Un taxi. Tres patrullas

No es necesario tener talento para escribir sobre Cuba. Basta con despertarte un 12 de febrero, abrir los ojos y pensar que hoy se celebra la audiencia del habeas corpus de Kamil Zayas Pérez y Ernesto Ricardo Medina; basta contar que, justo después, te sientas en la cama, llevas tus manos al cabello desaliñado y te preguntas si todo esto de verdad va a terminar o solo se va a poner peor.

No hace falta tener talento; solo es necesario sentarse ante un teclado y contar que, mientras te tomabas un vaso de jugo de naranja para desayunar, pensabas en llamar a tus abuelos, y que, cuando el pan sale listo de la tostadora, ese clic te hace preguntarte qué habrán podido desayunar los que siguen allá.

No es necesario tener talento, porque a veces basta sentarte en el suelo alfombrado de tu casa con aire acondicionado y contarle a esta página en blanco que, en la tarde, tu padre llamó y que debes aprender a jugar la emoción de verlo y hablarle con el dolor que traen las mismas cosas.

Basta con decir que ha pasado lo impensable: que Varadero está vacío. Que mi padre me contó que el litro de gasolina ahora cuesta tres mil pesos en moneda nacional.

Basta con decir que lo vi caminando bajo el sol por un Varadero desierto, mientras me decía, riendo para no llorar, que iban a cerrar los hoteles, que ahora los sacarían a todos ellos con un mes de vacaciones y luego no se reincorporarían “hasta nuevo aviso”. Vi, mientras él avanzaba buscando transporte, que lo único que decoraba la desolación eran el uniforme azul de los policías en cada acera y las sirenas de las patrullas estacionadas.

Fue a él, justamente esta tarde, a quien escuché decir: “Un taxi, tres patrullas. Un taxi, tres patrullas. ¿Tú te puedes creer esto?”.

Le tocó lo mismo que a mis amigos, a quienes, locos por graduarse, les han dicho: “No más, hasta nuevo aviso”.

El país entero está parado.

En uno de sus videos, Kamil Zayas Pérez nos dijo: “(…) Cuba no se pone tensa, Cuba se pone en peligro (…) porque cuando afuera cambia algo, adentro no se adapta nada; al contrario, la respuesta siempre es la misma: siempre más cierre, más control, más rigidez, más miedo”.

Ernesto Medina aseguró que: “Los días de esta dictadura llegaron a su fin, al menos tal como la conocemos. Puede que lo que venga no nos guste del todo, pero sí entendemos que los cambios no llegarán por el sacrificio del pueblo”.

Y yo solo me pregunto si de verdad va a llegar el fin.

Mientras tanto, continúo pensando que, para hablar de Cuba y llegar a los demás, basta tener un día típico, observar y contar con simpleza que tu madre compartió en el grupo de la familia una noticia informando que Cubamax suspende envíos dentro de la Isla por escasez de combustible. Basta acceder a tus propios mensajes personales y compartir que alguien muy cercano dijo hoy:

“Acabo de hablar con ella por poco más de una hora, y me jode que me duela tanto todo. Me jode que, por más que corra, no me escapo del único sentimiento que nunca he sabido manejar: la impotencia. La impotencia que me provocan tantas cosas cada vez que pienso en Cuba. Esa rabia que me ha teñido de gris los recuerdos preciados que tenía de mi propia idiosincrasia. A veces quisiera gritarle a la gente que no soy una persona de derecha sin cerebro; soy una persona que ama profundamente el orden y la estabilidad. Soy una persona conservadora porque esta vida que tengo tiene que funcionar. Porque no hay adonde regresar. Mi hogar no existe, la casa vieja de los abuelos no existe, mi amada provincia está hecha añicos y mi bahía está apagada. Y hasta mis sueños de una Cuba libre están motivados por rabia. Yo siempre sentí que no encajaba en muchas cosas y con la otra mitad no me identificaba, pero tampoco escogí irme sabiendo que todo cambiaría tanto. Y odio mi empatía y odio sentir tanto. Y odio que voy a tener 30 años y nunca he sabido tragarme las injusticias”.

No es necesario ni siquiera tener talento ni buenas maneras de decir.

Y eso es lo más triste: pensar que la realidad, por sí sola, es tan impactante, injusta y dolorosa, que basta con mostrarla, sencillamente, en su cotidianeidad, para hacer que la gente tiemble.

 

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