Diego Fonseca

 

«They sat them down to weep. Nor only tears

Rained at their eyes, but high winds worse within

Began to rise; high passions, anger, hate,

Mistrut, suspicion, discord; and shook sore

Their inward state of mind, calm region once

And full of peace, now tost and turbulent.»

 

John Milton, Paradise Lost, Book IX

 

 

 

 

1.

 

Este es el Sr. O’Reilly. James Padraic O’Reilly. Tiene setenta y un años, es alto y delgado y no se ha encorvado demasiado a pesar de la edad. Quizás sea porque conserva cierta hidalguía: el Sr. O’Reilly fue capitán de barcos mercantes. Tiene un solo punto en contra: el garbo se le escuece cuando habla y una voz de silbato o de noticiero de los años ‘50s le sale de la garganta.

No se puede pedir todo en la vida. Menos él, que la está acabando de buen modo. Jubilado de tanto recorrer mares y ciudades, el Sr. O’Reilly vive con su esposa en una preciosa casa Tudor en Coral Gables. La casa está al amparo de los árboles gigantes que hacen de Coral Way, tras el golf público, un pasadizo para que juegue la luz. La envidian hasta vecinos de mejor pasar que el Sr. O’Reilly y esposa.

Nuestro caballero se encuentra en estos momentos en el Publix de Le Jeune, entre Valencia y Andalusia. El Sr. O’Reilly, que conoce España, se pregunta por qué en su país escriben Andalucía con «ese» si a Valencia la deletrean correctamente. El Sr. O’Reilly cree que es culpa de los italianos, que tienen la culpa de numerosas cosas. Si se usara la «ce» en vez de la «ese», supone el Sr. O’Reilly, le dirían «Andaluchia». Pero, caramba, allí está Valencia para desmentirlo y entonces el Sr. O’Reilly no sabe más qué pensar.

El Publix es grande y está siempre muy aseado e iluminado como el cráter seco de «Close Encounters of the Third Kind». ¿Qué hace hoy allí el Sr. O’Reilly? Busca sus sopas de siempre en el pasillo cinco. Una, en particular, la Campbell’s Chicken Noodle Soup. El Sr. O’Reilly gusta mucho de la sopa de pollo. No hay otra igual: cura todo. Y ninguna con tanta efectividad como la Campbell’s Chicken Noodle Soup. Los clásicos siempre poseen vigencia y allí está esa magnífica pieza de la cocina americana para demostrar su valía, sí señor.

Hoy, además de la sopa, el Sr. O’Reilly encontrará algo más. En los próximos minutos, este hombre autodefinido adusto pero simpático, severo pero justo, limitado mas voluntarioso, será sometido a un dilema ciudadano. No mantendremos vanas intrigas: el Sr. O’Reilly reprobará eligiendo el término incorrecto de la dicotomía.

2.

Mientras ese momento llega, de pie ante la góndola de sopas del Publix de Le Jeune, entre Valencia y Andalusia con ese, el Sr. O’Reilly piensa que Campbell’s es una gran compañía. Una gran compañía americana que se preocupa por sus clientes, además. Y lo dice porque Campbell’s, la gran compañía americana que se preocupa por sus clientes, ofrece una amplia variedad de sopas. Todo para que el ciudadano disfrute siempre de la posibilidad de elegir lo mejor.

¡Oh! El Sr. O’Reilly ha tenido una epifanía: Todo sea para que el ciudadano disfrute siempre de la posibilidad de elegir lo mejor. Es una frase gorda de posibilidades y sentidos. Un eslogan que podría definir la misión de una gran empresa americana como Campbell’s. No quedaría mal, se dice el Sr. O’Reilly: podrían colocarlo bajo la estola de la etiqueta, justo debajo del nombre de cada sopa. Todo sea para que el ciudadano disfrute siempre de la posibilidad de elegir lo mejor. El Sr. O’Reilly supone ahora que, si una frase tan profunda como esa se le ocurre cuando va de salida de la vida, podría haber tenido otra carrera en el cenit de su madurez. Mad men, por caso. Escritor. Periodista.

