Luz y.

Joaquín dejó de respirar camino al hospital. Quince minutos antes, yo me bañaba con los vidrios del parabrisas. Tuve que conducir a toda la velocidad, esquivando transeúntes que brincaban al borde de los faros. Las partes de un  kiosco que vendía libros al otro lado de la avenida colgaban del Peugeot que habíamos robado. El motor consumía entre sus pistones la carne y los gemidos de quienes dejaban la vida bajo las llantas. Pero yo no podía parar. Algo le había sucedido a Joaquín en el aeropuerto y estaba muriendo. Los ojos se le recubrían de porcelana. Su sangre seca en mis manos empegostaban el volante. Giré hacia la izquierda y el auto se hizo pedazos contra una ambulancia que esperaba junto a las puertas de emergencia.

“Su amigo no soportó el impacto.” me dijo el enfermero, pidiéndome que permaneciera en mi camilla. ¿Cuál impacto? pensé. Justo antes de abordar, Joaquín cayó al piso botando sangre por la boca, luego por los oídos; y sus ojos parpadearon destellos fugaces, como dos linternas atómicas que se encendían y se apagaban. Algo había salido mal.

Me senté y miré mis rodillas. La sangre de Joaquín entre mis dedos se había vuelto marrón. “A mi amigo no lo tocó nada, no se calló de ninguna parte, no le calló nada encima, ¿me entiende?” El enfermero preguntó con un tono de sospecha desagradable, “Debe acostarse… ¿Qué estuvieron haciendo antes del evento que me describe?” Escondíamos algo en nuestros estómagos, imbécil; y el tiempo para entregarlo está a solo minutos de caducar. Llevamos adentro dos milagros. Una criatura de luz en mi vientre, y otra en el suyo… Pero no. No le confesé nada de eso al pobre desgraciado, “Como le expliqué… Llegamos a Paris al medio día, comimos en el terminal antes del siguiente vuelo; y allí mi amigo chorreó un vómito de sangre por la boca, y giró su cabeza hacia los pasajeros, ametrallando luz por los ojos.”

El enfermero cerró su carpeta. “¿Vendrá el médico?” le pregunté, perdiendo la paciencia, pero no respondió. Debía moverme de prisa, quizás matarle y llegar hasta el cadaver de Joaquín. Sacar la luz y meterla en mi boca. “Si mi amigo está muerto, ¿qué es lo que sigue?” le insistía, entretanto buscaba una salida de escape.

Ví el reloj. En la habitación veintiuno, del hotel La Louisiane, en la Rue de Saint-Germain Des Prés, tres importantes ejecutivos chinos, acompañando a un celebrado premio Nobel, regresarían sin nuestro envío a un sótano lleno de máquinas, con dos enormes cápsulas de vidrio al centro; cableadas a una masa carnosa atornillada en el techo. Imaginaba la horrenda masa goteando y jadeando de furia. Habrán consecuencias nefastas. Rogué porque a mi también se me abriera el contenedor que guardaba en mis intestinos.

Cuando la policía entraba por la sala de espera, armada hasta los dientes, sentí alivio. Una condena por volar en pedazos algún que otro banco en el pasado, o por las muertes de todos los rehenes que llevo conmigo, atrapados en mi alma, no se compara con lo que me pasaría si me llevaran a ese sótano. Quizás el gobierno descubra lo que tenemos, y nos abran con delicadeza las entrañas para sacarnos la luz que Joaquín y yo robamos para alguien más.

Un puñado de revistas, una cafetera que descansaba sobre la recepción, algunas sillas, un grupo de familiares, los primeros policías y el enfermero fueron disparados hacia el jardín desde un escalofriante tornado de luz. El resto que trataba de huir, se levantó, quedando suspendidos, torciéndose sobre sus ejes mientras giraban en el aire hasta salir desmembrados por las ventanas. Había sido Joaquín, ligeramente vivo, quien pulverizaba con su imaginación lo que encontraba a su paso. Los que salieron por los cristales le vieron vestido de enfermo, trasladándose por el pasillo de terapia intensiva. Las bolsas de suero colgaban de sus brazos, la sangre coagulada se tatuaba entre sus muslos. Su cabello ondulaba como si llevara ventiladores a ambos lados. Vino a mi con sus pies rozando el piso y me dijo: “Vámonos, cara e’ verga.” Sonreí. Tomando su mano, llevaba conmigo a un homicida nivel dios; quién a su vez, era mi mejor amigo.

Lo arrastraba como un niño llevando su globo, provocando el caos entre las calles de París. De los cuerpos que arrojábamos con fuerza al pavimento, brotaba el líquido carmesí que luego Joaquín elevaba para formar una colosal telaraña sangrienta desde el cielo.

Al llegar a la avenida Marceau, los sobrevivientes huyeron aterrorizados por debajo del Arco de Triunfo. Los drones hinchados de pólvora se alineaban por arriba de nosotros. “Agárrate, cara e’ verga” me decía Joaquín con una voz neutra, como de velorio. Yo solo pensaba en cómo un gesto minúsculo, degenerado desde la luz que ahora lo corroía, haría evaporar a esta humanidad que suplicaba clemencia. Imaginé como los convertía en un vasto vapor de cenizas. Lo vi crecer más. Levantándose, erguido, tocando a La Luna, a Marte y a Saturno con las manos. Sosteniendo a todos los universos juntos para arrojarlos a la nada…

Una luz acabándolo todo…

Y a pesar de que ahora me tocaba a mí, porque sentía mis entrañas abrirse; preferí contemplar, y no hacer nada…

Hoy… dejaré que gane el mal.

Pablo Erminy

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