La libertad narrada

Bienaventurados los que lloran,
porque ellos recibirán consolación.
(Mateo 5:4)

El ser humano es un sujeto social por definición. Su pensamiento individual no emerge de manera autónoma, sino que se configura a partir del discurso público, del clima emocional de su comunidad y de las creencias legitimadas por el grupo al que pertenece. No existimos en aislamiento: somos el resultado directo de un entorno que condiciona la forma en que pensamos, sentimos y reaccionamos ante la información que se nos ofrece. Nuestra comprensión del mundo es limitada, fragmentaria e inevitablemente mediada.

La imposibilidad de ser omnipotentes produce una tensión constante. El deseo de control empuja al individuo a depositar su fe en una entidad superior que, al prometer escucha y sentido, ofrece la ilusión de incidencia sobre lo incontrolable. En ese marco, creer se convierte en una decisión funcional: la expectativa de que el dolor será respondido y el sacrificio tendrá recompensa.

La necesidad de creer no es una anomalía, sino una constante antropológica. La fe —religiosa, simbólica o política— cumple una función estructural. La esperanza moviliza, el cambio estimula y la promesa de mejora sostiene. Cuando se perciben señales que parecen anunciar la caída del mal, la reacción no permanece en el plano individual: se propaga. La emoción se colectiviza. La euforia de unos se traduce rápidamente en expectativa compartida.

El año 2026 ha sido interpretado desde múltiples marcos: como inicio, como ajuste, como confrontación entre lo obsoleto y lo insostenible, como llamado ético o como equilibrio entre conciencia y acción. Ninguna de estas lecturas anuncia una irrupción externa decisiva; todas proyectan el agotamiento acumulado y la necesidad de transición.

La crisis contemporánea —económica, política, bélica, institucional y tecnológica— produce un malestar que exige narrativización. Periodizar el conflicto permite administrar el miedo. Convertir la aceleración constante en una promesa futura vuelve la amenaza manejable.

La fe emerge cuando la acción se bloquea. La impotencia resulta difícil de tolerar. Allí donde la capacidad de incidencia desaparece, se activa el símbolo. La esperanza no es una proyección racional, sino un mecanismo de supervivencia psíquica.

No se requiere un cambio estructural real para desencadenar una reacción masiva. Una señal ambigua basta. Aunque la libertad no exista en términos materiales, puede sentirse como tal. El significado se impone a la verdad. La emoción suspende la crítica.

El deseo colectivo es mimético. Se replica. La adhesión se impone al cuestionamiento. Dudar equivale a traicionar el clima común.

En los primeros días de 2026 comenzaron a circular con intensidad relatos que describían una operación militar en Venezuela y la caída del gobierno de Nicolás Maduro. Más allá de la veracidad o evolución real de los discursos extraoficiales, el impacto emocional fue inmediato y ampliamente compartido.

La reacción fue heterogénea: celebración, temor, expectativa, rechazo. En la diáspora, el efecto se amplificó. En Cuba, el relato fue leído como proyección del propio deseo de cambio, no como análisis político.

El espacio digital se saturó de mensajes emocionales, celebraciones simbólicas y alarmas geopolíticas. El patrón se repitió: hechos ambiguos convertidos en certeza emocional.

El poder contemporáneo no libera; se reubica. Utiliza un lenguaje redentor para legitimar acciones estratégicas. La figura del libertador es una construcción funcional al deseo colectivo.

El pueblo no decide, pero necesita sentirse partícipe.

El individuo es espectador. Responde a discursos diseñados desde posiciones de poder. Pensar que las disputas entre Estados se rigen por el bienestar social es una ilusión transversal a todas las ideologías.

El poder no eleva moralmente a quien lo ejerce; amplifica sus intereses. Al sujeto le queda narrar, debatir, creer que el discurso contiene verdad y participar simbólicamente del acontecimiento.

Todo se reduce a relato. Mientras arriba se reorganizan estructuras, abajo se consume emoción.

El sujeto sabe que su intervención no transforma la realidad. El discurso regula la emoción colectiva. El silencio obligaría a asumir la irrelevancia.

La esperanza desmedida alimenta el espectáculo; la desesperanza paraliza. Por eso la fe persiste. No como verdad, sino como estrategia existencial.

El individuo no cree por ingenuidad, sino porque necesita sostenerse. La esperanza no libera territorios, pero evita la disolución subjetiva.

Lo relevante no es la adhesión inmediata a la efusividad colectiva, sino la capacidad de anteponer la razón al impulso, de analizar desde la calma, el juicio y el contexto, en lugar de abandonarse a la promesa de un futuro proyectado como espejismo, reflejo de expectativas acumuladas. Nada garantiza que Estados Unidos se convierta en un agente de liberación para Venezuela; nada asegura que el pueblo venezolano experimente un renacer económico y social pleno en la etapa que se anuncia. Existen, por ahora, formulaciones ambiguas que invitan a la especulación y sostienen la idea de que el siguiente movimiento será la “ayuda” a la liberación de Cuba o, al menos, la destitución de su actual liderazgo.

¿Puede ocurrir? Sí.

¿Puede esa posibilidad materializarse en un escenario cercano a lo utópico, donde países sometidos durante décadas a regímenes autoritarios accedan finalmente a la libertad y a condiciones materiales que superen la pobreza estructural? Me abstengo?

