Es el sistema, chaval

Las distopías suelen contar con un recurso argumental sistemático: un claro reproche al aspecto de la sociedad que más preocupa a sus autores. Así, 1984 es una reprobación al estalinismo de la década de 1930 y sus consecuencias, mientras que Un mundo feliz lo es al determinismo biológico de principios del siglo XX. Curiosamente, dicha estrategia da lugar a una consecuencia endemoniada: el miedo al cambio. Una crítica apocalíptica se convierte en el mayor apoyo ideológico para que algunas cosas sigan como están. Sin ir más lejos, pocos libros han hecho tanto por el capitalismo como la novela de Orwell. La distopía es, por tanto, un subgénero peliagudo dentro de la ciencia ficción.

Para evitar ese conflicto, Ricardo Menéndez Salmón sitúa la acción de su novela distópica: El sistema (Seix Barral, Premio Biblioteca Breve 2016), más allá del apocalipsis. El mundo que se describe es la consecuencia de aquel apocalipsis, aunque no se detallen sus causas, justo en el momento en que está a punto de producirse otro gran desastre. Un recurso excelente en una novela compleja, plagada de simbolismos. Eso y el hecho de no utilizar una geografía reconocible, convierten al texto en una fábula. Una estrategia que no impide que los problemas de la contemporaneidad y la experiencia personal del narrador permeen el libro.

La novela se divide en cuatro partes. En la primera: “En la Estación Meteorológica”, el Narrador con mayúscula se limita a hacer de notario del Sistema y de Realidad desde una isla de vigilancia en la que habita. Se observa un uso del léxico personal para la descripción de este universo (Propios frente a Ajenos, Realidad, todo en un contexto donde no falta el Panóptico de Foucault). También encontramos una reflexión sobre la escritura. En este sentido, hermosa es la definición que el Narrador hace de sí mismo, siempre en tercera persona en esta parte: “El Narrador, pues, es solo Narrador por vocación, su oficio […] es el de vigía, centinela, delator.” (16) De este modo, solo narra lo que es capaz de expresar. Lo demás lo oculta (52). Pero esto es problemático porque “el Narrador es consciente de ser un hombre que mientras escribe es observado por un censor implacable. Pero no es la censura del alma en incandescencia, a la búsqueda de un medio de expresión cada vez más refinado y potente, cada vez más audaz e insobornable, sino la vigilancia del funcionario que reconoce que la escritura es peligrosa.” (55) También problemático resulta el carácter folclórico de la literatura en un imperio tecnológico como es Realidad. De hecho, en toda esta sección se desarrolla una teoría de la literatura que finaliza con la conclusión: “Hay que escribir y contar como si el destino último de lo que se escribe y cuenta fuera no ser leído, no ser escuchado,” (96) poética y apocalíptica afirmación con la que, ni yo ni la teoría de los afectos estamos de acuerdo, pues presenta al escritor como un individuo aislado en una sociedad cada vez más intersubjetiva. Una afirmación que sacaría al narrador del paradigma performativo en el que está inmerso, pero sin dotarlo de uno nuevo, puesto que en realidad aboga por volver al antiguo paradigma moderno del escritor romántico que escribe para él mismo. Ese juicio, y otros sobre el arte que aparecen en la primera sección, esconden un análisis cultural del presente, con una focalización en el giro digital y su influencia en la sociedad (68).

El Narrador acepta su destino hasta que aparece el oráculo, que no es más que su doble, y anuncia que: “La Realidad es una catástrofe.” (48) Y ahí se inician sus dudas hacia el Sistema, hasta el punto de concebir la escritura como una insubordinación (76). Dudas que conllevarán al internamiento para reeducar al Narrador en la segunda parte: “En la Academia del Sueño”. Esta vez conocemos sus reflexiones mediante un cuaderno escrito en primera persona. Hay muchas referencias a Kafka y a la cultura alemana en esta sección, donde se describen las medidas coercitivas del Sistema en la figura de Klein, el supervisor de la Academia. Se entiende que en esta parte se realice un análisis postestructural del lenguaje (119). Gracias a ese análisis se desarrolla la descripción de uno de los elementos fundamentales de la mitología que arma Menéndez Salmón: el Dado (141). Esta parte es la que el narrador dedica a los escritores que pretendieron luchar contra el Sistema desde la alegoría. Es, por tanto, autorreferencial y le sirve para completar este tratado sobre los apocalipsis con la caída del mundo de los Propios en manos de los Ajenos. La alusión al concepto de bárbaro y una alegoría de la inmigración están aquí servidas.

