Gino Winter

“Dicen que una ópera no termina hasta que cante la gorda. Yo no sé en qué momento mi vida se convirtió en una ópera, pero vivo rogando al cielo que cante la gorda, para que se acabe de una vez toda esta mierda”.

Indocumentado, enfermo, quebrado y con una suerte revirada para encontrar empleo, recorrí iglesias de todo tipo para mejorar mi comunicación con las autoridades celestiales, a ver si por fin me dan de baja del club de Job (el de la santa paciencia), al que nunca pedí pertenecer y del que desde hace algunos años soy miembro honorario. Coincidentemente, el nivel de comunicación desde las iglesias resultó ser el mismo que desde mi efficiency apartment, ya que sea desde el altar o desde mi humilde lecho, el cielo siempre me responde “NO SE OYE, PADRE”.

A insistencia de Karina, una joven amiga, bella y muy religiosa, asistí solo a una afamada iglesia cristiana en la Miller Drive. El local era inmenso, con un tremendo parking lot, sin embargo me costó trabajo estacionar mi viejo Volvo, ya que justo ese día llegaba desde Washington el jefe máximo de la congregación y el estacionamiento estaba full.

Al ingresar al templo, las luces de colores y los ensambles musicales sobre el altar mayor le daban el aspecto de una gran discoteca. Bachatas, salsa y rock con temas de alabanza (música sobona) eran el marco ideal para que lindas animadoras te conminen a ponerte de pie y unirte al coro haciendo palmas y soltando gallos al cantar.

La gente levantaba los brazos como tratando de atrapar algo; algunos movían la cabeza como elefantes encadenados y algunas mujeres con túnicas de concubina de harem barato iniciaban una danza psicotrópica. Al verlas, un gordo cachetón comenzó a temblar y aterrizó en el piso, a mi lado, haciéndome creer que tenía un ataque de epilepsia, cuando al parecer la cosa era parte del show. Me detuvieron entre cuatro ujieres cuando traté de darle primeros auxilios y me “acompañaron” a la fila de atrás, donde, luego de unos minutos, un grupo de iluminados comenzó a rezar detrás de mí, como si estuviesen tomando un very hot irish coffe con los dedos mojados metidos en un tomacorriente. “Tienen el don de lenguas —me dijeron dos viejas beatas—, como San Pablo”. Hasta ese momento yo pensaba que el don de lenguas era una especie de traducción simultánea con la que el gran Saulo (alias Pablo), uno de los superstars de la Biblia, lograba que los oyentes de su auditorio escucharan sus sermones en la lengua materna de cada cual, sin importar en cuál idioma parlamentara el santo (verbigracia: cuando Pablo habla en latín, simultáneamente Rajoy lo escucha en español, Hollande en francés, Obama en inglés, Putin en ruso, los sordos en idioma de señas, Chávez en el idioma del odio, y con Evo no importa el idioma porque igual no entiende ni mierda).

Pero los iluminados repetían palabras extrañas, en un orden que trasuntaba menos sentido sintáctico que una sopa de letras. Ni sabían lo que estaban diciendo; ni ellos mismos se entendían ni sabían por qué lo hacían ni para qué servía… ¡Qué tal don!

Entró en escena el pastor local, con la primera charla del día, contando una historia más triste que la película hindú ¡Padre, no vendas mis muletas!Tutto il mondo empezó a llorar como plañideras judías. Me tocaban el hombro, y moviendo su cabeza en un gesto afirmativo y a la vez cansino, me compelían a desahogarme en llanto, a mí, que no lloré ni cuando se murió mi gato Piticlín… La insistencia era tanta que pensé que no pararían hasta apretarme un testículo con un alicate con tal de que llore. Intenté hacer la del cocodrilo, pero nada, ni una furtiva lágrima… Sentí la vergüenza del que está defraudando a la audiencia, pero ni modo. El llanto llegó a tal nivel que creo que hasta los pastores se emocionaron, porque bajaron del altar, cada cual agarró su llorón, y con una imposición de manos sobre las frentes temblorosas logró que se desmayen y aterrizaran en la alfombra. Tres pastores lo intentaron conmigo sin éxito; el último —un viejito que ya estaba pedido por las tres parcas— me dio tanta pena que casi me zambullo de espaldas para colaborar con su causa.