Pero el Sr. O’Reilly es, como se dice a sí mismo, un sujeto cabal. Cuerdo, sensato. Pensar en un pasado que no existió, definirse por una posibilidad, no es muy de él, que siempre ha tenido los pies sobre la tierra. Tampoco es muy americano: eso es más bien, digamos, europeo. Moderno. Así que se quita las rémoras de la idea —publicista, qué niñería; escritor, tonto insano— y vuelve a lo suyo. La sopa.

3.

Pasillo cinco, entonces: un mundo de sopas. Hay quienes se inclinan por las Progresso, pero no el Sr. O’Reilly. Su mente es recta, la decisión unívoca: Campbell’s Soup. ¿Hombre plano? Hombre convencido, arbóreo, singular.

Sopas.

El Sr. O’Reilly tiene frente a sí el Universo Willy Wonka de las sopas Campbell’s. Hileras de French Onion y Minestrone, crema de espárragos y habichuelas, tomate con ajo y albahaca y, al menos, diez filas perfectamente alineadas de su incomparable sopa de pollo. Todas con la etiqueta roja y blanca de la gran compañía americana Campbell’s. Todas formadas —firmes, rectas e idénticas— como soldados para revista general.

Todo sea para que el ciudadano disfrute siempre de la posibilidad de elegir lo mejor. Eso.

La mente juega trucos, se dice el Sr. O’Reilly: la uniformidad de las latas: soldados: el Vietcong. El Sr. O’Reilly viaja al pasado. Años 1971 y 1972. Long Bihn, 538th Transportation Company primero, 47th después. Conducía un Jeep para el coronel Marshall McDonaugh, segundo de la compañía. Más tarde pasó a manejar el 37 Petro Main. Dejó de conducir el camión, curiosamente, un día de revista, cuando un general cinco estrellas repasó al pelotón. El Sr. O’Reilly era el mejor vestido y el general, por eso o porque sí, lo tomó prestado.

El Sr. O’Reilly condujo el auto personal del general James H. Monroe durante meses. Un año después de aquella selección, se subiría a un portaaviones con el jefe y no bajaría de los buques hasta su retiro. El general James H. Monroe pediría un pase a Virginia de inmediato, pero él no lo seguiría. La vuelta a casa era un deseo pero la aventura aun acicateaba las sienes del Sr. O’Reilly. A despecho de su jefe, que se había acostumbrado a su servicio, solicitó la transferencia a la Marina. Una vez terminada la guerra, el Sr. O’Reilly se unió a los mercantes.

4.

¿Por qué piensa todo esto ahora, mientras está entregado a su ritual clásico, leer las especificaciones de las etiquetas de la Campbell’s Chicken Noodle Soup? La mente, sus juegos, esas cosas. El Sr. O’Reilly vuelve a concentrarse. Es importante leer los ingredientes. Superada la braza de los setenta, el médico ha sugerido que extreme cuidados. Tiene una salud de acero, propia de un marino, vale decir, pero va a los jalones con la tensión nerviosa. Reducir la sal, evitar comidas espesas, hacer ejercicio. Los médicos tienen demasiadas prioridades tediosas, pero el Sr. O’Reilly, que acepta la autoridad de la academia, cumple el mandato. Al galeno, disciplina.

Las especificaciones dicen que media taza de sopa condensada de la tradicional Campbell’s Chicken Noodle Soup, equivale a ciento veinte mililitros y aporta sesenta calorías al organismo. Las calorías de grasa, lee el Sr. O’Reilly, son veinte. Nada mal. Como todo lo indica, es una buena sopa de pollo. Una buena y sana sopa de pollo, como diría Nancy, su esposa y ayudamemoria frecuente.

