Una bodega antibombas

Gaby Guimarey

Kork Wine and Cheese

Downtown Miami. 8 de la noche, la calle está desierta. A mitad de cuadra, una pizarra negra, sillas, mesas y el nombre en la entrada, arriba de la puerta. Bien simple. Tanto mejor.

Con una sonrisa que ocupa casi el total de su cara, el muchacho me recibe mientras me pregunta si conozco el lugar. Algo seguramente deberá estar escondiendo porque, a simple vista, no hay más que unas mesas, sillas, velas. Una barra interesante. Me gustan las barras más que las mesas, da la sensación de que uno no tiene que estar necesariamente acompañado y la estratégica ubicación es un buen intermedio entre la visión del barman y el cliente. Me hace sentir que estoy más del lado del anfitrión que del invitado. Soy de la casa, aunque sea mi primera vez allí.Y me gusta, me da mi cuota de complicidad con la situación.

Pero volviendo al señor de la sonrisa, quien estimo será el dueño, me pregunto por qué esa insistencia en saber si conozco el lugar. Puedo hacerme la sabelo todo y decir que sí y perderme la oportunidad de eso nuevo que aparentemente Mr.Sonrisas tiene para mostrar o decir que no y ahí imagino que mostrará aún más sus dientes y me lo contará todo. Así que preferí decir que no, que no conocía el lugar, lo cual era verdad y me dejé llevar. Al sótano.

Miami es tierra ganada al mar, los subterráneos de otras ciudades son aéreos aquí y no hay nada para abajo, más que agua. Así que la idea de un sótano en Downtown me sonó a que era algo que tenía que ir a ver. Y bajé.

Durante el descenso, como en el tercer escalón tuve la sensación de que no estaba en Miami. New York quizás, Chicago tal vez. Podría ser un lugar que visité una vez en Budapest, un pub que resultó ser un tugurio oscuro repleto de punks bailando pogo al son de una canción que interpreté como húngara, pero bien podría haber sido rumana. No hubiera notado la diferencia.

Llegué al descanso de la escalera y antes de bajar los últimos escalones, me encontré de frente con un pequeño escenario y una banda de jazz. Me gustó. Sigamos hasta el final. Un lugar amplio, con luz tenue, más velas, mesas y sillones de cuero, bien cómodos. Se acercó una moza muy amable, me contó en que consistía la bodega enorme que ocupaba toda la pared, con cientos de botellas de todas partes del mundo. Bodegas nuevas y viejas y algún detalle «vintage» en el Rare Room.

Construído en los años 20 y siendo un antiguo refugio antibombas durante la época de crisis con Cuba, el lugar tiene una dimensión lo suficientemente cómoda como para albergar a un grupo grande de amigos, como espacios íntimos que, si la música no distrae demasiado, se puede conversar y hasta abrir corazones.

Una buena carta de quesos, desde los típicos Manchegos, Brie y Gruyere, hasta combinaciones más elaboradas de sabores y procedencia. Fondue de Queso y Chocolate para los hambrientos y golosos. Confies oque no las probé, háganlo por mí y cuéntenme.

El servicio es correcto. Inclusive el barman estuvo al borde de ignorarme en un par de oportunidades. La lista de vinos no apareció por ningún lado. La idea es escoger de la bodega el vino que uno decida, pero para los que no conocen de vinos, elegir entre un Merlot francés o un Sirah sudafricano puede llegar a ser estresante.

Igualmente, la barra resultó perfecta para la noche y la compañía. Ahí descubrí algo

Muchísimo más interesante que el subsuelo, pero no pienso contárselos.

Kork Wine and Cheese.2 South Miami Avenue,Miami,FL33131

 

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