Viajar sin mapa: memoria, exilio y desvío en la escritura de Jorge Ignacio Pérez

El autor de Miami no estaba en los planes, Jorge Ignacio Pérez, propone en este libro una cartografía poco convencional del viaje: una donde los destinos importan menos que las pérdidas, las renuncias y los recuerdos que se activan al moverse. Escritas desde la intemperie del exilio y la precariedad, estas crónicas recorren ciudades europeas que no funcionan como postales turísticas, sino como escenarios emocionales atravesados por la memoria, la diáspora cubana y la experiencia de la ilegalidad. El título ya anuncia una poética del desvío: nada ocurre según lo previsto, y es precisamente en ese margen —entre lo que se quería y lo que terminó pasando— donde se articula la voz del narrador. En esta conversación, Pérez reflexiona sobre el viaje como acto interior, la escritura desde el exilio, la mirada cotidiana como forma de resistencia y el papel de lo no planificado como motor vital y literario.

El viaje parece ser tanto físico como interior a lo largo del libro. ¿En qué momento sentiste que dejaste de viajar por lugares y empezaste a viajar, sobre todo, por la memoria?

Desde el primer viaje sentí que estaba viajando por la memoria, y ese primer viaje ocurrió una semana después del ataque terrorista a las Torres Gemelas de Nueva York. Fue el viaje con el que dejaba Cuba para llegar a Barcelona, un viaje de trabajo del que no regresé, salvo para despedirme de mi madre enferma de cáncer.

Lo que pasa con los cubanos es que no podemos elegir un lugar ni un momento para escapar del país, por eso hay que agarrarse de la primera oportunidad. Al llegar a Barcelona, me preguntaban cómo escapé de Cuba y yo decía que no había escapado, que había viajado en avión. Para mí los que escapaban eran los “balseros” y no me daba cuenta de que tenían razón quienes me preguntaban, porque para poder salir de la isla en ese viaje de trabajo tuve que mentir, y eso es escapar. Pero no lo supe hasta que comencé a experimentar la libertad de expresión y de movimiento.

Me quedé años indocumentado en Barcelona, una de las ciudades más bellas del mundo que ni siquiera pude reseñar en mucho tiempo por una especie de bloqueo interno. Una vez, después de obtener mis “papeles” en una regularización masiva como la que está haciendo ahora el Gobierno español, me visitó una amiga desde Suecia y le mostré la ciudad. Entonces sí escribí el recorrido, y es la guía “turística” alternativa de Barcelona que incluye este libro.

En realidad, el leitmotiv del libro fue un viaje frustrado a Andorra. Se lo habían regalado en el trabajo a una novia que tenía y me invitó a pasar un fin de semana en unos baños termales. Yo era indocumentado y tuve que declinar. La gente me decía que no corría mucho peligro porque era por carretera, que la policía buscaba etarras fugados. Aun así me dio miedo, y el dolor que vi en la cara de esa mujer me marcó para siempre. Andorra no es un destino en este libro y al mismo tiempo está sumergido, sin que el lector lo sepa.

Las ciudades que describes funcionan casi como personajes. ¿Qué hace que una ciudad merezca ser escrita: la belleza, la experiencia vivida en ella o el estado emocional con el que se llega?

Sobre todo el estado emocional con el que se llega a determinado lugar. No son ciudades escogidas para hacer turismo, sino en pos de buscar a alguien de la diáspora cubana que hace años no vemos. Viajar por Europa es relativamente económico en vuelos low cost, sobre todo si encuentras un cubano o cubana que te da hospedaje. Hay ciudades que en Cuba nos sonaban muy lejanas y cuando llegas, desde Barcelona, descubres cierta referencia mitológica.
La peor parte se la llevaba mi mujer, porque, aunque la pasábamos bien, se daba cuenta de que no eran viajes exclusivamente románticos. Ya ves, en París, buscando a un amigo, describo un hotelucho de cuarta categoría y al recepcionista del lugar más que la ciudad misma. Era un marroquí que intentaba hablarme en español, mientras a mi mujer se dirigía en francés. Quise dejar claro que estuve allí pagado por mis propios medios, y eso no es poco.

El exilio y el desarraigo atraviesan muchas de las crónicas, incluso cuando no se nombran directamente. ¿Crees que se puede dejar de escribir desde el exilio alguna vez, o es una condición permanente del narrador?

Es una condición permanente. El exilio cubano sobrepasa los 60 años, o sea, la edad que tengo, y está marcado por la poca luz con que vislumbra el final. Por eso, al llegar a España en 2001, coincidí con el estreno de la serie Cuéntame de Televisión Española y la veía con un nudo en la garganta: narraba lo que pasó en este país durante la dictadura y los primeros años de la democracia. Para los españoles era nostalgia; para mí, un trago muy amargo.

La mirada cotidiana —un vecino, un café, una conversación casual— ocupa más espacio que los grandes acontecimientos. ¿Es una elección estética consciente o una forma natural de resistirte al relato turístico y oficial?

Siempre me gustó ser cronista de viajes. En mis viajes de trabajo como periodista por las provincias cubanas descubrí culturas locales maravillosas y las reseñaba. Al estar fuera de la isla en condiciones adversas —ser indocumentado, reciclarme en cuidador de ancianos y enfermos terminales— la posibilidad de ser un cronista “oficial” se anuló. Por eso el viaje que hice a Lisboa por cuenta propia está fechado como Enviado Especial. Ese guiño me reconfortaba: escribía para mí y, al mismo tiempo, me resistía al relato turístico oficial. Ese viaje oficial no era mi plan y siempre lo tuve claro.

El título sugiere accidente, desvío, falta de plan. Mirando el libro en retrospectiva, ¿dirías que lo no planificado ha sido el verdadero motor de tu vida y de tu escritura?

Siempre me llamó la atención que tantos cubanos que llegaron a Miami, incluso jugándose la vida, no tuvieran tan claro el privilegio de obtener un estatus legal desde el primer día. La vida me llevó a Barcelona, donde tuve que sumergirme en un nacionalismo político habiendo escapado de otro. Nada de eso fue planificado, pero sirvió para aprender mucho.

En Miami, ciudad que respeto y admiro, de cierta manera estás en Cuba con Coca-Cola, así que agradezco el desvío, los accidentes y todo lo que tuve que pasar como indocumentado. Esa circunstancia ha sido un motor importante, a pesar de encontrarme una Navidad solo en un apartamento helado en el centro de Barcelona.

La improvisación ha sido y sigue siendo el motor de muchos cubanos. A mí me salvó seguir escribiendo lo que veía a mi alrededor. Supongo que en otro libro ya podré escribir en tercera persona. El viaje a Gijón en tren que cuenta este libro fue uno de los más duros, porque unos amigos me habían ofrecido “regularizarme” allí, cosa que no sucedió, y tuve que volver a hacer las maletas. En lugar de disfrutar el paisaje de los Picos de Europa, pensé en mis compañeros de primaria, entre ellos Alejandro Castro Espín, el hijo de Raúl Castro, que se me apareció como un fantasma luego de haberme escapado de Cuba. Ese lastre cuesta mucho dejarlo atrás.

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