encuentras un local ruso a un costado del parque de atracciones. El local se llama Banya.Entras. Eres el único cliente. Se escuchan ruidos metálicos desde la cocina. Te pones en una mesa cerca de la ventana. Quieres ver cómo el viento pega contra la montaña rusa. Una vez te subiste a esa montaña rusa, recuerdas. O conoces alguien que se subió y ahora te imaginas esa historia como si fuera propia. A veces haces eso: te apropias de los recuerdos ajenos: los formas y deformas.

Bostezas.

Parece que en cualquier momento la montaña rusa se cae. Es de madera, blanca, vieja y astillada. El viento pega y la estructura tiembla. Pasarás esta mañana ordenando

–o intentando ordenar– los episodios de la noche anterior. Aunque recordar, en esta ciudad, es imposible.

~

La semana pasada te inscribiste en tinder y otros sitios de online dating. En todos pusiste que buscabasmujeres mayores de cuarenta. Solteras, casadas, divorciadas. Da lo mismo. Negras, judías, blancas, chinas. All welcome. En lo posible, agregaste en tu perfil, prefieres saltarte la cena y cualquier tipo de preámbulos. We can meet for wine in my place or yours and then get to bussines. No weird stuff. I promise. Y esto en un semestre en que toda la gente del departamento de español de la universidad estaba con problemas sentimentales. Por tu tinder pasaron muchos rostros familiares. Casi todos argentinos, porque en NYU la argentinidad es alta.Peligrosamente alta. En su mayoría son académicos que se persignan al hablar de Beatriz Sarlo, o que tratan a César Aira como una pulga de circo vanguardista, o diseccionan a Clarice Lispector como si fuera una gallinaexistencialista. En tu tinder aparecen muchas profesoras con tenure y sin tenure, undergrads, secretarias y especialmente estudiantes de doctorado que parecen estar más solas que el resto. En sus perfiles de tinder se notaban las noches en vela y el aislamiento social, las arrugas prematuras, líneas en la frente, papadas hinchadaspor la cocaína, ojeras imborrables, guatas de cerveza y otras señales de cuerpos deconstruidos por el exceso de teoría política. Estabas a punto de cerrar tu perfil cuando Dust Bunny te habló. Pero no a ti, sino a Gonzalo Vera,tu heterónimo digital, y luego de intercambiar un par de frases quedaron de salir por una cerveza antes de una noche de sexo consentido, sado y lubricado.

~

El goulash está tibio y oscuro y lo comes con una cuchara aún más fría y con sabor a cebolla (como si no la hubieran lavado del todo). Recuerdas una fiesta. Recuerdas que fue cerca de un puente. ¿Brooklyn?, ¿Williamsburg? Recuerdas que la primera hora conoces gente y les mientes. Dices que eres abogado, chef, periodista, carpintero y luego reviertes el orden de las respuestas. Al rato te aburres y evades a la gente; tu ánimo de conectar disminuye y hablas poco. El espacio donde se celebra la fiesta es una fábrica de azúcar del siglo diecinueve. Es un galpón espacioso, una refinería convertida en sala de arte moderno. Encuentras una placa: acá traían esclavos del sur para trabajar. Y ahora hacen fiestas con luces de árbol de pascua, con nortec, bachata, country-pisteo y rastastás de fondo. Debe haber más de cien personas. Todos son latinoamericanos, gentrificadores como tú, y por eso las conversaciones se repiten. De dónde vienes, qué haces, hace cuánto vives acá, cuál es tu plan. Mucho escritor que juega a ser marginal; mucho hijo de político; mucho cineasta que consiguió que James Franco saliera en uno de sus cortos intimistas. Mucho Latino que en el fondo quiere ser gringo. Te aburres de ti mismo, de tu rabia gratuita, y como siempre, cuando estás en un grupo de gente, no sabes qué decir. O no quieres saber qué decir. Mejor callar hasta que tu silencio te vuelva invisible. Sacas tu teléfono. Escribes mensajes inexistentes. Revisas tu mail y facebook. El tinder. Por momentos haces como que hablas, sólo para dar la sensación de que estás en algo, con alguien al teléfono, pero ese truco no dura mucho. Además así te sientes estúpido. Preguntas dónde está el baño, o simplemente caminas hacia el baño, y entras para mojarte la cara. Buscas la salida, caminas, te vas sin despedirte.

