Votos descenditivos

Todo el mundo conoce la sencilla metáfora que identifica Italia como la bota de Europa, por el obvio parecido de su cartografía. Ahora bien, si, como dice Giorgio Manganelli, el hombre posee naturaleza descenditiva, dicho descenso acaba cuando uno se encuentra a la altura de sus propias botas. O de las botas de Europa. Lo que nadie sabe es por qué esa ambición descendente del pueblo italiano. Hablando con claridad: nadie sabe por qué han convertido en presidente con repetición y fracasada alevosía a cierto caballero milanés. Acaso el parecido cartográfico de su país invade sus espíritus.

Con el objetivo de averiguarlo, Sub-Urbano se ha introducido en dos hogares de dos ciudadanos que entregaron su confianza, es decir, su voto, a Silvio Berlusconi en las dos últimas elecciones generales italianas.

Por la mañana acudimos a casa de Gianni Possareli. Antes de abrir su tienda de consumibles informáticos, Gianni desayuna con su familia. Ante los ojos de nuestro enviado especial, Gianni prepara café y tostadas. Su hijo, Marco, aparece en la cocina recién duchado y vestido, listo para ir a la escuela. Necesito una caja de lápices, dice Marco. Ya tienes  una caja de Lápices, responde Gianni. Se me ha roto mi caja de lápices, confiesa Marco. A lo que se escucha la voz de Stefania, esposa de Gianni, que habla desde la habitación: No se te habría roto la caja de lápices si te dedicaras a pintar con tus lápices en lugar de usarlos como flechas. No son flechas, dice Marco, son estrellas ninja. Me da igual lo que sean, responde Stefania, no le compres otra caja de lápices, Gianni. Pero si no tengo otra caja de lápices me suspenderán en dibujo, el profesor ya me lo ha advertido.

Así que Gianni suelta los euros y Marco se compra una nueva caja de lápices. Llega al colegio. Toma tres lápices. Los afila bien por ambos lados. Los dispone en forma de estrella de seis puntas y, con cinta adhesiva, los une. Luego toma la estrella y la lanza con fuerza ante la mirada atónita de sus compañeros. La estrella se queda clavada en la nalga de Piero, un compañero de Marco. Es superficial: la punta del lápiz no va más lejos de la epidermis. Piero, aún así, grita. Los compañeros de Marco celebran el grito. Piero se arranca el arma de madera. La parte en mil pedazos. Y le suelta una bofetada a Marco.

Marco volverá a repetir esta operación mientras queden lápices en su nueva caja de lápices. Marco volverá a casa y le pedirá a Gianni otra caja. Y Gianni se la comprará, antes incluso de firmar la nota disciplinaria que el director le hará llegar. Gianni posee naturaleza descenditiva.

Raffaela  Simonetti vive en un apartamento en Roma. Raffaela es soltera. Raffaela tiene un gato. El gato de Raffaela es un jodido maníaco. No es broma: ese gato está loco. En el centro de protección y acogida de mascotas abandonadas, donde Raffaela pidió consejo dadas las funestas recomendaciones del veterinario, le dijeron que, si amaba a la naturaleza y a la madre Tierra, debería sacrificar ese gato.

Hoy por la tarde, ante la atenta mirada de nuestro segundo enviado especial, Raffaela ha llevado a Bigotes, o Micifú, o como se llame, a una sesión de aromaterapia para felinos. El terapeuta dispone una serie de inciensos alrededor de la jaula en la que Raffaela transporta al gato, mientras comenta que hace esto continuamente con las fieras del zoológico, del circo, y con las mascotas de las estrellas de cine. El resultado es asombroso, afirma el terapeuta. Cabe señalar que el terapeuta no acerca sus manos al animal rabioso, ni osa abrir la portezuela de la jaula.

Hasta diez barras de incienso de distinto olor arden a la vez. El oxígeno se echa en falta en la sala. La ropa de Raffaela se convierte en un fango apestoso al mezclarse con un humo tan denso. Pero la terapia termina según lo previsto. El terapeuta apaga el incienso. Raffaela se lleva su gato dentro de su jaula, no sin antes haber dejado sobre el mostrador varios billetes de euro.

Raffaela entra en casa. Raffaella se asoma a la jaula del minino. El gato parece en calma. Raffaela, entonces, abre la jaula. Raffaela ofrece un platito con leche a su mascota para hacerla salir de la jaula. El gato sale de la jaula. El gato salta. El gato alcanza el rostro de Raffaela. El gato saca las uñas. El gato las clava en la frente de Raffaela. Una hora más tarde, Raffaela se ha encerrado en su habitación y busca por Internet el número de un veterinario que tenga a bien llevarse a su gato al cielo de los gatos. Pero, ¿qué es eso, ese brillante banner al costado de la pantalla, la publicidad más publicitaria, la tentación más tentadora? ‘Terapia con orgonitas para mascotas. 100% eficaz. Sin efectos secundarios’. Raffaela es buena persona y llevará a su gato a la terapia con orgonitas tan pronto como pueda atraparlo e introducirlo en su jaula; antes, incluso, de acudir ella misma al ambulatorio para desinfectarse los arañazos: Raffaela es de naturaleza descenditiva.

Habiendo acumulado tal información, en Sub-Urbano no nos atrevemos a extraer conclusiones. Es evidente que el tamaño de la muestra analizada es nimio (hasta donde llegan nuestras posibilidades). Sin embargo, querríamos aventurarnos a hacer notar que las razones por las que afirmamos la naturaleza descenditiva de Gianni y Raffaela nada tienen que ver con su condición de ciudadanos italianos. Más allá de eso, no sabemos, quizá nunca sabremos, ni siquiera si se lo preguntamos,  por qué su intención de voto es la que es.  Pero, si hacemos valer la metáfora cartográfica con la que abríamos este artículo, podemos afirmar que la bota llega primero al suelo. Después viene todo lo demás.

Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on pocket
Pocket
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on email
Email

Copyrighted material by the author.