Una noche cualquiera…

Llegó el día de los muertos, o el Día de las Brujas, o el día del Trick or Treat. Llegó Halloween. Qué día tan esperado: los disfraces, las tiendas, los decorados de las casas, las brujas y las calabazas. Los niños y su alegría; yo y la mía. Esperaba Halloween para escribir esta crónica.

Vivo a pocas cuadras de Lincoln Road, el epicentro de toda la movida Halloween-iana de Miami. Es un despelote total. Cada año, por curiosidad, me pongo el disfraz y me sumerjo en el mar de los disfrazados. He visto disfraces alucinantes: réplicas idénticas de Michael Jackson, de los Transformers, de George Bush, de Luke Skywalker y Darth Vader batiéndose a duelo de espadas láser, y así.

Mi disfraz, en cambio, es menos elaborado. Mi disfraz es más bien bastante aburrido. Mi disfraz es de lector. Aunque, eso sí, cada año cambio de libro.

—No entiendo el porqué del libro si en lugar de leer, lo que haces es mirar a todo el mundo —dijo Elizabeth hace unos días, cuando le comenté que iría a Lincoln a escribir esta crónica con mi habitual disfraz de lector.

—Para que no se den cuenta de que los estoy mirando y sigan siendo tan naturalmente estúpidos.

—Ok.

El día de Halloween me desocupé temprano. Para hacer tiempo fui a Whole Foods a comprar plátanos; luego, a mi casa a doblar ropa limpia, juntar ropa sucia, sacar la basura, tomar Coca Cola Zero, comer un plátano, y desparramarme en el sillón a esperar que sea la hora de salir.

A las nueve tomé el libro La ciudad en invierno, de Elvira Navarro; encendí el Ipod en Please be patient with me, de Wilco, y salí. Afuera, un viento ligero y fresco peinaba las palmeras. Los niños, envueltos en sus disfraces, golpeaban las puertas y gritaban: Trick or Treat, y de las ventanas de algunas casas escapaban canciones y se veían sombras siguiendo el ritmo.

Más o menos una cuadra antes de llegar a Lincoln vi que, como siempre, la calle reventaba de gente. Subí el volumen —sonaba entonces Pictures of you de The Cure— y clavé la mirada en el asfalto.

Al llegar a Lincoln, entré en Ghirardelli, me acerqué a la caja y le pedí a una gringa con cara de avestruz un Non Fat Capuccino. Me cobró, me agradeció, sacó un Peppermint Chocolate de una calabaza, lo puso junto al ticket y dijo Happy Halloween.

En una de las mesitas de afuera, frente a mi café, abrí La ciudad en invierno y en el Ipod puse Noches irreversibles, de Love of Lesbian. Si bien Lincoln estaba colmado de gente, mis ojos iban y venían y no encontraban dónde quedarse. Se toparon con apenas unos pocos disfraces que valían la pena —muy pocos— y con muchos disfraces home-made para salir del paso: pelucas verdes o rojas, caras pintadas, camisetas de algún equipo de soccer o básquet, e incluso vi alguno caminando con una raqueta de tenis al hombro. Esperaré un rato, pensé, y seguí con Love of Lesbian. Una canción tras otra y nada: “La niña imantada”, “Club de fans de John Boy”, “Allí donde solíamos gritar”. Me aburrí de esos disfraces que competían con el mío. Y me cansé de ver a esos chicos estilo “inglés- aturdido-ochentero” que andan ahora de moda: desgarbados, encorvados para caminar, barbita rala, despeinados, jeans stretch —que les deben apretar los huevos de una manera atroz—, zapatillas All Star, y suéter con capucha y bolsillos para meter las manos. Nada que valga la pena. Era un día más en Lincoln Road. Apagué el Ipod y me puse a leer.

Un rato después de acabar mi café, boté el vaso y caminé en dirección a mi casa. La llovizna rociaba las veredas ya vacías, sin niños, aunque en algunas casas aún no se apagaba la música.

—ya toy kmino a mi ksa —escribí un text a Elizabeth

—tan temprano?

—si

—q tal lincoln

—malo

—xq, q raro

—supongo q xq ya nadie tiene plata pa disfrazarse… y xq, además es lunes

—pues si… algo de eso debe ser

Cuando guardé el teléfono en el bolsillo de mi saco, mis dedos rozaron la platina del chocolate que me había regalado el avestruz. Lo abrí y mordí. Estaba asqueroso, mucha pimienta. Demasiado peppermint. Tragué lo que tenía en la boca y el resto lo tiré hacia un balcón de donde colgaban tres calabazas. ¡Maldito avestruz!

Las dos cuadras que faltaban para llegar a mi casa, las caminé escuchando una canción de Sumo, pero ahora no recuerdo cuál.

@pedromedina5

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