Adelanto de «Flores de la calle», novela ganadora del Premio SEd

Marina Condó, escritora argentina. Ganadora del Premio de novela SED.

 

 

Culpables de este amor escandaloso

 

 

1.

 

-Dos miradas me acuerdo -dice Aldana.

Habla con los ojos fijos en mí. Ojos claros y marrones como un río revuelto. Hace cuarenta y ocho horas que la conozco. Abre la ventana del bar donde estamos y prende un cigarrillo-. No se puede fumar acá -aclara.

Aldana “Kinki” Flores está vestida toda de negro, con una remera manga corta y un jean. Tiene la piel de la mano izquierda toda arrugada, llena de pliegues como un papel abollado. A la altura de la muñeca se le nota un tatuaje. Una palabra que no llego a leer. Dejo el grabador arriba de la mesa.

-¿Vas a grabar esto?

-Soy lenta tomando nota -contesté.

Se queda callada y le da una pitada al cigarrillo. Le digo algo amable; necesito que ella siga hablando.

-¿Qué miradas recordás?

-La del primer guardia. El que abrió la puerta. Es al único que miré directo a la cara. Tenía ojos de sorpresa y miedo. Creo que eso pasó cuando vio a los Paragua atrás. Después me enteré que tenía una piba muy parecida a mí. No lo conocía, no era del barrio.

Aldana apaga el cigarrillo en el borde de cerámica de la ventana y tira la colilla afuera.

-¿Y la otra mirada?

-La de la Pablo, en el hospital.

Aldana toma un respiro, pone los ojos fijos en alguna parte de mí, pero no en mis ojos y habla de lo que pasó después del incendio del Coto de Ciudadela:

-“Andate Aldana, andate”, gritó la vieja de Pablo. Tenía los ojos arrugados y un diente de mentira, por eso hablaba sin mover el labio. “La Pablo no te quiere ver nunca más” y me cerró la puerta en la cara. ¡Vieja de mierda! Veníamos preparando tubos, unos explosivos con nafta y otras cosas en botellas de vidrio chiquitas que Pablo me enseñó a armar.

Habla moviendo las manos para darme una idea del tamaño. Hace una pausa y se queda en su recuerdo.

En el café no hay nadie más que ella y yo. Son las tres de la tarde, pero parece que fueran las once de la noche en este pueblo, a unos doscientos kilómetros de Buenos Aires. Llegué hace dos días con la idea de entender qué pasó en el tiempo transcurrido entre el bingo y la iglesia. Y también, para ver si podía salvar mi laburo. No hay ruidos en la calle ni autos. El mundo se paró para escucharla hablar. La miro con los ojos más comprensivos que puedo conseguir a esa hora infame y ella sigue:

-No entiendo qué salió mal ese día. Pienso en ese momento, pero me acuerdo fragmentos y ni siquiera ordenados. Era verano, hacía mucho calor. Estaba en su cuarto cuando se le ocurrió. “Necesitamos aire, Kinki, vayamos al Coto” y me mostró su risa blanca.

Fuimos con el Paragua, los tres en la moto. Nos reíamos de pensar cómo íbamos a volver con los ventiladores. El Paragua se quedó más adelante, yo miraba de reojo la esquina y después la explosión y las llamas. Pero Pablo no corría; estaba en el piso y no se movía. “¡La yuta, Kinki, corré!”, me gritó el Paragua.

Según lo que cuenta Aldana, ella se volvió sola a su casa. No se acuerda cómo, pero llegó caminando y cuando se enteró que a Pablo lo habían llevado al hospital, se fue directo.