Sí señor, esa sopa estaría bien para la mujer del Sr. O’Reilly. Veinte calorías de grasa no es mucho. Pero el Sr. O’Reilly tiene un instante de duda: ¿no sería mejor obtener una sopa aun menos grasosa? Esta es su ocurrencia: si redujese calorías en la sopa, podría incorporar grasas que, a pedido del médico, hace tiempo no consume. Del médico y de su mujer. Por ejemplo, tocino.

Pero Nancy no está allí para ayudar en la decisión. ¿Qué debe hacer? No irá a buscar a un empleado. En ese pasillo no están más que él y su mente zigzagueante más un muchacho latino. Y el muchacho es cliente, no empleado. No: el Sr. O’Reilly tampoco perderá su preciado tiempo conversando con el hispano. Es una decisión que debe ser propia. O de su mujer, o del médico, pero sería impropio que fuera de un desconocido.

Por otro lado, el muchacho se ve demasiado atareado leyendo las etiquetas de su propia lata de sopa. Es una Progresso de menestra. Mala elección, chico, piensa el Sr. O’Reilly.

5.

Ya llega el momento de la decisión.

No es un niño, sabe de qué va. La mujer le acompaña la mayor de las veces a hacer las compras, pero el resto del tiempo él se ocupa del supermercado. Sobran las horas. Un día del Sr. O’Reilly no es una colección de actividades, precisamente. Golf los lunes, Starbucks con Taylor y Glenn martes y jueves; miércoles dedicados al jardín de la casa, los viernes al Regal. El fin de semana pertenece a los nietos y las mañanas al periódico bajo el gazebo del patio.

Cuando es día de supermercado y su mujer no lo acompaña —compromisos de sociedad—, el Sr. O’Reilly anota los faltantes de la alacena en una libreta. Tiene una Blackberry Pearl pero es vieja escuela: le gusta preparar las compras con su caligrafía. Por la libreta, Nancy ha apodado al Sr. O’Reilly «El Crío de los Mandados». Los amigos festejan la ocurrencia. Sólo si olvida la lista —ha ocurrido— recurre a la Blackberry Pearl. Habla poco, lo indispensable. Amor, ¿qué más quieres para tu cordero?, por ejemplo. O: ¿He olvidado algo más? O bien: ¿Lechuga romana o escarola?

El latino sigue reconcentrado en su lectura —le ha sonreído por cortesía pero no recurrirá a él. A juicio del Sr. O’Reilly, el sujeto debe ser naturalmente reacio a cualquier contacto.

Debe elegir. Recapitula. Veinte calorías de grasa: nada mal. ¿Grasa total? Dos gramos. Sólo cero punto cinco de grasas saturadas. Quince miligramos de colesterol. Esas son buenas noticias. Sodio: ochocientos noventa. Cautela allí.

6.

Finalmente, debajo de las especificaciones, el Sr. O’Reilly halla una etiqueta del programa de responsabilidad social de Campbell’s. Si compra una lata de Chicken Noodle tendrá un punto extra para comprar artículos escolares, o algo así. El programa se llama «Etiquetas para la Educación». Las personas recortan de la etiqueta un rectángulo que lleva impreso un código de barras y lo envían a Campbell’s. Luego, la gran compañía americana les reintegra dinero. Al menos eso cree haber leído el Sr. O’Reilly —olvidó los anteojos, Goddammit.

La dueña de esas certezas es su mujer, que está en asuntos del estilo. Si no es el programa de ayuda a los niños de Little Haiti es alguna causa para salvar de la muerte a los perros huérfanos de Fort Lauderdale. O una subasta a beneficio en el Art District. O el voluntariado en el Saint Jude’s u otra de la docena de actividades filantrópicas que la mantienen fuera de casa la mayor parte de la semana.

