27 galaxias

Los gritos no me despertaron. Lo hizo el golpe seco en el pasillo sudeste de la nave. Intenté girar la cabeza buscando la alarma en el cristal, pero las convulsiones entorpecían mis reflejos. La computadora vertió la última transfusión, y cuando los espasmos disminuyeron, los cables se desprendieron violentamente de mi espalda.

El brillo del ventanal revelaba el cadáver de Joaquín flotando entre los escombros. Estaba desfigurado, pero reposaba plácidamente sobre los controles de mando.

La cápsula que me protegía parecía seguir funcionando. Las trizas de metal no pudieron perforarla. Por el borde del cristal pude ver la catástrofe que causó el impacto bajo el casco central. Sería un reto en vano reparar los daños antes de que la presión nos expulsara al vacío; o drenara el oxígeno, sellándonos en un mausoleo de lata.

Un chispazo, luego otro resplandor, esta vez más potente, se propagó por el pasillo hasta consumirse sobre la escotilla norte. Por un instante consideré que no debería estar consciente; después de todo, era imposible despertar sin antes apretar los botones desde afuera, o que el conteo en el programa culminara. Pero estaba despierto… 27 años más tarde.

La tapa de la cápsula se desprendió rasgando mi bolsa amniótica; y desde su fisura, me abrí camino hacia el pasillo. Una serpentina de fósforo turquesa brotó de las pantallas. Se bifurcó por la sala y penetró la cápsula en donde Santiago dormía; matándolo instantáneamente. Me pregunté cómo retornaríamos sin él. No importaba. La nave estaba hecha añicos. Cualquier esperanza de regresar a casa era un espejismo.

Me desplacé por la atmósfera del buque siguiendo los gritos de Kira. El sonido me atemorizaba. No eran normales. Semejaban una seguidilla extraña de ecos, muy difícil de explicar. Por un momento eran dulces, justo al comienzo; pero luego se amontonaban entre sí, como el orfeón de mil iglesias, pero en un clamor horrendo en donde todas pedían ayuda. Eran lamentos a destiempo porque resonaban primero antes del grito. Viajaban en repeticiones terroríficas, por todo el bajel antes de que la misma Kira los provocara.

El resplandor eléctrico volvía ahora por mí. Lo sentía buscándome. Un rayo ciego que se trasladaba con sedosidad desde el techo hasta el suelo, rozándome la carne. Seguí el llanto de Kira, empujando a los lados los miles de pedazos de transistores que flotaban a mi alrededor.

Logré verla nadando a través del corredor del oeste, intentando llegar al cuarto donde dormíamos. Su angustia era evidente. Las cámaras de suspensión debieron abrirse hace tres décadas, y en órbita bordeando un sistema de soles gemelos. Kira debió despertar hace poco, ya que tenía la misma edad de cuando partimos de la Tierra. Gritaba golpeando mi cristal, suplicándome que abriera los ojos.

Otro golpe, más fuerte. Este de seguro fue el que nos partió por la mitad. Joaquín, ahora envejecido, intentaba alcanzarnos. Kira se aferraba a mi cápsula para tratar de abrirla. Nunca había visto al fuego en cero gravedad. Era un ente con vida propia. El animal se elevó por la bóveda y se esparció desde la cubierta, convirtiéndonos a todos en una sola masa de vapor.

Me encontraba inmóvil cerca de los anillos de Saturno. A lo lejos, nuestra nave se abría en dos para ser bañada por el líquido hirviendo. Arriba de ella, estaba otro buque; idéntico, intacto. Sobrevolaba el polo norte del planeta gigante. Por debajo de mis botas la encontré de nuevo. Repetida, hermosa, titilando en  colores brillantes. Kira y Joaquín aún en la cabina. Quietos desde lo lejos como en una fotografía; en parálisis… con sus miradas fijas en mi.

De seguro habríamos más y me busqué entre las lunas. Una fila de cosmonautas se alineaban conmigo a la cabeza. Al voltear, descubrí un monstruoso hoyo negro que continuaba su expansión a mi costado; chupando a la luz y al tiempo para derramarlo sobre sus vísceras.

Y me pregunté si en lo que dura ser masticado por su abismo; todos esos ‘yo’ resbalándose en picada por su túnel, se reconocerían entre sí, acompañados por los gritos de Kira, en un continuo remolino coral, hacia el corazón de otra galaxia devorada.

© 2018, Pablo Erminy. All rights reserved.

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Pablo Erminy

Pablo Erminy

Nacido en Caracas, Venezuela.. y residenciado en los Estados Unidos; Pablo comenzó a desarrollar la pasión por relatar historias desde una edad muy temprana. Escritor, productor y cineasta, egresado de la 'Miami International University of Arts and Design' (BFA. Clase del 2000), con estudios en filosofia, letras y teatro; ha viajado constántemente al rededor del mundo, estudiando, explorando y trabajando en diversas áreas de construcción literaria y audio/visual, en busca de nuevos estilos de 'storytelling', manteniendo el género mutable, incentivando una rebelión constante contra las fórmulas y formas convencionales. Productor, escritor y director de cine, televisión y teatro; profesor de dirección, cinematografia y guión; y director de desarrollo de la compañia Ars Nova Revolution, Pablo dedica su carrera y talento al desarrollo de nuevos estilos de comunicación literaria y audiovisual, utilizando manifestos fuera del cuadro establecido.
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