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El mesero del restaurante ruso se acerca. Te pasa la cuenta y un vaso con un bajativo. Lo tomas. Nostrovia.Pero es vodka; vodka puro y fuerte, y sientes el ardor en tu guata. Pagas y sales de nuevo al paseo marítimo. Ya no llueve. El viento amaina, el frío se mantiene. Coney Island parece una isla abandonada. Solo una persona corre en la playa junto a un doberman. Tus pasos sobre el paseo marítimo crujen. Suenan como golpes de martillos sobre tablas. Te sientes un poco mareado. Puede ser el vodka. Te gustaría algo para evadir el estado enque estás. Sacas tu teléfono. Le mandas un whatsapp a Yoni, quien como siempre está online. Le dices que andas cerca, relativamente cerca, que quieres comprar. Cincuenta dólares, te responde. Le dices que sí, que vas para allá.Yoni responde con un emoji: el del mono que cubre sus ojos. Revisas tu mochila, sólo llevas dos libros: uno de un joven escritor chileno que escribe como viejo y otro de un poeta chileno que siempre vivió como joven. También algo de dinero, lo suficiente como para comprar una bolsita con un poco de marihuana prensada, una manzana y esa agenda que hace tiempo dejaste de usar, cuando te diste por vencido porque esta es una ciudad ya escrita.

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Sigues en el paseo marítimo sin rumbo fijo, y anotas en tu libreta que esta es una ciudad que se aprecia mejor hacia adelante, a partir de sus infinitas posibilidades, y no desde su pasado mitificado hasta la médula. Llegas a un punto en que Coney Island se acaba. No hay paseo marítimo. Te das vuelta y el parque de atracciones, como un punto borroso, colorido y nostálgico, aparece en el horizonte. Apenas ves la montaña rusa. La cara del hombre que sonríe. Y la ciudad más allá. No sabes dónde estás, y ahora hay lluvia y truenos y caminas a paso rápido hastauna estación de metro y te subes al primer vagón, a la espera de que vaya hacia el sur; lo más hacia el sur posible, mientras recuerdas cuando escuchabas Corazones saltándote el inicio, esa primera canción sobre un tren al sur. Adelantabas el casete de Los Prisioneros con un lápiz, girando la cinta para no gastar las pilas.

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Ves algo y tomas nota: de una de las puertas que conecta los carros entra un negro con pantalones blancos, con una chaqueta y camisa blanca, afeitado, pelo corto. Parece que va a una fiesta, aunque el día no está para fiestas.Avanza lentamente por el vagón. Llega al otro extremo del carro; a la otra puerta que conecta con el otro carro. Sedetiene. Mira por la ventanilla. En vez de calcetines lleva bolsas blancas y sus zapatos café claro se ven nuevos y no tienen cordones. Sacas la manzana de tu mochila y se la ofreces. El hombre te mira, niega con la cabeza y sonríe: no tiene dientes, solo sus encías rojizas y una lengua cubierta por una capa blanca. But thank you, dice. Te da la espalda. Abre la puerta. Camina hacia el carro siguiente. Te quedas solo. Anotas la escena en esta libreta.

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El tren se detiene. Dejas de escribir. Algo de sol aparece entre las nubes grises. Estar quieto en el metro terecuerda ciertos viajes familiares durante los años ochenta, como aquella vez que viajando en tren desde Temuco a Santiago, una vaca se cruzó en medio de la noche. Tenías seis años. Tu padre se despertó por unos minutos, aunque cayó rendido al sueño, con facilidad, a los pocos segundos. Tu curioseabas por la ventana, ponías atención a lo que losotros pasajeros decían. Como que la vaca estaba moribunda. O que el golpe la había dejado sin poder caminar. Esa noche no dormiste. Menos después de aquel ruido. Un ruido seco. Como al descorchar una botella de Champagne. Nunca habías escuchado un disparo. Y a la mañana siguiente, en el vagón restaurante, le contaste a tu padre y tu padre te dijo que todos los conductores de trenes llevaban una pistola, para casos como ese, aunque raras veces, por lo menos en todos los viajes que él había hecho, le tocó que alguien la usara.