Nancy es una mujer con un corazón oceánico. Una compañera de oro, atenta y amorosa. Conoció al Sr. O’Reilly cuando el futuro capitán mercante regresaba de Vietnam. Se enamoraron de inmediato y se casaron al año. Le dio dos hijos, hombre y mujer, y una vida apacible y ordenada. Por ella, el Sr. O’Reilly es una institución en Coral Gables. Todos los años abre el desfile de Carnaval con su uniforme de capitán de buque de carga. Nancy va a su lado, vestida como la Dietrich en el cabaret de preguerra de Berlín: frac, pajarita blanca y sombrero de copa. Una pintura de pareja.

Para los viajes al Publix del Sr. O’Reilly, Nancy recorta anuncios de ahorro y cupones de descuento de las revistas, selecciona los folletos que engordan los dos buzones de la casa y se atiborra de promociones en Village of Merrick Park y Sawgrass Mills Mall. Todas las semanas envía pedidos de reintegro de dinero por correo o un cupón que lleva inscrita la promesa de un triunfo. Habitualmente, después de amar una pila de cupones y etiquetas sobre la mesada de la cocina, va a Staples por una caja de sobres. Toma el bolígrafo, anota las direcciones, estampilla, y decenas de cartas salen directo al Servicio Postal.

Y funciona. El otro día, recuerda el Sr. O’Reilly, les llegó un retorno de veinte dólares de CVS Pharmacy, y uno o dos meses atrás les devolvieron por mail in rebate casi cien dólares por la compra de una aspiradora en Bed Bath & Beyond. Él había olvidado que tenían esas minucias por cobrar. Ella no, así que tomó sus dineros y los gastó de inmediato.

7.

Ése es un asunto álgido, piensa ahora el Sr. O’Reilly, postergando la decisión sobre su sopa. Siempre ha dicho a su esposa que no tiene demasiado sentido gastar las monedas que las empresas le devuelven para que ahorre. Su suegro, que tiene apenas cinco años más que el Sr. O’Reilly, comparte su posición. Pero Nancy pasa de ambos, entra en modo «si gasto, ahorro», se escapa por las mañanas y regresa entrada la tarde a la casa con fruslerías con rebajas sobre la rebaja y una sonrisa de dientes perlados.

Pero, en fin, se dice el Sr. O’Reilly, moviendo las latas de Campbell’s de un lado a otro, tampoco es para hacer de ello un gran tema. Puede que la mujer haga esto o aquello, que gaste el tiempo y los ahorros en los hogares de los carenciados, pero al fin y al cabo es una dama genial. Y eso es definitivo: Nancy es un alma de oro. Días pasados, por ejemplo, detuvo el tránsito cuando el semáforo le había dado verde en South Dadeland Boulevard nada más que para esperar a un tullido que iba rezagado en busca de su dólar. Cosas de la vida, dice el Sr. O’Reilly: el tipo era un héroe de guerra. Un verdadero héroe de guerra. De Vietnam. Uno de los nuestros, se dice. Los demás conductores, latinos o asiáticos, cree él, ni lo miraron al pasar. No su mujer. No ellos.

Diablos, la sopa. Asunto concluido: el Sr. O’Reilly ha zanjado la cuestión, dado que lo visto está bien. Tres gramos de proteínas, cuatro por ciento de fibra y tres de carbohidratos, y ya. Se llevará una docena de latas de sopa de pollo y un par de Onion French, que también le gusta. Como hace tiempo que no la toma, agregará otro par de Minestrone.

¿Y saben qué? Todo eso de recordar a su mujer… Qué diablos, una docena extra de Campbell’s Chicken Noodle Soup para que la adorada Nancy ayude a un shelter o las done al Ejército de Salvación. De hecho, él mismo le dirá dónde hay uno: en Bird y la 97th Street. Lo tienen muy bien puesto. Ordenadísimo. Lo manejan un tipo de Pittsburg y una morena. Muy buena gente.

A la caja.

8.

La caja deberá aguardar: ha llegado el momento del dilema ciudadano.

