El mundo sabe ya que esta vieja Europa no tiene suerte. Suerte es el atributo inmensurable, o mensurable únicamente a posteriori. Suerte es la virtud inmerecida, aquella que, en su ausencia, provoca el terrorífico telodije. Resumamos en que la suerte no existe. Y ninguna otra cosa que no existe resulta más existente e irritante.

Pongamos por caso a Carlos. Carlos: un tipo sin suerte. Anticipemos que Carlos no se llama Carlos pero lo llamamos Carlos porque ha preferido mantener el anonimato y la procedencia. En una época en la que tras cada esquina te esperan miles de oportunidades para cagarla, Carlos las ha aprovechado todas. Carlos lo ha hecho todo mal: fundar una inmobiliaria en 2006, bonos griegos, Madoff, casarse con una mujer bipolar en su momento hipomaníaco, acciones de Bankia… No nos detendremos en detalles que todos podemos ya imaginar.

Pero sí nos detendremos en el triste momento en que Carlos, subido a una silla de madera, introduce la cabeza por el lazo de una soga de esparto que cuelga de la barra de la cortina. Nos detenemos bien detenidos, hasta poder contar los aleteos de ese mosquito que ronda la nariz de Carlos, hasta captar las partículas de sudor que se filtran a través de la piel de Carlos, hasta percibir la rotación universal que empuja la silla de Carlos hacia la inestabilidad, y hacia la inestabilidad, y hacia la inestabilidad. Es, Carlos, un suicida elegante, un suicida de esos limpios y dignos cuyas intenciones no dejan lugar a dudas. Carlos se mata. Se mata. Que se mata, oiga.

–Espera, Carlos, huevón.

Una voz profunda pero acaramelada. Una presencia que, sin verla, provoca un electrizante escalofrío en la coronilla de Carlos. Una corriente de aire compacta que alcanza a Carlos desde la puerta de entrada, ahora abierta. Carlos se vuelve para comprobar quién osa invadir este, el momento más íntimo de su vida, el de su muerte. Y cuando su cuello, aún rodeado por la soga, gira lo suficiente, descubre que su primera intuición ha resultado tan cierta como insólita.

–Eres José Luis Rodríguez el Puma –dice Carlos.

Unos centímetros por debajo de la nariz de Carlos (recordemos que aún se encuentra subido a la silla), José Luis Rodríguez el Puma, vestido con un impecable traje blanco, luciendo una cabellera densa y fértil, levanta la palma de la mano en claro gesto exhortativo. Cuando comprueba que Carlos ha detenido su salto al vacío en el ultimísimo de los momentos, se lleva esa misma mano al flequillo y, con los dedos, se lo peina.

–Soy un José Luis Rodríguez. En realidad no me llaman Puma. No me doctoré en física teórica por la Universidad de Disneyland para que me llamen Puma.

–¿Universidad de Disneyland?

–Sí, de donde yo vengo la Universidad de Disneyland equivale a vuestro Harvard. Ahora lo entenderás.

José Luis Rodríguez el Puma se acerca a la silla de un atónito Carlos. Sin perder un segundo, extrae de su cinturón un sable láser que relampaguea y emite un sonido como de neón viejo. Esgrime el arma y de un tajo corta la cuerda que se derrumba.

–Un amigo mío le dio la idea a George Lucas –dice El Puma al desconectar el sable laser–. Nunca se lo agradeció lo suficiente. Anda siéntate.

Obediente, como no puede ser de otra manera, Carlos se sienta.

–¿Has oído hablar de Richard Feynman? ¿Has escuchado alguna vez que la trayectoria de una partícula es el resultado de la suma de todas sus posibles trayectorias?

–…

–No, qué carajo vas a haber oído hablar, huevón. Me refiero a la hipótesis de los universos paralelos.

–…

–Esta existencia que tú consideras tan triste alberga, en su seno y al mismo tiempo, multitud de universos paralelos, muchos de los cuales son igualmente habitables, semejantes, convergentes… gemelos… paralelos. ¿Comprendes?

–…

–Procedo de uno de los únicos doce universos en los que el viaje interdimensional es posible. Aquí estoy. ¡Tachán!

Carlos se lleva la mano al cuello, sin duda con la intención de comprobar que la cuerda no se ha tensado, que no se encuentra pataleando en el aire, víctima de una alucinación previa al óbito.

–En mi mundo fue Alfonso X el Sabio quien, en 1224, unificó en una sola teoría M la cuántica y la relatividad.

–¿Alfonso X, el de las Cantigas? –dice Carlos que, por una razón que no viene al caso, entiende del Medievo castellano–. Pero si nació en 1221. ¿Hizo eso con tres años?

–Por eso lo llamamos el Sabio. Pero eso ahora no importa.  Voy a ir al grano, Carlos: tú no puedes suicidarte.

–¿Por qué? ¿Esto… acaso seré… en un futuro lejano… llamado a liderar la rebelión de los hombres contra las máquinas?

–¡No, carajo! Yo no vengo del futuro, no se puede viajar al pasado. Escúchame un poco, huevón: tú no puedes suicidarte porque me vas a arruinar el negocio.

Carlos, cuando escucha algo que le resulta inasumible, tiene la manía de dirigir la mirada al infinito y murmurar varias veces la última palabra que ha oído. En este caso, negocio.

–Tú eres una rareza, Carlos. Eres un misterio cosmológico. Una singularidad. Una anomalía.

–¿Ah, sí? –dice Carlos, abriendo mucho los párpados.

