José Benegas

El presidente de Uruguay José Mujica dio una precisa explicación acerca de por qué pudo llevar adelante el debate sobre el proyecto de la comercilización regulada de marihuana que la cámara de diputados de ese país ya aprobó. Se lo dijo a Andrés Oppenheimer en una entrevista para la televisión. En Uruguay, explicó Mujica, no existe la reelección, por lo tanto un presidente puede darse el lujo de suicidarse políticamente para llevar adelante una discusión sin tener que defender sus posibilidades electorales futuras. Un motivo más para insistir en la necesidad de los sistemas políticos, sobre todo los que tienden a generar caudillos, de prohibir que los gobiernos se reelijan.

Esa libertad de Mujica para abrir discusiones sin temer por su futuro parece ser el principal mérito de su iniciativa: cuestionar el dogma de la represión, observar los resultados y pensar en otra alternativa. No tanto comprender el problema de para qué existe un aparato político organizado y si el estado tiene o no que ser un guardián de los individuos contra si mismos, sino hacer una grieta en la pared del paradigma poco menos que sagrado de la guerra contra las drogas, un conflicto que lleva un siglo perdiéndose y del que no se conoce hasta ahora siquiera un final imaginado. Quiero decir, sabemos que la segunda guerra mundial terminaba con la caída de Berlín o con una rendición, pero acá ya ha muerto Escobar y muchísimos más, se han hecho incontables decomisos, detenciones, condenas, quemas de campos, conflictos internacionales, retiros se visas, en una sucesión de victorias pírricas contra el humo que no se rinde. Es entonces cuando aparece por lo menos el mejor mecanismo de comprensión del los problemas que tiene el ser humano que es el de prueba y error.

Aquello de “la guerra contra las drogas se está perdiendo” es un tanto indulgente con este esfuerzo. La guerra se pelea sin objetivo militar final, es un disparate desde su misma concepción como guerra.

Las sociedades tribales en lugar de tratar con los problemas combatían todo el tiempo “el mal”. Se sacrificaba a los réprobos que generaban el enojo de los dioses o se hacían todo tipo de ceremonias para conjurar demonios. En nuestro grado de avance actual seguimos practicando esa metodología en muchas cosas pero por lo menos construimos sistemas de riego en lugar de hacer la danza de la lluvia. Si nos lo explicáramos a partir del problema del “mal”, insistiríamos en el baile una y otra vez condenando a quienes propusieran pensar de otra manera por considerarlos defensores de la sequía.

El terreno de las drogas que acompañan a la humanidad desde que es tal, llevamos un siglo con la vieja metodología tribal concentrándonos en los pecados, compitiendo por ver quién es más enérgico en la retórica antidemoníaca, mientras se desconoce que los estados están en guerra contra las drogas pero los consumidores están buscando como comprarlas. Y resulta que esto sobrevive al hecho de que los consumidores en esas mismas sociedades se llaman ciudadanos.

Lo de Mujica es entonces como decir: oigan, aunque sea bailemos otra cosa. Tal vez inicie una tendencia a la aceptación de la realidad aventando fantasmas que lleve a la discusión racional acerca de qué se ha estado haciendo y a dónde conduce, porque hasta ahora tenemos como saldo que se ha desquiciado economías enteras y destruido los sistemas de seguridad con una capacidad de corrupción y violencia gigante. Mientras el “mal” definido en el inicio crece en lugar de disminuir.

Nuestro gran aliado como especie es el error y la capacidad de reconocerlo. Nuestra principal amenaza es el dogmatismo y la mistificación.

Regular el consumo como alternativa a prohibirlo no es una gran idea ¿Para qué? ¿Por qué una sociedad que no castiga el consumo de una sustancia como es Uruguay tiene que castigar al que la vende? ¿Por qué tendría que regular su actividad? Las restricciones que tiene este proyecto son el resabio de la mirada mística sobre el problema, la que pone el acento en el mal y no en el derecho de las personas a hacer con su vida lo que les parezca.

No me parece que para discutir la prohibición de las drogas haya que demostrar que a partir de la liberalización habría más o menos consumo. No se postula la libertad religiosa pensando si tal o cual religión va a crecer o no.

El gran beneficio de la libertad no está en los aciertos sino en los errores. La libertad es el cambio de la verdad como dogma a la realidad como campo de experimentación. Lo primero frente a un gran fracaso es dejar de hacer lo que se está haciendo para fracasar, poner un freno a la danza de la lluvia, al enorme presupuesto y la gran cuota de violencia invertida en insistir con el mismo camino. Ensayar otra cosa es posible, necesario y abrumadoramente obvio.

© 2013 – 2014, José Benegas. All rights reserved.

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Periodista, abogado, ensayista, conductor de Esta Lengua es Mía en FM Identidad 92.1mhz de Buenos Aires. Miembro del directorio del Interamerican Institute for Democracy. Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, ha colaborado con los diarios La Prensa, Infobae de Buenos Aires, La Prensa de Panamá. Trabajó como columnista o conductor en Canal 9 de Buenos Aires, P+E y Metro, FM La Isla, AM 1110 Radio de la Ciudad de Buenos Aires y FM Tango.