Me parte un rayo, dice, repentinamente mohíno, el Sr. O’Reilly: hay un carro rebosante de enlatados, panes, tocinos y carnes y quién sabe cuántos refrescos cruzado a lo ancho del pasillo.

Está bien que se distraiga leyendo pero, ¿a quién se le ocurre montar un carro como obstáculo para los demás? ¿Será el latino, que se fue dejando las latas completamente desordenadas? ¿Alguien más? ¿Es que ya no hay respeto de ninguna clase?

9.

El Sr. O’Reilly se enfada: no está en su voluntad dar toda la vuelta al pasillo si nada más debe ir al número seis, exactamente del otro lado y en paralelo adonde ahora está detenido. Son siete o no más de diez metros. Si diese la vuelta completa por el pasillo serían más de treinta. Y eso, mi señor, no sucederá. Oh, cuánto lo siente: así viole un decálogo completo de reglas de urbanidad, el Sr. O’Reilly ha determinado que sacudirá ese carro atravesado hasta que alguien se presente. ¿A quién se le ocurre bloquear el paso de un ciudadano de ese modo?

Resulta. Apenas hubo comenzado a zarandear el carro, quizás alertados por el ruido, se asoman sus dueños. A golpe de ojo, el Sr. O’Reilly ve a una mujer de unos sesenta años y dos adolescentes enormes, tan hinchados de grasa que se mueven lentamente, como si fuesen zeppelines flotando. El Sr. O’Reilly piensa que los tres entran como los cargueros que los remolcadores tiran por el río hasta los docks internos del puerto de Miami. Despacio, girando con cuidado, apenas dejando al empavesado moverse en suave balancín.

Ella es enorme. Debe pesar seiscientas libras y, bendita anatomía, si camina es porque Dios es bondadoso. Esto último podría ser un mérito. El Sr. O’Reilly ha visto gente que pesa la tercera parte de esa gorda y que no da un paso para unir baño y cocina. Se mueven de un lado a otro en scooter. Esta mujer al menos hace el intento de poner un pie delante del otro. Y lo hace aunque le cuesta. Da un paso por minuto, respirando contrariada. Sufre una vida. Quizá en su casa tiene un tubo de oxígeno para ayudarse, pero no se lo ve por allí.

El Sr. O’Reilly sigue la escena con atención y reserva. No desearía que esa mole se le eche encima, que lo demande por mirarla mal y esas cosas. Sabe cómo es: hay gente que vive para visitar jueces por cualquier tontería. Vaya, acaba de recordar que pensó que la mujer podría echársele encima. Se sonríe: con esos kilos difícil que lo alcance.

10.

 

Oh, Jim O’Reilly, no seas mal pensado. No hagas eso. No está bien. Si Nancy estuviera allí ya lo habría regañado y, acto seguido, habría partido raudamente a preguntarle a la gorda si no había algo-que-pudiera-hacer-por-ella.

Lo haría con diplomacia, claro. Se lo preguntaría sin preguntárselo, para no ofenderla. Esta gente es así, se dice el Sr. O’Reilly, que sigue restando puntos a su examen de urbanidad. Debes lidiar con ellos como si pisaras huevos. Y si no es con los obesos, son los hispanos. O los chinos. O los morenos. O son los ambientalistas. O los mormones polígamos. No sé si se dan cuenta, pero este país se ha convertido en una caterva de minorías con derechos minúsculos. Cuidado con hacer algo y ofender a un pedacito de América, protesta en silencio el Sr. O’Reilly.

¿Qué diablos haces en una situación así? ¿Por qué esa gorda se dejó estar hasta llegar a eso? Si está enferma de la tiroides, ok, debiera haber visto a un médico. Si no tiene dinero para fondear el seguro, allí está el Estado. Seguramente mis impuestos ahora financian un tratamiento más costoso porque la buena señora se dejó estar. Aplausos por su indolencia, demonios.

