
En El desconocido de correos, la periodista belga Florence Aubenas no escribe una novela negra. Tampoco un reportaje judicial en sentido estricto. Lo que entrega es algo mucho más inquietante: una inmersión en la Francia rural, donde un asesinato brutal despierta no solo la maquinaria judicial, sino también los miedos, prejuicios y fracturas sociales de una comunidad aparentemente apacible. Publicado originalmente en 2021 y ahora traducido por Jaime Zulaika para Anagrama, este libro es una muestra de periodismo narrativo de altísima calidad, que explora el caso de un crimen sin pruebas concluyentes, pero con un sospechoso ideal.
Los hechos son simples, al menos en apariencia: en 2008, en un pequeño pueblo del sur de Francia, una mujer llamada Catherine Burgod es asesinada en su oficina de correos. No hay testigos ni evidencias directas. El caso permanece años sin resolverse, hasta que, casi por accidente, surge un nombre: Gérard Thomassin, un actor caído en desgracia, antiguo niño prodigio del cine francés, marginado y adicto, que frecuenta las inmediaciones del lugar del crimen. El relato, sin embargo, no gira solo en torno a él, sino en torno a la forma en que el sistema —judicial, mediático y social— proyecta su necesidad de culpables.
Aubenas, reconocida por sus trabajos de inmersión y su capacidad para detectar las grietas del tejido social, se adentra en este caso con una escritura sobria pero penetrante. No busca tanto resolver el crimen como retratar el entorno que lo vuelve posible: una Francia alejada de los centros de poder, donde el desempleo, el abandono y la desesperanza son parte del paisaje cotidiano. La autora entrevista vecinos, policías, abogados, familiares. Observa, escucha, reconstruye, pero nunca impone una conclusión. Su enfoque es deliberadamente ambiguo: no hay redención ni condena absoluta, solo la persistente sensación de que la verdad —si existe— se disolvió entre rumores, errores de procedimiento y una cadena de decisiones guiadas más por la intuición que por la evidencia.
Uno de los mayores logros del libro es la forma en que expone el funcionamiento de la justicia francesa, mostrando su vulnerabilidad ante los sesgos sociales. Thomassin, por su biografía errática y su aspecto desaliñado, encaja perfectamente en el imaginario del “culpable”. Su figura se vuelve una pantalla donde todos proyectan sus temores: el actor que no supo qué hacer con su fama, el marginado que deambula por estaciones de tren, el “otro” que amenaza el orden simbólico de la comunidad. Pero El desconocido de correos también es el retrato de una víctima invisible: Catherine Burgod, cuya historia personal queda eclipsada por el misterio de su muerte.
Lejos del sensacionalismo o del morbo, Aubenas construye una crónica contenida, meticulosa, que se apoya más en el detalle revelador que en el giro dramático. Como buena periodista, no pretende ofrecer respuestas fáciles. Su narración avanza con el ritmo del proceso judicial: a veces lenta, frustrante, a menudo incierta. Lo que queda al final no es una resolución, sino una atmósfera: la de un país fragmentado, donde la culpa no siempre se prueba, pero se intuye, se señala, se administra.
El desconocido de correos es, en suma, una reflexión sobre la fragilidad de la verdad y los mecanismos —a veces fallidos, a veces necesarios— que la sociedad pone en marcha para sostener una idea de justicia. Florence Aubenas no escribe para tranquilizar al lector, sino para recordarle que, en el fondo, todos podríamos ser el sospechoso perfecto.







