Rodrigo de la Luz, pintor, escultor, poeta y escritor, nace en Villa Clara, Cuba, en 1969. En los últimos años su obra artística ha sido exhibida en distintas galerías de Miami, y sus poemas publicados en antologías y libros por la editorial Ultra mar. Además, el artista ha escrito un libro de cuentos —aún inédito— que planea publicar dentro de poco. Rodrigo nos recibió en su estudio de Miami para conversar acerca de su trabajo, de su obra, de sus proyectos y de nuestra ciudad. Mio mundo, Mi poesía viva y Mujer de invierno son algunos de sus títulos.

El estudio de Rodrigo es un lugar pequeño y acogedor, con mucho de su obra en proceso de creación y otro tanto terminada a la espera de su siguiente exhibición. Me recibe con una sonrisa y empieza a contarme la historia de cada una de sus cajas o “teatrinos”, que elabora con material reciclado. Me cuenta que alrededor del año 1500 estos teatrinos eran de papel, y que fueron una fuente de inspiración para él. Los vio por primera vez en el MOMA, y a partir de entonces supo que los podía hacer más solidos y fuertes utilizando los desechos que botara la ciudad. Algunos están elaborados con pomos, balines, llaves, dedales, tornillos, dados, la esfera de un reloj, candados… Es interesante ver cómo cada elemento simboliza algo distinto. “El arte reciclado”, es como les dice.

(Después de esa breve introducción, Rodrigo me habla de las editoriales, la cultura y las oportunidades):

Seguimos insertados en una cultura que no es la nuestra, y aunque nos hemos apoderado de muchos espacios, el inglés es lo que manda. Por ejemplo, las grandes editoriales pueden publicar a un poeta, novelista o escritor de cuentos mediocres en su idioma original —el inglés—, pero no en español. Casi todos los escritores de español tienen que pagar para que les publiquen su obra, y los pocos que no necesitan hacerlo no reciben nada a cambio de su trabajo. El inglés sigue siendo el idioma de las oportunidades en este país. Es por eso que en estos últimos tiempos me he enfrascado en traducir mi obra para que aparezca en inglés.

(De hecho, su libro La ciudad de la unidad posible ya ha sido traducido y publicado).

¿Por qué crees que los autores como tú escriben su obra siempre mirando hacia la isla o hacia su país de origen?

En mis tres libros de poesía hay un segmento dedicado a Cuba, pero también hay otros donde me despojo totalmente de esa intención y ni siquiera nombro a Cuba. Hay segmentos, como “Canto mustio”, que tampoco tienen nada que ver con Cuba, pero donde aparece un sentimiento existencialista. Sin embargo, creo que, si eres un buen poeta, no deberías dejar de lado la poesía cívica, que a través de los tiempos siempre caracterizó a los grandes poetas que le cantaron a su patria.

¿Cómo describirías tu poesía?

A mí me interesó mucho desde el principio escribir una poesía sencilla y sincera, porque los lectores de poesía se quejan de que los poetas de hoy no tienen imágenes. Es decir, son poetas que construyen rompecabezas que no te llevan a ninguna parte, porque no te dan tiempo a conformar una imagen o un sentimiento. Hay algo que te agrada en ellos, pero te quedas con una sensación de vacío. No están creando: están hilvanando ideas de lo que han leído.

Tú ya tienes quince años viviendo en los EEUU. ¿De alguna manera la ciudad de Miami te inspira? ¿Te sientes conectado con sus espacios y sus imágenes?

He empezado a entenderla. En materia de artes plásticas, estoy haciendo una obra que defino como pop naif. Sin duda tengo elementos de mis raíces y de la religión yoruba, pero también hay algo novedoso, pues me retroalimento de la cultura pop que está presente. Me doy cuenta de que mi obra ha sufrido una transformación que ya no expresa lo que expresaría un pintor de la isla que no haya salido nunca de allí. Eso en cuanto a las artes plásticas. En lo que se refiere a la literatura, cuando salí de la isla escribía poemas muy inocentes y nobles, pero si lees mis poemas de hoy verás que ya no soy el poeta inocente que solía ser, que no conocía nada.

Después de conversar con Rodrigo me quedé pensando que, a pesar de que su obra ha evolucionado durante estos quince años que vive en Miami, él nunca ha llegado a romper el cordón que lo une a sus raíces: al igual que sus compatriotas del exilio, tiene tatuada en el alma a la isla y a todo lo que ella representa. No importa que pasen tres meses, tres años, o tres décadas, sus recuerdos estarán irremediablemente impregnados por el olor del mar del malecón de La Habana. Me pregunto si a todos nos pasa lo mismo. 

© 2012, Augusta Cornejo. All rights reserved.

Compartir
Artículo anteriorAeropuertos
Artículo siguienteLos días más felices
Soy peruana y limeña de nacimiento. Cómo todo inmigrante, llegué a Miami hace 11 años con la finalidad de terminar mi carrera. El trabajo duro y la suerte me acompañaron y ahora tengo una maestría en literatura en la Florida International University y estoy cursando una segunda maestría en ciencias políticas en la Universidad Complutense de Madrid. Además. he publicado algunos artículos en revistas de corte académico. Sígueme en Twitter: @augustacornejo