Tendría que arreglárselas sola, insiste el Sr. O’Reilly, plantado firmemente con su carro en el centro del pasillo, esperando que la gorda y sus hijos avancen para tomar el suyo propio. La espera es una muestra anticipada de lo que debe ser la eternidad, piensa el Sr. O’Reilly. De repente, por unos pasos más que han dado los tres, el Sr. O’Reilly nota que ha estado equivocado: la mujer no tiene sesenta sino el rostro de una cuarentona. Y los niños, que daba por teens, ni tienen acné. No tienen más de diez, doce años, pero la grasa los hace parecer defensas de los Green Bay Packers. ¿En qué nos hemos convertido?

Los críos tienen el rostro hinchado, teñido de rojo. Es la sangre pesada que apenas se mueve por las venas expandidas. Sangre o azúcar y mac and cheese, piensa el Sr. O’Reilly. Sus cabellos son del color del cobre y los ojos dos faroles profundamente azules. El Sr. O’Reilly concluye que si se acercase sus cuerpos olerían a leche.

Y sabe bien por qué olerían a leche: porque son dos senos caminando, se responde. Ambos críos, encimados, ocupan el diámetro completo del pasillo. No hay parte de ellos que no tenga el doble del volumen normal. Son hipopótamos, o cerdos, piensa el Sr. O’Reilly. Sólo les falta hacer oink-oink.

¿Pesarán doscientas libras como él? Es factible, pero el Sr. O’Reilly tiene más de siete décadas de vida y es alto como una torre; estos muchachos no han tocado el timbre de la adolescencia. Qué mal ejemplo, sentencia. La culpa es de la madre. Y del padre, si tienen. Esos niños debieran estar ejercitándose. Fútbol. Béisbol. Cualquier tontería en tanto quemen calorías. ¡Podrían correr a una familia de cerdos!, se sugiere el Sr. O’Reilly. Oh, no, no querrían molestar a sus propios parientes…

11.

Ahí están. Apenas si se mueven. Como la madre. El Sr. O’Reilly ha dado con la que cree es la metáfora perfecta para el grupo: mamá, con los dos hijos en los flancos, parece un enorme tanque y las tanquetas de aprovisionamiento de explosivos. El Post-Panamax aquel que capitaneaba antes de jubilarse. O Moby Dick escoltada por sus ballenatos. «Llámenme Ismael», ríe el Sr. O’Reilly.

Un Post-Panamax y los remocaldores, sí. Eso. La gorda es un mega carguero y el pasillo el Canal de Panamá. Y aquí vamos. Van a entrar a la esclusa. Con lo justo. Los remocaldores deben dejar a la mole en la boca del canal. Ella sola, mi Post-Panamax, juguetea el Sr. O’Reilly, tendrá que poner la proa en posición.

Y ahí va. Ya doblan la esquina del pasillo. Chuf-chúf. Los remolcadorcillos la orientan con sus bracitos regordetes, alineándole la quilla al centro del paso. Chuf-chúf. El de la derecha hace un esfuerzo para no chocar la góndola. Chuf-chúf. Pero los tres juntos no encajan bien en el canal. Oh, no hay jarcia de amarre que nivele eso. Oh…

Ah, son listos. Los dos remolcadores-hijos ceden el paso a mamá-Post-Panamax. ¡Diablos que es grande! ¿De dónde es esta mujer? ¿En qué estado viven los blancos más gordos de este país? ¿Georgia? ¿Texas? ¿En la Florida? ¿Aquí? Oh, dios, a qué hemos llegado.

Retoma la concentración. La mujer Post-Panamax encaja la proa del estómago en el centro del pasillo y mueve un piecito. Tiene, literalmente, un piecito. No calza más de seis, calcula el Sr. O’Reilly. O treinta y seis, como dice mi mujer que dicen los europeos. No entiende de qué modo ese pie puede sostener esa masa de cemento informe. Él ya se habría caído. Pero, bueno, también los cerdos tienen patitas cortas y no ruedan fácilmente. Cierta robustez hay.

12.

