Abbas Kiarostami regresa al paraíso perdido

Una de mis aficiones fílmicas son las piezas en las que los protagonistas son niños o niñas. Considero que éstas buscan apelar en el espectador sentimientos básicos que carecen de complejidad y que logran presentarse a través de tramas simples. Éstas conducen al público a pasar por un proceso retrospectivo en el que se accede a la reapreciación de valores que, como adultos, tal vez tomamos por sentado y hasta dejamos de cuestionar. Es el caso de un sinnúmero de representaciones cinematográficas: cuentan historias que retan nuestro modo de percibir el cine. Entre las cintas que más me han cautivado están el filme martinqués Rue Cases-Nègres (1983), el chileno Machuca (2004), el español Secretos del corazón (1997) y el iraní Niños del paraíso (Children of Heaven o Bacheha-Ye aseman) (1997). Precisamente, a partir de este último he desarrollado un gusto particular por la cinematografía iraní. De ahí, que escriba hoy acerca de una de las tantas obras de Abbas Kiarostami: ¿Dónde está la casa del amigo? (Where is the Friend’s Home? o Khane-ye doust kodjast?) (1987).

El director iraní desarrolla de forma llana un argumento que retrata la buena voluntad de un niño que quiere evitar la expulsión de su compañero de clase de la escuela. La narración inicia cuando el maestro advierte reiteradamente que los estudiantes deben hacer su tarea escolar en sus respectivos cuadernos o libretas. Mohamed Reda no ha seguido las instrucciones en varias ocasiones y ha sido prevenido que de volver a suceder sería expulsado. Ese preciso día, Ahmed toma el cuaderno de Mohamed por error y nota su falla al llegar a su casa y ver ambas libretas en su mochila. Para evitar que suceda la expulsión de Mohamed, Ahmed emprende la búsqueda de la casa de su amigo con tal de devolverle su libreta para que éste pueda hacer su tarea. Esto lo hace sin el permiso de su madre y sin saber la dirección exacta de su compañero.

La manera en la que se van desplegando las siguientes escenas causan ansiedad en el espectador. A lo largo del filme embarga la misma desesperación que representa de modo eficiente el personaje de Ahmed. De la sencillez de la narrativa se desprende un conjunto complejo de emociones que el niño enfrenta. Entre las travesías que éste tiene que pasar están obtener el permiso de la madre, escaparse, ir de un pueblo a otro sin autorización, encontrar la casa de su amigo sin saber dónde queda, comprar el pan que la madre le encargó, regresar a su casa después del anochecer y ulteriormente hacer lo necesario para que su amigo no sea expulsado de la escuela.

No develaré aquí si Ahmed logra encontrar a su amigo o si consigue evitar su expulsión, de hacerlo arruinaría el caudal de impresiones que la obra busca crear en el público. No obstante, recalco que no interesa si Ahemd encuentra a Mohamed o si el maestro expulsa a este último por no hacer su tarea, lo que importa es cómo las reglas del mundo del adulto restringen la vida de los niños/as. Además, sí es cierto que estamos condenados desde la niñez a seguir instrucciones para vivir en sociedad de una manera productiva, si se quiere ver de este modo; sin embargo, cabría cuestionarse por qué a los adultos les cuesta percatarse de la buena voluntad de los/las menores. De Ahmed haber sido escuchado por su madre o por su abuelo, con la ayuda y guía de éstos tal vez se hubiera resuelto la situación sin que el niño pasara por tales percances.

Por otra parte, la vida está llena de experiencias enriquecedoras que los niños/as inevitablemente tienen que vivir por sí solos/as, no hay forma de evitarlo. De hecho, ni siquiera es necesario, pues, se debe crecer y por esto se debe estar preparado para la vida, ¿no? Así, el relato de Ahmed nos otorga la oportunidad de revaluar la niñez, de observar la inocencia que una vez tuvimos y que ya no está en nosotros; de mirar el gran gesto desinteresado de Ahmed y del cual nunca sería tarde aprenderlo, retomarlo.

Es posible que el director de Niños del paraíso haya sido influenciado por esta pieza de Kiarostami, pues, en ambas el móvil de la narración es mostrar el movimiento de uno o varios/as niños/as a través del pueblo tratando de resolver una situación para evitar ser reprendidos. Lo que cautiva de ambos filmes es la bondad de los niños, es la capacidad que tienen de preocuparse por el bienestar del otro hasta el punto de temer por ese/a otro/a; es decir, es la puesta en escena de la empatía sin cuestionarla. Con esto precisamente me parece entender dónde está la casa del amigo: es lo que a veces se nos hace tan difícil a los adultos, es pensar en los otros sin titubear sobre las consecuencias que se pueden afrontar. ¿Dónde está la casa del amigo? o ¿En dónde está nuestra empatía? –es lo que quizás pregunta Kiarostami, y como éste, aquellos directores que apuestan en las tramas sencillas de la niñez.

 

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