Acabados los preludios, la obertura, las fugas y las tramoyas espectaculares, un par de lecturas de la Biblia protestante sirvieron de preámbulo para la presentación del gran maestro y guía de la congregación, quien habló en un español parecido al de los abogados bilingües que se anuncian por TV, modificando la parábola del sembrador con el fin de llevar agua para su molino, ya que la semilla resultaba siendo el dinero que tenías que “sembrarles” para recibir la cosecha del cielo.

Terminó explicando que había soñado que servía mejor a su grey en vista de que en su sueño poseía un avión privado que le permitía viajar más rápido a todas sus sucursales y que al despertar lo consultó con el cielo, y la respuesta fue que hiciera una colecta y que todos teníamos que colaborar… ¡Qué tal concha! Yo también podría llegar más rápido a la iglesia si de esa misma colecta me compraran un Porsche Carrera 911 Black edition 2013, para reemplazar mi viejo y querido Volvo que ya está pidiendo su merecida jubilación… Mientras tanto, unas gordas cucufatas me enchufaban un sobre, explicándome que escriba claramente mi nombre, teléfono y número de afiliado, apoquine mi diezmo, una cuota especial para el viaje del pastor a Jerusalén y otra extraordinaria para comprarle su avioncito al pobre maestro y guía…

Creo que me senté en la zona VIP, porque a mi alrededor los fieles esperaban a las recolectoras con gruesos sobres llenos de billetes. Yo no cobraba mi última liquidación hasta el día siguiente y solo tenía dos billetes viejos de un dólar uno y de cinco el otro, así que preferí retirarme para evitar que mi amiguita —quien en esos momentos me miraba con atención desde su cercana posición en el coro— me observe desilusionada al entregar mi sobre, que pecaba de escuálido.

Justo cuando iba a levantarme, Karina bajó del altar y se sentó a mi lado, riquíssssima, con unos jeans apretados hasta la excomunión y un top elástico que dibujaba su busto de mascarón de proa. Me dio el beso esperado de bienvenida y su mejor sonrisa, y mientras enrulaba coquetamente con sus dedos una larga hebra de su cabello recién planchado, me invitó a llevarla a su casa al terminar el show.

Puedo resistir muchas cosas, menos la tentación vestida de mujer. Me olvidé de Bach y su Tocata y fuga y decidí quedarme hasta las últimas consecuencias.

Cogí las manos de Karina, las besé suavemente poniendo cara de beato y luego, pidiéndole permiso, me fui al restroom, agarrando por el camino uno de los folletines-cancioneros del estante. Me senté en el wáter, puse la revista sobre mis muslos y, sobre esta, uno de los billetes. Saqué de mi billetera mi tarjeta multiusos Swiss Army y extraje su filosa cuchilla. Pasé su filo por los cuatro bordes del dólar, sacando un bocado de la misma forma y tamaño que el billete. Hice un sándwich de billetes con relleno de papel revista, le puse una liga y lo metí, con el de cinco a la vista, en el sobre semi-transparente y en vez de mi nombre, escribí el del cura de la iglesia católica vecina. Cuando regresé a mi asiento, media docena de recolectoras tomaban sus posiciones en el altar y frente a cada una se formaban sendas filas de apoquinantes. Karina —hecha un amor— sacó su sobre, me tomó de la mano y con dulzura me llevó hacia una de las hileras… Nunca olvidaré la tierna mirada de Karina —¡qué ojazos de lucero!— cuando me observaba entregando el sobre de mi ofrenda en el altar…

Ginonzski

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Gino Winter (a) "Ginonzski": Nació en los Barrios Altos, Lima-Perú, de padre suizo-anglosajón y madre ítalo-peruana. Estudió Ingeniería Industrial en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Fue comando-paracaidista de la Fuerza Aérea, gerente de negocios y de riesgos en un gran grupo financiero y finalmente trabajador ilegal en varias ciudades de USA. Desde hace algunos años funge como escribidor. Crónicas Ilegales es una columna de humor negro que cuenta las experiencias tragicómicas de un inmigrante ilegal en su lucha por sobrevivir en diferentes ciudades norteamericanas, especialmente en Miami.