black2¡Qué gana’ de lloraou, en jesta tarde grí’… con su repiqueteaouu’ la lluvia habla de ti, remordimiento de sabe’… que po’ mi curpa nunca, vida mía, te veréi!… 

Estaba entretenido, escuchando el tango de Contursi y Mores –aflamenca’o por Diego el Cigala- en la última fiesta de Thanksgiving de Viviana -mi amiga lesbiana – y Leyla -su pareja bisexual-,  cuando noté la presencia de Brando, un mulato cuarterón con pinta de modelo de comercial de condones perfumados y enjoyado a lo narco con cadenas de oro, un Rolex Daytona y un par de sortijas que por su brillo no dejaban dudas de kilataje. Luego de algunos saludos a la concurrencia, Brando se dirigió hacia mí con el paso seguro del que va tip top y enfundado en un Ermenegildo Zegna y me extendió la mano con una sonrisa hollywoodense. Se la estreché con  gesto franco y entablamos una conversación de lo más normal entre hombres a la antigua, es decir, Brando se veía lo suficientemente varonil como para no preocuparme de que se me sobrevenga algún malentendido que pudiera arruinarme la noche. Me alegré de tener alguien con quien conversar en el party gay al que tuve que asistir casi por obligación, dado el cariño que me une a mis amigas y antiguasroommates con quienes, en una noche de alcohol, hasta estuve a punto de tener un menage a trois (si es que no lo tuve, I can’t remember).

Brando parecía apasionarse por mis temas favoritos. Saltábamos de Borges a Bukowski, de Mark Spitz a McQueen, de Aston Martin a Porsche, de Einstein a Napier. Cuando hablábamos de Caruso y el Nessun Dorma de Puccini, Brando se ofreció a traerme un mojito y al entregármelo me acercó –muy acomedido- una silla… Yo estaba realmente pasándola bien entre toda esa “gente rara” que colmaba la fiesta, bueno… rara para mí, straigh recalcitrante,  convicto y confeso que a pesar de mi tolerancia y de mis muchas amistades gay, no me parece justo haber estado cuidando por tantos años la vitrina, para que a estas alturas del  partido, me vengan a romper la losa china…

Brando me invitó a fumar un Marlboro en la terraza y lo acompañé gustoso pero sacando del bolsillo de mi humilde Stafford una cajetilla de More -absurdamente guardada de la fiesta de fin de año pasado- en la cual quedaba un solo par de cigarrillos que evidenciaban mi escasa afición por el humo…

Acabadas las hojas de hierbabuena (mint), los mojitos se convirtieron en caipiroskas caipirinha al vodka a falta de cachaza– amablemente surtidas por Brando, quien no dejaba de prodigarme atenciones, como encenderme el cigarrillo o acomodarme la silla… Mi cajetilla vacía y arrugada sobre el cenicero de cristal Murano hizo que Brando me invitara uno de sus Marlboros . Mi negativa originada por el hastío –no soy gran fumador- hizo que Brando mandara insistentemente a un muchacho a comprar una cajetilla de More pensando que sólo fumaba de los míos. Este último gesto de excesiva amabilidad fue como un golpe bajo a mi testosterona que hizo que instintivamente pegue mi trasero contra la pared… Yo la estaba pasando re-bien, en medio de una charla excelente y atendido como una celebridad, pero desde ese momento empecé a sentirme raro, como una hembrita, ¡Toda una lady!

Brando me hablaba de su nuevo  Corvette, me enseñaba sus zapatos Ungaro y su camisa Cacharel, invitándome a su pent-house en Brickell Avenue, donde me anunciaba tener cantidades de ropa fina, zapatos y accesorios metrosexuales que ponía a mi disposición sin compromiso… Cuando le expliqué que la calle estaba dura y que no estaba en condiciones de adquirir nada que no vendieran en Walmart, me miró con ojos ensoñadores, me tomó del antebrazo con su manaza de orangután  manicurado y me dijo que no me preocupara, que no pensaba cobrarme… Un sudor frío recorrió mi columna vertebral y al pasar las fronteras del sacro ilíaco empezó a gotear en un íntimo lugar obscuro, que por acto reflejo se cerró de golpe con tal violencia, que pensé que ese asterisco no se volvería a abrir el resto de mi vida… ni con aceite de ricino…

Me quedé helado, perturbado… No sabía qué hacer…  Por un lado me daba pena de que se acabara tan interesante amistad, acabada de nacer por generación espontánea… Por otra, no sabía qué decirle, cómo parar la vaina, pues Brando había sido todo un caballero y no estaba seguro de que todo no fuera más que una equivocación, un exceso de celo machista barrioaltino…

Decidí pararme –por las dudas- y me percaté de que yo tenía las piernas cruzadas, juntas y con las rodillas apuntando hacia un lado, en vez de mi clásica cruzada vaquera en forma de cuatro. Me paré con dificultad, como si tuviera una minifalda demasiado corta… “I need to go to the restroom” dije (con voz de mezzo-soprano por el “gallo”) y por poco aumento  “a empolvarme la nariz”, ¡puta madre! , nunca me sentí tan extraño, no me reconocía…

Al pasar por el pasillo, tomé a Leyla de la mano y la llevé conmigo al baño. Le inquirí sobre Brando y sus “costumbres”. Me contó riendo que no lo conocía mucho pero que la gente decía que estuvo mucho tiempo en la cárcel y que le gustaban los hombres, que era un sodomita redomado…

Me despedí de Leyla con un beso francés en la boca y lo hice durar un minuto eterno. Leyla estaba desconcertada y yo como si el alma me volviera al cuerpo… Le agradecí con una palmada en las nalgas mientras me escapaba por el jardín hacia la Sunset Drive. Encontré mi viejo Volvo, lo prendí en menos de lo que se persigna un cura loco y enfilé raudo hacia la 826 Palmetto Norte…. ¡No vaya a ser que me convenza el negro de mierda! … “Vuoooooay por la vereda trororopicaaaal”

GinoNzski.

© 2011 – 2014, Ginonzski. All rights reserved.

Compartir
Artículo anteriorI.
Artículo siguientePalabras de Rodrigo Fresán
Gino Winter (a) "Ginonzski": Nació en los Barrios Altos, Lima-Perú, de padre suizo-anglosajón y madre ítalo-peruana. Estudió Ingeniería Industrial en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Fue comando-paracaidista de la Fuerza Aérea, gerente de negocios y de riesgos en un gran grupo financiero y finalmente trabajador ilegal en varias ciudades de USA. Desde hace algunos años funge como escribidor. Crónicas Ilegales es una columna de humor negro que cuenta las experiencias tragicómicas de un inmigrante ilegal en su lucha por sobrevivir en diferentes ciudades norteamericanas, especialmente en Miami.