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También anotas este recuerdo.

Y luego, en tu libreta, trazas una línea que delimite. A partir de ahora, lo que viene, son apuntes de la noche anterior.

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Luego de la fiesta en la refinería cruzaste el puente y tomaste una vez más el metro.

Y llegaste al bar. Un sport bar genérico. Ahí estaba tu date.

“Gonzalo”, le dices, se dan la mano, y te sientas a su lado. Dust Bunny es venezolana-gringa, metalera y estudiaen Hunter College. Dice tener 32 años. Le cuentas que vienes de una fiesta en Brooklyn. Ella te dice que acaba desalir del cine, el IFC, función de media noche de Alien. Y que le gusta manejar una vespa verde aguamarina cuando es de noche. Primero toman varias cervezas. Pides IPA; ella Guiness. Dust Bunny se ríe de los hípsters y la IPA.Hablan de esto y de lo otro. La conversación no fluye demasiado pero es suficiente para ambos hasta que alguien de la barra, alguno de los locales probablemente, los invita a varios shot de maker’s mark que te dejan nauseabundo, y que soportas, gracias a varios sorbos de otra cerveza; una cerveza barata y aguachenta, con sabor a meado. Chamo, te dice ella. Chamo te veo mal. Y entonces le dices a Dust Bunny que si te ve muy borracho te ponga en un taxi y le diga al conductor esta dirección en Harlem, y le pasas una servilleta con todo anotado. Y Dust Bunny, que no está tan borracha como tú –o eso por lo menos crees– se guarda la servilleta antes de pedir más cervezas. Recuerdas los shotsobre la barra del bar. Recuerdas un olor entre vinagre y vino. Recuerdas una barra mojada y esas pequeñas moscas que se alimentan de cerveza: barfly. Las barfly que dan vueltas en círculo y, de vez en cuando, se ahogan en las pequeñas pozas o mueren atrapadas por golpes o manotazos. No es muy distinto a cómo te relacionas con esta ciudad; dar vueltashasta el cansancio; caer dormido en el metro; despertar medio muerto.

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El metro sigue parado.

Y por mucho que haces memoria, no sabes en qué terminó la noche anterior.

¿Dust Bunny?

No importa.

Anotas lo siguiente.

Lo primero de todo, antes de recordar, es sentarse y madurar.

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Otro de esos viajes familiares, durante los ochenta. Aparecen dos militares en el vagón restaurante. Tú y tupadre y esos dos hombres que no eran militares sino carabineros y tampoco hombres sino jóvenes; imberbes con uniformes grandes, tal vez recién salidos de la escuela de carabineros. Al final de la noche, uno de ellos pasa portu mesa y luego de saludarlos te regala un set de calcomanías. Es parte de una campaña ciudadana del gobierno de Pinochet para las fiestas patrias. Hoy todos recuerdan esas calcomanías. Un carabinero alto como un poste, y el otro, chico y gordo y sonriente.

Tu padre nervioso.

Y tú, al igual que con la vaca, sin entender del todo. Los carabineros avanzan al próximo carro.

Tu padre se relaja.

También anotas esto en la libreta.

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Sacas la novela que llevas en tu mochila y las frases se deshacen enfrente tuyo. No son palabras, son líneas quechocan entre sí y no van hacia ninguna parte. La resaca no te deja leer. Quieres distraerte y otra novela sobre niñoshéroes en dictadura no ayuda. Lo mismo te sucede con el poeta que escribe versos a partir de Manhattan. Igual los lees: por lo menos ahí hay una musiquilla, un traqueteo, palabras que resuenan. Por lo menos aquel sonido te sirve de mantra hasta que te cansas y miras por la ventana. Grúas que no se mueven. Construcciones abandonadas por el huracán. Delis con la calcomanía I ?Big Cans. El metro avanza. Regresas a tu libreta. Pasas varias páginas y encuentras el listado de canciones sobre trenes que desde hace un tiempo llevas.

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El último tren a Londres. El último tren a casa. El último tren solitario. El tren huacho. El tren loco.