Y hablando de caerse, ¿no es eso agua? ¡Es agua! Mierda: ese fue el latino, reacciona el Sr. O’Reilly. El muy idiota. Por un instante, el Sr. O’Reilly cae en la cuenta del engaño. Ese perro sucio, dice, no estaba revisando las etiquetas de las sopas: las estaba abriendo. Maldita basura ilegal, insulta en voz baja el Sr. O’Reilly. Tomó la sopa y no la pagó. Y encima dejó ese enchastre en el piso.

No es un charco considerablemente grande pero está en medio del pasillo. O sea: en medio de la trayectoria de la madre-Post-Panamax-Moby Dick. Oh-oh. Y allí va, directo a él. Oh-oh…

La mujer ha resbalado; toda su humanidad está ahora en el suelo. Creo que sentí movimiento bajo mis pies cuando golpeó el mosaico, piensa el Sr. O’Reilly. El monumento arrastró en la caída a los niños. Ellos, aun fofos, son jóvenes y ágiles y procuraron tomar a la madre de los brazos, pero la mujer los arrastró con la inercia. En su propia caída, manoteando por el aire, los chicos acabaron con medio pasillo de sopas. Docenas de latas volaron como disparadas por un cañón. La mayoría reventó al tocar el piso. El océano de French Onion, Minestrone y Chicken Noodle dejó reducido a nada el desparramo del latino.

Mientras la señora se contorsionaba sobre los fideos, llegan los empleados de Publix, media docena de tipos corpulentos. Llama la atención su consternación ante la escena de la Gran Ballena Blanca revolviéndose. ¡Están preocupados, claro que sí! La mujer tuvo una caída dura; seguramente está lastimada. Uno de los hijos sangra por la nariz y el otro no ha dejado de patalear con sus piernitas de cerdo, serpenteando por el piso húmedo hasta aferrarse a las patas de una góndola. Los empleados tratan de enfrentar la situación balanceando las perspectivas. Será imposible mover a Moby Dick, piensa el Sr. O’Reilly, que sigue la situación aferrado a su carro a prudente distancia. Necesitarían una grúa.

13.

Ha arribado el gerente, y está más apremiado que los empleados. Sus urgencias son de otro carácter. Él, por decirlo de algún modo, huele más allá de la sopa. El cuadro es uno: D-E-M-A-N-D-A. Welcome to America, the land of opportunities for lawsuits!

Esta gordita debe ser una experta llevando empresas a los tribunales, se burla el Sr. O’Reilly. Seguro que la vieron entrar y, por precaución, le ofrecieron un scooter para moverse. Y seguro que ella lo rechazó. A propósito, por supuesto. Esta gente es así.

O, bueno, quizá no entrase en un scooter.

Lo cierto es que ahora tiene la mesa servida: piso húmedo sin carteles de advertencia, agua en el pasillo, un resbalón doloroso, una demanda. Money! ¿Dos niños rechonchos y su colorada madre heridos en un supermercado de Miami por el descuido de un hispano atolondrado que se tomó las sopas y se fue sin pagar?, juega el Sr. O’Reilly. Stop the aliens! ¿Dónde estaban los controles?, dice, mientras imagina los titulares de los tabloides. La foto de la señorona consolándose con una bolsa de Tostitos mientras su abogado, circunspecto, le palmea la espalda mientras hace declaraciones a los perros de la prensa. Outrageous!

Esto es carne de Oprah y Geraldo, especula el Sr. O’Reilly.

«Estamos en vivo, asunto nacional».

«Hemos convocado a los especialistas al estudio».

«¡Obesidad y psicología!»

«Edición especial de The Biggest Looser: Huge Families!»

«Oh, ¿cómo tratar a estas personas necesitadas, doctor?»

Muy simple, protesta en la privacidad de su silencio el Sr. O’Reilly, ¡envíenlos a mover sus gordos culos!

14.

