Me impresionó la primera vez que vi mujeres trabajando en construcción. Como llevando fruta sobre sus cabezas, pero ellas cargaban, bajo el sol, piedras, tierra y cemento. Y sin embargo, me gustó. Las vi construyendo una casa, con esos saris al viento, tan coloridas, guapas y elegantes que mi mente, casi siempre romántica, sólo pudo imaginar que trabajaban en la suya propia, junto a sus hijos y sus esposos, todos colocando, uno a uno, los ladrillos de su futuro.
Y allí estaban de nuevo. Esta vez en la construcción de una represa en la ciudad de Pushkar, al noroeste de la India y no pude resistirme a interrumpir su agotador día de trabajo. Caminé con cierta dificultad hacia a ellas y, con timidez, las saludé de lejos. Al ver que me acercaba, un tanto desconcertadas, bajaron los recipientes de metal de sus cabezas e hicieron una pausa. Me miraron curiosas -tan curiosas como yo a ellas- y comenzamos a jugar entre señas amables y gestos nerviosos que explotaron en carcajadas al descubrir en mi cámara, la primera foto que les robé.

Diría yo que después de ver esa imagen comenzaron a posar con naturalidad, una por una, como llamando mi atención con total sincronismo y coqueta sutileza. Tras compartir las imágenes otra vez, sus hijos también pidieron fotos bajo la mirada cómplice de los hombres que estaban allí. El lío no duró mucho tiempo, pero el momento fue una reunión divertida y bastante familiar.
A pesar de las sonrisas, los colores y el pequeño descanso que pudimos ganarle al tiempo, la realidad en cifras es bastante más grosera que mi soñadora visión de las cosas. Pues, las mujeres en este país encuentran en la construcción una de las pocas salidas laborales que existen para ellas, y por eso, reciben, sin renegar demasiado, menos dinero del que ganan los hombres por el mismo oficio, durante el mismo tiempo de trabajo. Con menos de un dólar al día, difícilmente pueden inscribir a sus hijos al colegio, y así.
Me despedí con el corazón en carne viva. No exagero. Estaba abierto y expuesto al sol ardiente que esas mujeres esquivan con sedas de colores, todos los días. Al mismo sol que quema la piel de sus hijos desde que se sostienen sentados, hasta que crecen, y hasta siempre. Y me alejé guardando en mi cámara un tesoro que registraba la calidez de esas miradas que desaparecieron sólo cuando nos perdimos de vista, después de sacudir efusivas nuestros brazos dándonos un bonito adiós.

 

 

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