–Cierto. Fíjate: existen casi infinitos universos, de los cuales cientos de miles de billones poseen los requisitos necesarios para albergar vida, de los cuales cientos de billones han permitido que se desarrolle vida inteligente, de los cuales billones son, en esencia, prácticamente idénticos, partícula arriba, partícula abajo. En todos ellos la duplicidad, no,  más bien la eneplicidad, es común. Yo mismo me considero especial, pues pertenezco, como te he dicho, a uno de los únicos doce mundos que conocen el secreto del desplazamiento multiversal. Y, sin embargo,  millones y millones de yos campan a sus anchas por los numerosos espaciotiempos. Pues bien, ahora abre bien los oídos: tú, amigo mío, solo existes en este universo, únicamente en este.

–…

–Hace diez años falleció en trágicas circunstancias el último  paralelo que aún permanecía con vida.

Carlos mira hacia la pared y mastica entre los labios las palabras tú, paralelo y vida.

–Eres el último Carlos interdimensional. El único Carlos interdimensional. Y, además, no hay otro en esa misma situación. Eres el único que es único. Eres uno entre trillones… Eres afortunado… Cun chévere.

–Me están entrando unas ganas de meterte una hostia, José Luis Rodríguez el Puma… –dice Carlos saliendo de su estupor con un ataque de escepticismo violento.

–No te precipites, pavo real. Mira.

José Luis Rodríguez el Puma camina un par de pasos en dirección al armario del recibidor. Sujeta el pomo de la puerta y la abre de un solo tirón.

–Te presento a mis socios –dice.

Ahí, en el reducido espacio del armario, se aprietan once personas. Once trajes blancos. Diez densas melenas felinas de José Luis Rodríguez el Puma. Y uno más con el rostro y el cabello de Brad Pitt.

–Estos caballeros y yo sumamos los doce José Luis Rodríguez con capacidad para atravesar las fronteras entre universos. Viva la numeración.

–¿Y por qué hay un Brad Pitt? –pregunta Carlos.

–Oh, no soy un Brad Pitt –responde Brad Pitt–. Es que en mi mundo la cirugía estética avanza a mayor velocidad.

Carlos vuelve a palpar la soga con la yema de los dedos. No, no pende de la barra de cortina. Se desparrama fláccida e inofensiva entre sus dedos, con los extremos que seccionó el sable láser chamuscados, aún humeantes. Al menos que el infierno consista en una eterna broma de mal gusto, cosa que ni siquiera imaginó Dante, Carlos vive y se encuentra consciente.

–Vale, está bien. Todo es verdad. El Puma y sus once gem…

–El doctor Rodríguez, si no te importa.

–…El doctor Rodríguez y sus once gemelos han impedido que me suicide. Pero, ¿por qué? ¿A quién le importa?

–Necesitamos que sigas vivo. Entre los doce dirigimos una agencia de viajes desde hace treinta años.

El Puma le tiende una tarjeta de visita a Carlos en la que puede leerse: ‘José Luis Rodríguez y asociados. Agencia de viajes multiversal’.

–Tú eres nuestro plato estrella. El elefante africano de nuestro safari transuniversal.

–¿Yo?

–Te lo he dicho: el único que es único. Cada semana fletamos una nave y un grupo de personas de otros universos vienen a conocerte.

–Pero, yo nunca he visto a…

–Oh, sí que has visto. Has hablado conmigo en innumerables ocasiones. Pero siempre te borramos la memoria, claro. Un amigo le dio la idea de esto al director de Man in Black.

–¡No podéis hacerme eso! ¡Vais a provocarme algo malo!

–Sí, lo que tú digas. Escucha: debes vivir. Sin ti, perdemos mucha plata.

Carlos piensa rápido: ¿Qué te está pasando, Carlos? Esto sí que no te lo esperabas. Pero, ¿cuánto de lo que has vivido lo has podido prever? Nada, nunca, jamás. Eres un negado, Carlos. Y entonces Carlos recuerda sus desgracias y por qué pensaba terminar el día colgando de la barra de la cortina.

–Me da igual vuestra plata. Solo pensáis en eso. Yo no quiero seguir viviendo desdichas. No he pasado más que infortunios desde que mi madre me trajo al mundo. No podéis vigilarme todo el tiempo, me colgaré en cuanto os vayáis.

–Ah, ¿te consideras un desgraciado, huevón? No quería llegar a este punto, pero déjame que te lea esta lista. Es un compendio de todos los motivos de muerte de cada uno de tus otros yos: anaconda espacial; agujero negro; destripado por un vikingo; sífilis contagiada por la única mujer con quien hizo el amor en su vida; desollado durante la conquista sioux de Europa; esclavizado y posteriormente devorado por Angela Merkel… ¿Continúo?

–¿Quieres decir que en ninguno de los infinitos universos que existen he sido feliz?

–Casi infinitos. Sí. Es así.

Carlos se queda en silencio unos instantes. La palabra que esta vez masculla es feliz.

–No más borrados de memoria –dice al final.

–Claro. No podemos arriesgarnos a que vuelvas a creerte anodino.

 

httpv://youtu.be/PXC-PkuVdko

© 2012, Paco Bescós. All rights reserved.

Compartir
Artículo anteriorUna gran fiesta
Artículo siguienteTertulia con Eduardo Pardo

El huso horario Greenwich Mean Time (GMT) fija que, aquí en Europa, las cosas pasan unas cinco horas antes que en América. Así que vi la luz cinco horas antes que un americano nacido el 21 de enero de 1979. Me licencié cinco horas antes en la Universidad de Navarra y tengo cinco horas más de experiencia en mi profesión, la publicidad, que mis colegas americanos. También soy cinco horas más viejo, cinco horas más listo y moriré con cinco horas de antelación. Como nada de esto es cierto ni inteligente, nada de lo que escriba sobre Europa en esta sección será inteligente ni cierto. Pero lo haré cinco horas antes que mis compañeros.