Claudio Iván Remeseira

Decir que una historia se basa en hechos reales es una redundancia: desde el momento en que la imaginamos, toda historia es real. Que sus protagonistas hayan sido seres de carne y hueso que vivieron en un tiempo y lugar determinados, es sólo un accidente platónico: tarde o temprano, toda historia (esto es, toda historia que merezca ser contada) encarna de alguna manera en nosotros. Sarah Winchester lo sabía, pero el conocimiento no le dio paz.

Sarah Lockwood Pardee nació en el seno de una familia acomodada de New Haven, Connecticut, en 1837. Sus antepasados habían tenido una destacada participación en la vida del Estado desde que los primeros colonos puritanos llegaron a esas tierras desde Massachussets, doscientos años antes. Ambas ramas de su familia ofrecen un catálogo de las profesiones que la gente respetable de aquellos tiempos solía ejercer: mercaderes, soldados, marinos, especuladores de tierras, ministros unitarios, algún que otro traficante de esclavos; su padre era próspero comerciante. Como una de las belles más codiciadas de New Haven, era inevitable que Sarah llamara la atención de un joven ambicioso, recientemente radicado en la ciudad: William Winchester, hijo único de Oliver Winchester, el fundador y principal accionista de la fábrica de rifles que muy pronto se haría famosa en todo el mundo. Sarah correspondió a los festejos y en 1862, mientras la guerra civil devoraba vidas y bienes en otras partes del país, los enamorados contrajeron matrimonio. El casamiento fue uno de los acontecimientos sociales del año; la unión de las dos familias marcaba un hito insoslayable en la escena local. La fortuna económica también sonrió a la familia: en 1866, la fábrica Winchester dio a conocer el rifle a repetición que rápidamente se convertiría en el arma preferida de miles de pioneros y cazadores de búfalos, ganando así el apodo de “El rifle que ganó el Oeste.”

Ese mismo año, Sarah y William tuvieron una hija, Annie. Esa felicidad fue breve: antes de cumplir el año, Annie murió de una extraña enfermedad. Su madre se sumió en un estado depresivo que la empujó a la reclusión y, según algunos, a una incipiente locura. Nunca más tuvo hijos. En 1881, William murió de tuberculosis y Sarah se convirtió en la  única heredera (Oliver Winchester había muerto el año anterior) de una fortuna de más de 20 millones de dólares de la época, alrededor de 20.000 millones de hoy.

La riqueza no modificó su ánimo. Trastornada por el dolor, Sarah estaba convencida de que la muerte de sus seres queridos tenía una causa oculta. Una amiga le sugirió que consultara a una famosa vidente de Boston, que confirmó sus sospechas: su familia estaba maldecida por los espíritus de todos los que habían sido asesinados por un Winchester. Miles de almas olvidadas, vagando desconsoladamente por la brumosa región que separa la noche del día, habían reclamado la vida de su hija y de su marido como venganza por sus propias, violentas muertes. Según la médium, había una sola manera de romper el maleficio: Sarah Winchester debía irse al Oeste, comprar una casa y remodelarla siguiendo estrictamente las indicaciones de los espíritus. La obra, además, no debía detenerse en ningún momento; en cuanto se interrumpiera, ella también moriría.

Sarah siguió estos consejos al pie de la letra. En 1884 se mudó a California y compró una casa de seis habitaciones en lo que actualmente es la ciudad de San José. Las refacciones comenzaron de inmediato; los obreros trabajaban veinticuatro horas por día, siete días a la semana, trescientos sesenta y cinco días por año, año tras año. Los resultados están aún hoy a la vista: por fuera, la casa (una estructura victoriana de reminiscencias orientales) exhibe una profusión fabulosa de techos reclinados, torres, cúpulas, balcones, pórticos, arcos y ventanas de formas y tamaños variados; por dentro, las divergencias son aún más hiperbólicas. Jamás hubo un plano de las obras: éstas se llevaron a cabo de manera aleatoria, según los mandatos de las almas en pena, que Sarah convocaba todas las noches en su habitación más privada, especialmente acondicionada para séances. Anotaba los dictados espectrales en pedacitos de papel o de tela que a la mañana siguiente entregaba al capataz para su ejecución. Como los espíritus eran caprichosos, la distribución de habitaciones, pasillos y escaleras es siempre impredecible: para desplazarse por la propiedad, los empleados domésticos necesitaban un mapa, que modificaban continuamente de acuerdo con el desarrollo de las obras.

