Trompe L’oeil

 Esteban Lozano

Cuando el tren se detuvo dio un sacudón que le hizo prolongar más de lo necesario el delineado con que resaltaba el ojo. Los niños se lanzaron fuera del camarote, ansiosos por poner pie cuanto antes en aquella tierra que visitaban por primera vez. “¡Esperen, no corran!” les ordenó su padre, a la vez que se las arreglaba para salir del estrecho compartimiento acarreando las dos únicas maletas del grupo familiar. Acercándose aún más el espejo de mano a la cara, se pasó un algodoncito embebido en un líquido corrector para quitar el segmento no deseado. Listo. Ahora el rubor. Lo aplicó con la almohadilla mientras desviaba por un momento la mirada a través de la ventana. Vio que su esposo y los niños ya comenzaban a avanzar por el andén, sin volverse. Raro, pensó. ¿Por qué habrían de alejarse del tren sin esperarla? Se respondió, aunque sin formar demasiado bien la frase en su cabeza puesto que dudaba, y cuando lo hacía las frases quedaban a mitad de camino o se resolvían apenas con la inclusión de verbo y algún sustantivo, casi nunca un adjetivo y mucho menos artículos o preposiciones, que aquel viaje había sido “raro” en su totalidad, desde que salieran de la estación de Bruselas. Por contraste, evocó el viaje de bodas que hicieran en el Orient Express: el lujo del interior suavizando los rigores del exterior; un mes de estadía en Estambul; las inolvidables visitas al Palacio de Topkapi y a las mezquitas de Yeni Cami y Aya Sofya, que su esposo, arquitecto, no quería perderse por nada del mundo; aquel turco recio que se le insinuaba desde la mesa vecina fumando su narguile con sensual delectación mientras su flamante esposo bebía raký y la excitaba acariciándole la entrepierna con disimulo… Este viaje, en cambio, parecía signado por la premura: el escaso equipaje; el mal tiempo sucediendo al buen tiempo sucediendo al mal tiempo; la ausencia, en el vagón comedor, de los comestibles y las bebidas deseados; la falta de iluminación nocturna, lo que le había imposibilitado continuar con la lectura de novela romántica que había comenzado poco antes de la travesía y que a cada página más y más la apasionaba… Ya tendría tiempo de continuarla una vez que estuviesen instalados en su nuevo domicilio, concluyó. ¿Cómo sería la vivienda que les habían asignado? Terminó con las mejillas y decidió que antes de bajar no estaría mal resaltar siquiera un poquito el lunar que le agraciaba la aleta izquierda de la nariz y que tanto habían alabado sus amantes a lo largo de los años, incluso el que hacía ya una década se había convertido en su marido y que ahora apenas podía distinguir a lo lejos. Imaginó a los niños caminando junto a él y echando miraditas furtivas hacia atrás, los rostros ceñudos como preguntándose qué pasaba con su madre que no los acompañaba. Pero no había que descuidar el arreglo personal. “No hay que descuidar el arreglo personal”, pensó, “en especial cuando una ha nacido en buena cuna.” Y ella conocía a gran parte de los que caminaban por el andén cargando su exiguo equipaje: sus finas ropas delataban su posición social, sus rostros eran los que acostumbraba a ver en las galas a las que era tan afecta… Se esmeró especialmente en su lunar, tratando de darle eminencia aunque sin exagerar el tamaño: notorio pero pequeño, jamás excediendo su diámetro real, de escasos dos milímetros. Recordó a su madre mostrándole la fotografía de la abuela, de quien ella había heredado el lunar con coqueto atavismo. “Un rostro con lunar es un rostro que nació adornado”, decía siempre su abuela. Volvió a mirar por la ventanilla y ya no vio a su esposo entre la abigarrada muchedumbre, detrás de la cual se adivinaba —puesto que apenas se distinguían dos o tres letras simultáneamente, turnándose e intercambiándose unas por otras según el movimiento de la gente— el nombre de la estación pintado en grandes letras blancas sobre el negro de la madera: Sobibor. Creyó descubrir a los Spinoza, los más presumidos integrantes del círculo íntimo de la burguesía belga que ella y su esposo frecuentaban; presumidos meramente por coincidir su apellido con el del célebre filósofo, como si otros de la colectividad tuviesen menos lustre… Se apresuró a guardar todos los afeites en su neceser y a echarse la boa al cuello antes de salir del camarote. Cuando llegó a la puerta del vagón, un oficial SS, solícito, la esperaba con la mano tendida para ayudarla a bajar. “¡Qué joven tan bello!”, pensó ella, sonriéndole a modo de agradecimiento. “Si yo tuviese diez años menos…”

La idea la hizo sonrojar.

 

 

Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on pocket
Pocket
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on email
Email

Copyrighted material by the author.