O pueden hablar con mi mujer, piensa. Ella sabe. Nancy conoce la justa medida de las cosas. Conversaría con todos aquí y procuraría darles una salida. Es comprensiva. Una campeona del buen pensamiento, del compromiso con los necesitados. Claro que sí. En cambio yo… Yo soy un tanto… rudo. ¿Cómo dice Nancy que soy?, se pregunta el Sr. O’Reilly. ¿Tosco?

Oh, sí, Nancy lo resolvería. Publix debería contar con alguien como ella. El Sr. O’Reilly cree que si sientan a su esposa junto al Post-Panamax y ella le habla suave y con ternura, todo se resuelve. En m-i-n-u-t-o-s. La delicadeza de Nancy le evitaría a la cadena una demanda de millón o millón y medio. Y a costo cero, porque no cobraría. Quizás nada más pediría que apoyen a su fundación para salvar a los perros abandonados de Fort Lauderdale. Como muy ambiciosa, les pediría que le financien una nueva oficina en Coral Gables o Doral, y ya.

Ese será el último pensamiento positivo del día del Sr. O’Reilly, que ya ve acercarse a uno de los guardias y está a punto de culminar su renuncia consciente a la urbanidad y la compasión. Al ver al vigilante, el Sr. O’Reilly ata cabos. Otra vez, la mente y sus asociaciones libres: el uniforme del guardia le remite a otro uniforme, el de los paramédicos, que no tardarán en llegar, y luego, a los policías, que arribarán inmediatamente después. Y llegamos al punto crítico: los policías necesitarán testigos. Y el único idiota que ha visto todo es él.

15.

A las dos cuadras, con la crisis detrás, el Sr. O’Reilly se regocija. Siete décadas de vida y aun puede tomar decisiones presurosas en momentos críticos. La suya fue una fuga para el cine. Nadie ha de haberlo notado. ¿Por qué no razona con esa urgencia para elegir sus condenadas sopas de pollo?

Por la esquina dobla un carro de bomberos en dirección al Publix. Las sirenas denuncian su prisa. Unos metros detrás cruza una van de CBS4, esos condenados sensacionalistas de la televisión. ¿En qué te has convertido, America?

© 2013 – 2014, Diego Fonseca. All rights reserved.

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Nació en Argentina en 1970. Vive en Washington, DC. Es periodista desde 1989. Fue reportero especializado en política y editor de economía y finanzas.

Desde 2011 es editor asociado de la revista de crónicas Etiqueta Negra y, con anterioridad, se desempeñó como editor general para América Latina de AméricaEconomía, la principal revista latinoamericana de economía y negocios, y como editor adjunto de MercadoCórdoba, en Argentina. Colabora y ha colaborado con diversos medios internacionales, como Expansión, de México;SoHo, en Colombia; Orsai, en Argentina y España; y BNAmericas, de Chile, entre otros.
Diego fue creador y director de la revista de crónicas de L&S Lúk y ha asesorado y dirige proyectos de comunicación y periodismo digital en Estados Unidos, México, Argentina, Chile y Perú. En Argentina, fue productor de radio y TV de los ciclos Objetivos Al fin y al cabo, distinguidos con los premios Martín Fierro.
Entre sus libros se encuentran Joseph Stiglitz detiene el tiempo (eCícero, 2013; non-fiction), South Beach (Recovecos, 2009; relatos) y Sam no es mi tío: veinticuatro crónicas migrantes y un sueño americano (Alfaguara, 2012; non-fiction, creador y coeditor). En 2013 se publica su novela Una larga preparación para nada y una colección de crónicas y perfiles sobre desarrollo económico escritos por quince cronistas de toda América Latina.
Licenciado en comunicación por la Universidad Nacional de Córdoba, en Argentina, Diego tiene un MBA del Instituto de Empresa Business School, de Madrid, y estudios en posgrado en Georgetown University y en INCAE Business School de Costa Rica. Desde 2012, es profesor visitante de FLACSO Ecuador.