La novela se debate en todo instante en una tensión entre la esperanza de un mundo mejor y la percepción cíclica de que, tras cada (re)vuelta, la sociedad retorna al mismo estado de corrupción. La tercera parte: “En el Aurora” es la que plasma de una forma más evidente esa dicotomía. Se narra con la segunda persona del singular. Es también la sección en donde se observa de forma más clara el uso de simetrías que desarrolla el autor, al incorporar nuevos elementos simbólicos. A la estación la sucede el barco y el Dado es sustituido por el juego. También aparecen personajes con poderes mágicos, como el niño  y la médium. En esta parte hay momentos muy hermosos, como el que otorga al débil el privilegio de contar (230), o la frase: “Cada persona que te rodea es preciosa por lo que representa.” (239)

La trama del libro se resuelve en la cuarta parte: “En la cosa”, en una clave posthumana y antropocénica que no revelaré por razones obvias. Solo diré que el autor sigue haciendo uso de las simetrías simbólicas y que continúa reflexionando sobre la función del Narrador.

A modo de síntesis, si hemos de hablar del estilo del texto, este es impecable, con frases rotundas en una temática difícil, marca de la casa del autor. Sin embargo, a este lector se le antoja que por momentos pesa demasiado la carga filosófica, que frena la lectura, en especial porque la trama se complica más y más, con nuevos elementos simbólicos que se han de asimilar. Eso es coherente con la propuesta estilística presentada en la primera parte. Pero otros escritores han construidos previamente mundos imaginarios herméticos y autónomos que han funcionado como alegorías de la realidad, aunque no lo han hecho en aproximadamente trescientas páginas. Por cuanto pienso que se debería haber echado mano de elementos de naturaleza sintética para aligerar el escrito. Sin mencionar algunos flecos que después no reaparecen en la trama, complicándola aún más, como el retorno al clasicismo griego en algunas islas del Sistema, que figura en la primera parte, y del que no tenemos noticias en el resto de la novela.

En definitiva, una novela de difícil juicio. Reconozco que se trata de una de las distopías más profundas que he leído, y que es un libro escrito con una belleza sin par en la actualidad. Pero pese a esa belleza, no he disfrutado de la lectura en todos los pasajes. Y no por las dificultades del texto, sino por esa pesadez de la que hablaba Zaratustra, que lo invade todo en algunos momentos. Si hago algo a lo que el narrador renuncia explícitamente y pienso en mi hijo, voraz lector a sus 7 años, no tengo muy claro que entienda mucho de lo que se relata cuando sea mayor y elija este texto de mi biblioteca. Y eso me preocupa tanto como lo que se cuenta en El Sistema.

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Carlos Gámez

Carlos Gámez

Carlos Gámez (Barcelona, 1969) es licenciado en Ciencias Físicas. Cursó el Programa de Doctorado en Historia de las Ciencias por la Universitat Autònoma de Barcelona, y el Máster en Creación Literaria por la Universitat Pompeu Fabra. Ha disfrutado de una estancia en las intituciones penitenciarias de Nicaragua, de donde salió su primer libro, un diario titulado ‘Managua seis’. Ha sido galardonado con el IX Premio Café Mòn por la novela ‘Artefactos’. Colabora con las revistas Sub-Urbano, Culturamas y La bolsa de pipas. En su bitácora personal, “El blog de Carlos Gámez”, estudia las relaciones entre ciencia y literatura. Actualmente está peleándose con una novela corta.