Mientras el cambio no se concreta —en el tiempo suspendido de la espera— toda afirmación proclamada sin acceso pleno a la información opera más como dispositivo de agitación que como análisis. Alimenta un clima de tensión constante, sostiene debates político-ideológicos estériles y profundiza la fragmentación social según posicionamientos simbólicos que no inciden de manera directa ni en la realidad inmediata ni en el curso efectivo de los acontecimientos.

La esperanza es un rasgo humano. Tanto el pueblo venezolano como el pueblo cubano —como toda comunidad sometida a un régimen autoritario— tienen derecho a la libertad plena y a la soberanía sobre su territorio. Incluso —y lo afirmo sin ambigüedad, como cubana que ama su tierra y su identidad— toda persona tiene derecho a habitar dignamente su país. Y aunque no sea íntegro, aunque incomode, aunque confronte marcos morales idealizados: si ninguna transformación fue posible desde dentro, si los aliados regionales no se alzaron en defensa efectiva del pueblo oprimido, no corresponde juzgar al individuo que, asfixiado por el hambre y la precariedad, abraza la oportunidad de vivir más allá de la mera supervivencia, aun cuando para ello deba ceder símbolos, banderas o fragmentos de identidad.

Estos pueblos tienen derecho a soñar. Tienen derecho a la libertad. Y, en ausencia de una liberación plena, tienen derecho —al menos— a habitar su suelo y existir con dignidad humana.

Hoy no se nos asegura que ese escenario se concrete. Por ello, mientras tanto, corresponde pensar, observar y sostener la distancia crítica. No convertir la expectativa en celebración anticipada. No confundir el deseo con el desenlace.

No sabemos con precisión qué estamos viviendo ni qué forma tomará lo que viene. Y solo quienes hemos habitado bajo sistemas político-económicos comunistas en América Latina comprendemos el efecto inmediato —casi corporal— que produce la caída de una figura como la que encarna Nicolás Maduro. Su desplome simbólico genera goce, sensación de victoria, alivio acumulado. Pero la proyección de un futuro de libertades y abundancia bajo el amparo estadounidense no deja de ser eso: una proyección. Una esperanza.

La calidad de vida puede mejorar. Es una posibilidad real. Pero mejora material no equivale a libertad. La cesión de la libertad a cambio de bienestar no es digna, aunque resulte perfectamente comprensible. La libertad plena no se encuentra dentro del abanico de opciones que hoy se discuten. La pregunta que se formula no es si habrá emancipación, sino si la intervención estadounidense asumirá la reconstrucción de la infraestructura venezolana o si se limitará a su explotación. Y, en el caso de Cuba —si es que existe algún interés real sobre el territorio, algo que por ahora no pasa de la especulación—, si actuará de un modo u otro. No lo sabemos. No disponemos de herramientas para anticipar si el futuro será menos precario o simplemente distinto.

Solo queda esperar. Y en el tiempo suspendido de la espera, formular preguntas incómodas: ¿por qué hemos aguardado tanto para gritar libertad?, ¿por qué celebramos hoy, cuando la historia comienza a repetirse? La intervención de un territorio sobre otro no es un símbolo de libertad, aunque pueda devenir en mejora material. Y aunque el deseo de vivir mejor sea legítimo, corresponde interrogar qué ha ocurrido con los hombres y mujeres de América Latina; qué ha pasado con la calidad de nuestros sistemas educativos, con el conocimiento de nuestra historia, con la noción misma de honor.

Lo dice una cubana que se fue y no se quedó a luchar. Pero, aun así, la pregunta permanece. ¿Por qué han tenido que venir desde fuera? ¿Por qué no hemos sido capaces? ¿Por qué nuestra generación grita, se indigna y publica “#dictadura” en redes sociales, pero no resiste en el espacio físico? Cuba ha salido a la calle en múltiples ocasiones: durante la pandemia, en San Isidro, el 11 de julio, con Archipiélago, en protestas por la electricidad, por los alimentos, recientemente por las tarifas de internet. Venezuela también lo ha hecho. Pero la resistencia se diluye. Basta una reacción mínima del poder para que se asuma la imposibilidad. La unidad está fracturada.

Muchos partimos con la convicción de que, si hubiera existido una mínima posibilidad real de cambio, no nos habríamos ido. Muchos, desde la diáspora, quisieron haber luchado. En Cuba se dice que “un palo no hace monte”: uno solo no puede. Sin embargo, al escuchar las historias de otros, se comprende que el monte existía. Entonces la pregunta se vuelve más dura: ¿qué nos falta?

Mientras esperamos “a ver qué pasa”, dispuestos incluso a vendernos sin carga de conciencia —porque a las nuevas generaciones ya no les queda identidad ni espíritu patrio—, es necesario detenerse. No para atacar a Estados Unidos, sino para interrogarnos como sujetos históricos: ¿por qué no estamos luchando?, ¿por qué el cubano y el venezolano de a pie no combaten con orgullo, con entereza, con el cuerpo y la voluntad, por liberar su suelo de aquello que lo consume? ¿Qué nos ha ocurrido? ¿Por qué no sentimos? Demasiados mártires parecen haber muerto en vano.

 

 

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