El aparente desorden respondía a otro propósito, contradictorio con el anterior; conscientemente o no, Sarah interfería con los designios del más allá, agregando detalles de su propia inventiva. El objetivo de esas modificaciones era dificultar el movimiento de los espíritus malignos por la casa. Según una antigua creencia, dichos espíritus son rengos: eso explica la abundancia de pasadizos estrechos y escaleras de caracol. Para desorientarlos, hizo también invertir la orientación lógica de muchos apliques decorativos e instalar puertas que se abren a una pared o al vacío, pasadizos secretos, falsas ventanas y escaleras que terminan de golpe en el techo. Para evitar toparse con la desencarnada imagen de un fantasma, la casa carece de espejos. Que durmiera cada noche en una habitación distinta es otro síntoma de su aversión por esos encuentros furtivos.

Curiosamente, Sarah Winchester creía que el 13 era su número de la buena suerte, de manera que lo usó con generosidad. La casa abunda en habitaciones con 13 ventanas, ventanas con 13 paneles, candelabros con 13 brazos, piletas de cocina con 13 desagües, escaleras con 13 escalones. Esta obsesión se extendería también a su testamento, un documento de trece páginas firmadas treces veces cada una.

La mansión llegó a tener siete pisos, pero el célebre terremoto del 6 de abril de 1906 derrumbó los tres superiores. Esa mañana, Sarah quedó atrapada durante varias horas entre los escombros porque sus empleados no sabían en qué dormitorio había decidido pasar la noche. En una exhibición titánica de egocentrismo, la mujer concluyó que el terremoto era un castigo de los espíritus, enojados con ella porque había gastado demasiado tiempo y dinero en remodelar la parte delantera de la casa (lo que supuestamente era una muestra de frivolidad mundana). En consecuencia, ordenó clausurar la flamante entrada, el más reciente de los dos salones de baile y treinta habitaciones, y dejó sin reconstruir los pisos desmoronados.

A pesar de todos sus esfuerzos, Sarah Winchester no pudo eludir su destino: murió mientras dormía, en la noche del 4 al 5 de septiembre de 1922, a los 82 años de edad. La noche anterior, como todas las noches de los últimos 38 años, había celebrado su encuentro con los espíritus. Cuando los abogados abrieron su caja fuerte, ésta sólo contenía su testamento y unos rizos del cabello de su hija y de su marido. El testamento indicaba que su sobrina heredara sus muebles. La mudanza demandó siete semanas, a un ritmo de ocho camiones repletos de muebles por día.

Poco después, la casa fue abierta al público como centro de atracciones turístico. Un rápido inventario incluye ciento sesenta habitaciones (incluyendo cuarenta dormitorios), novecientas cincuenta puertas (sin contar las de los gabinetes de cocina), cuarenta escaleras, cuarenta y siete hogares, diecisiete chimeneas, diez mil vidrios de ventanas, cincuenta y dos claraboyas, seis cocinas, dos sótanos y tres ascensores. El frondoso jardín que la rodea está plantado con árboles y flores de todos los rincones del mundo, adquiridos originalmente por Sarah. Aunque la construcción terminó oficialmente con su muerte, la casa requiere un mantenimiento constante, así como una renovación periódica de la pintura y otras perennes reparaciones; las obras, por lo tanto, nunca cesaron. La casa es infinita, y el fractal exorcismo de Sarah Winchester sigue su curso.

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