Todo esto se escribió, más o menos, en un vagón

 

Una vez más son los libros los que me permiten viajar. En griego, metáfora significa transporte o traslado. Así que, en esta oportunidad, la edición de mi último libro se transforma en un vagón vertiginoso que me conduce hacia la ciudad de Seinfield. ¡Mi primera visita a la Gran Manzana! Voy a participar en la 17a Feria del Libro Hispana/Latina en Queens, Nueva York. Mi vieja amiga de universidad, Silvia, que ahora cursa un doctorado en el Graduate Center, me pasó el santo sobre esta actividad. Durante todo un fin de semana, tendré una mesa para exponer mis libros y veinte minutos para hablar de mis cuentos. Además, guardo conmigo un manuscrito bizarro y la esperanza de encontrar valientes editores que se animen a publicarlo.

Voy a bordo de un tren de Amtrak que me lleva de Montreal a Nueva York. Me imagino como un monje contemplativo que mira el rostro de Buda por la ventana de la cafetería. Los colores del otoño apenas se asoman como tímidas ráfagas cromáticas. Campos infinitos de maíz me regalan secuencias que, a falta de datos, se quedan atoradas en el bucle sin fin de Instagram. Una serie de pantanos me ofrecen espejos de agua para descifrar el espíritu del camino. Para romper con este falaz delirio ascético, me pido un sándwich de pavo y una cerveza Space Dust IPA con nada menos que 8,2% de alcohol, un gatillazo etílico de trece dólares que, ojalá, eleve mi inspiración durante las próximas ocho horas de viaje.

Llevo mi diario a mano, pero me olvidé del lápiz en el vagón de pasajeros. Tuve que pedirle a la mesera una pluma con la que ahora registro este presente escurridizo, tinta prestada que, quizás, ensaye trazar en estas líneas la frontera entre lo real y lo ficticio mientras el crepúsculo nos tiñe de magia. ¿Cuánta gente parte precisamente para luego tener historias que contar? Describir los movimientos de un viaje significa presentar un documental ante los ojos del lector, es nuestra misión convencerlo —o mejor aún, ilusionarlo— de que la vida puede ser simultánea a la escritura misma, aunque el relato parezca fragmentario e inverosímil.

Las sensaciones se plasman en las letras, que el lector asume como sinceras, aunque los recursos utilizados pueden delatar el arbitraje de la invención. ¿Qué tanto editamos el ahora? ¿Recurrir a la imaginación es traicionar la verdad? He aquí que divago pensando en ejemplos prácticos sobre estos problemas cuando, súbitamente, ingresamos en un largo túnel de oscuridad que pareciera no estar programado en la ruta, a juzgar por los gritos de sorpresa que da la mesera.

Al salir del pasadizo de sombras, me percato del pálido y orgulloso rostro de una joven que apareció justo en la entrada de la cafetería. Lleva el cabello rubio con largos mechones celestes, las uñas negras y rectangulares como martillos de una máquina de escribir, flojos pantalones caquis, un pullover verde y unas Converse gastadas. Entre sus manos se adivina un cuaderno de notas y un lápiz que tiene un curioso borrador con la forma de una cámara.

Todas las mesas están ocupadas. La gente en los otros asientos se repone del apagón repentino y conversa para desterrar todo vestigio de lo ominoso. La joven etérea se acerca hacia mi mesa.

—¿Puedo sentarme?

Un poco pasmado ante su aparición, estiro mi mano para dejarle ver que es bienvenida. El inglés se me atora en la garganta por lo que le doy un largo sorbo a la cerveza e invoco al Dios de Duolingo.

—¿Qué haces?

—Escribo.

—¿Eres escritor?

—Más por convicción que por talento.

—¿Y qué escribes?

—Ficción disfrazada de verdad.

—¡Vaya! No me agrada la ficción.

—…

—Estudio periodismo.

—¡Lo sabía!

—¿Cómo lo sabías?

—Quiero decir que no lo sabía, pero tu apariencia me lo sugirió.

—…

—¿Dónde estudias?

En esta parte del diálogo me dice su nombre y otros datos personales, pero por más que lo intento, no logro recordar nada. Llama a la mesera y se pide un latte descafeinado.

—¿No eres de por acá?

—Pero tampoco soy de allá.

—¿Qué quieres decir?

—Soy un migrante.

—Se te nota, tienes un acento del más allá.

—¿Por qué no te gusta la ficción?

—Porque me dedico a escribir reportajes. Soy periodista. O quiero ser periodista, tú me entiendes. La literatura como arte es evasión, y yo experimento una pasión práctica, instrumental, con las palabras.

—Pero ¿dónde queda la libertad creativa?

—No soy artista, investigo e informo, no voy por ahí creando mundos de fantasmas. Eso no sirve para nada.

Ya me comienza a irritar el que me banee, así sobre la nada, el ejercicio de la ficción. ¡Mucho menos cuando estoy escribiendo una verdad sucedida! Me encorvo hacia ella:

—Investigar e informar… eso también lo hace un escritor, no podemos prescindir del mundo exterior, dirigimos nuestro mensaje hacia los lectores, solo que encontramos otra forma de apelar a la verdad.

—A través de mentiras maquilladas.

—Dictaduras, revoluciones, injusticias sociales, tragedias cotidianas, todas pueden ser revisitadas por cualquiera que nos lea y extraer conocimiento de allí.

—No es más que puro idealismo que no cala en nadie… ¿A qué vas a Nueva York?

—A una Feria del Libro Latina.

—¡Lo sabía!

—¿Cómo lo sabías?

—No lo sabía, pero se te nota lo soñador.

—¿No querrás ir a hacer una nota sobre la actividad?

—¿Por qué no? Necesito completar este cuaderno con notas para mi primer libro de no ficción.

Sus manos apretujan el cuaderno cerrado como un sarcófago. La cámara del borrador toma una instantánea de mi incredulidad. ¿Qué tantas verdades pueden estar escritas allí? Se me hace que solo telarañas y polvo pueden habitar esas páginas. Siento la imperiosa necesidad de abandonar la mesa, pero se me adelanta, toma su taza de café medio vacía, se la devuelve a la mesera y camina hacia la puerta del vagón sin siquiera mirarme.

De pronto, todo se oscurece como si ingresáramos nuevamente a un túnel. La mesera, sobresaltada, maldice este crepúsculo en el que todas las luces fallan.

Cuando volteo a ver a la entrada, la joven ya no está ahí.

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