-“Andate, pendeja. La Pablo está mal. Andate”, eso me decía la vieja de Pablo. La vieja no era una vieja de mierda. La Pablo no conoció a su papá. Era vendedor de seguros para tractores. Se fue por un trabajo a Entre Ríos y no volvió más. La vieja de Pablo aplicaba vacunas a domicilio y también ayudaba a los viejos a morir. Le pagaban poco por una cosa y mucho por la otra. Ella las hacía igual. “¡Tengo que ver a la Pablo!”, le grité a la puerta en mi cara. No me contestó. Di la vuelta al hospital para ver si podía entrar por otro lado. Y la vi a Elsa. Ella hace mil años que es enfermera y me ayudó mucho cuando pasó lo del accidente de mi papá. La encontré fumando un cigarrillo cerca de un árbol. Tenía la bata muy apretada. No la miré, solo miré el botón del medio de su panza. Parecía pedir auxilio, ahí, en el centro de ese derrumbe de grasa. “Nena, ¿qué hacés acá? ¿Venís por el quemado? ¡Mirá que ya llegó la yuta! Mejor rajá. ¡Tomá!”. Y me tiró el resto del paquete. Lo guardé en el bolsillo y volví para el cuarto. Tenía que ver a Pablo.

Los recuerdos de la noche anterior se venían todos juntos. La Pablo desnudo, caminando por el cuarto. El cigarrillo le colgaba de la boca. La ceniza que no se caía. “Nos estamos cagando de calor acá, Kinki. Vamos al Coto. ¿Tenés para preparar tubos?”, me preguntó. No, no tenía. Me fui a mi casa a prepararlos. Guardaba las cosas donde antes papá guardaba los ingredientes para las tortitas negras. Usaba el frasco para medir harinas y me acuerdo que no lo lavé. Había fumado. Me sentía relajada, tranquila y mis dedos flotaban entre lo que tenía que hacer. Preparé todo. La Pablo vino con el Paragua en la moto y me subí atrás.

Aldana saca otro cigarrillo; lo prende mientras mira a un gato negro con un par de manchas blancas subir al árbol de la esquina del bar. Estamos en el pueblo de Las Flores, a dos horas de manejo de Ciudadela y a un segundo del recuerdo en su cabeza. El Coto de Ciudadela está donde antes estaban los cuarteles. Se abrió en el 2002 en plena recesión. Es uno de los seis hipermercados que tiene la cadena y el de la superficie más grande. Aldana no me dice nada más del accidente de Pablo ni del robo; me habla de su papá:

-Papá no hizo la colimba porque no salió sorteado. Pero quería. Y se fue a ofrecer de voluntario a los cuarteles. “No me tomaron, pero quedé para hacer prácticas de tiro”, me contó. Le dieron un revólver y una escopeta chiquita. Sabía desarmarlos y armarlos con los ojos cerrados. También, limpiaba las armas de los milicos de ahí. Después del año le dijeron que no vuelva más. Cuando murió, encontré una escopeta escondida atrás del placard.

Silencio, pitada y silencio.

-¿Qué salió mal? -se pregunta mirando la ventana. Respira hondo y recopila el recuerdo como si al volver a pasar por la memoria se encontraran escondidas las respuestas de lo que no entendemos-. Después de la explosión tenía que ver a la Pablo. Mirarlo. Que me mirara. Volví y la puerta seguía cerrada. Di la vuelta y me puse abajo de la ventana. Me trepé a ver si lo veía. Ahí estaban. La vieja mirando el celular y en la cama, un cuerpo todo vendado. Los ojos cerrados, el pelo enrulado de Pablo. Estaba por gritar cuando entró la policía y dos enfermeros. No dije nada. Me quedé dura. La cortina me tapaba. Escuché que lo iban a trasladar. La vieja se puso al lado de la cama. La Pablo abrió los ojos y los clavó en mí, pero no se movió. El enfermero le hablaba. Él empezó a gritar. Su voz no era su voz. Era pesada, arenosa, oscura, como la de ese CD que le gustaba escuchar después de las cuatro de la mañana. Decía algo que no se entendía. Los policías movieron la cama. Lo sacaron entre los cuatro. Y la Pablo levantando la voz dijo: “El Señor espera con los brazos abiertos. ¡El único camino es el de los creyentes!”.


 

Un jurado compuesto por Raquel Abend van Dalen, Gastón Virkel y Hernán Vera Álvarez declaró por unanimidad ganadora a Flores de la calle en la primera edición del Premio de novela #SEd.

Miami, 11 de enero de 2021.

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