Miami. Sábado 11 am. Memorial Weekend. Mezcla de un primer saboreo de vacaciones próximas, sudorosos hip hop, autopistas abarrotadas, playas sin una pulgada de espacio para recibir a más gente, un vago recuerdo de los soldados que dieron la vida por este país y tres días para no hacer nada. O todo. Vaya a saber qué se le cruzará a uno por la mente.

Acordamos encontrarnos a desayunar con Eduardo Pardo, autor y director de Tres Pestañeos, la obra de teatro que estrenará en junio en el Centro Cultural Español en Miami dentro del ciclo Microteatro.

Llegó a su propio horario venezolano, con una camisa a cuadros negra y gris que le quedaba fantástica. Con Eduardo vino Gala, su hija. Cada día está más bella. Ojos adolescentes que todo lo ven y todo lo comprenden. Es que la niña tiene a quién salir.

Nos sentamos a desayunar. Él pidió un café latte. Refunfuñó un poco porque no había queso grillado en el menú. Por suerte, el mozo le sugirió unos huevos con queso cheddar, y eso le devolvió la sonrisa.

Eduardo Pardo es escritor, guionista, director de televisión, de teatro, de cine. Actor. Pero por sobre todo, y por todo eso, es amante de las historias al límite, intensas, viscerales, relatos que desnudan al personaje y hacen que el espectador se rinda ante la realidad. Le puso azúcar al café y empezó nuestra charla.

¿De dónde sale tu amor por el arte? Porque es general. No es que seas de cine o de televisión o de teatro…

Mi mamá pintaba, pintaba muy bien. Nunca se lo tomó como algo serio, pero yo creo que sembró la semillita en mí. Cuando yo tenía unos ocho o nueve años, estaba jugando pelota en la calle y un compañero me dijo: “Acompáñame”. “¿Dónde?” “¡Acompáñame!”. Y era que él tenía un ensayo de teatro, y para mí era pegarme un tiro en la cabeza dejar de jugar pelota para ir a meterme ahí. Pero me llevó al ensayo y me pidieron que subiera al escenario, porque había faltado alguien. Yo no quería. Me pidieron que subiera para que leyera una parte… y aquí estoy. Eso me llevó a actuar la obra, protagonizar la siguiente, me llevó a que me llamaran de Radio Caracas para que actuara las telenovelas y hasta ahí duró mi carrera actoral. Mi familia inmediatamente dijo: “Se acabó”. Después me dediqué a la música: fui baterista, me aceptaron en el conservatorio. Y otra vez mis padres: “¡No! Los músicos se mueren de hambre! Los actores también!”.

¿Qué les hubiera gustado a tus padres que fueras?

Mi papá tenía otra concepción, la clásica: sé médico, sé arquitecto, sé abogado, y sí, era propio de la época. De hecho yo estudié Arquitectura antes que Comunicaciones. Y por la arquitectura regresé al teatro, porque unos amigos de la Católica me piden una maqueta para una obra de teatro para la Universidad. Me acuerdo que era Pirandello: Seis personajes en busca de autor, y yo hago una concepción escénica, una maqueta con luces, y los tipos fascinados. Después la montan en la Universidad y me llaman para que actúe de escenógrafo…

Y otra vez te vuelve a llamar al teatro…

Y otra vez me vuelve a llamar, y ahí sí, ahí me quedé. Creé un grupo de teatro. Estudié con Rajatablas, me formé como director, me formé en escenografía, me formé en iluminación, y después de todo esto entré a la Escuela de Comunicaciones. Ya estudiaba televisión.

Aprovecho su verborragia para observarlo con atención. Eduardo es una buena mezcla de simpatía caraqueña por derecho propio, metodismo chino por parte de madre (sí, su abuelo materno era chino) criollo por su abuela mestiza, determinación española por parte de su padre, una sonrisa absolutamente cotidiana, una risa contagiosa y el abrazo siempre listo. Siento que lo conozco desde siempre. Hinca el diente en sus huevos revueltos —parece que le gustaron con el queso cheddar— y sigue.

Yo creo que mi destino con el teatro era inevitable, y tuve la gran fortuna de ser parte de un movimiento en Venezuela como Rajatablas, que me permitió estar en talleres con la gente del Piccolo de Milán, con la gente del teatro Noh, del teatro Kabuki. ¿Sabes? Tienes una escuela de… que sé yo, ocho o nueve tendencias teatrales distintas, caminos distintos de formación actoral, concepciones diferentes, y pasas la vida experimentando un poco entre una cosa y la otra…

Sus historias, tan visualmente descriptivas, son casi hipnóticas. En esos años dorados de su Caracas, Eduardo Pardo escribía libros, obras de teatro, ejercía como periodista, trabajaba en la televisión, en teatro, era “superochero”. Llegó a Miami en 1994: se despidió teatralmente de su país en 1992 con 1300 personas en escena en la apertura del Primer Festival de Teatro Juvenil y Danza de Venezuela. Gala sigue atentamente la charla y de vez en cuando asiente con admiración, como si hubiera formado parte de esa historia, quizás por haberla escuchado tantas veces de boca de su padre. El mozo trajo más café para Eduardo y otro capuccino para mí.

¿Qué significa para ti el desafío de Tres Pestañeos? ¿Cómo es escribir una obra para quince minutos?

Cuando hicieron el primer Microteatro en el Centro Cultural Español, en esos containers, fui a verlo. Soy muy dado a ver todo que me deje algo, pero yo venía dándome golpes con Miami y la teatralidad de Miami durante varios años. Quise ver qué pasaba con este Microteatro y fui. La verdad es que vi todas las obras: las nueve piezas. Las vi varias veces, fui a ver a la gente, al público. Mi visión se divide: lo que está pasando en la escena y lo que está pasando en la gente. Y me parecía tan interesante que la gente estuviera allí, que tuviera al actor tan cerca, a milímetros. Eso me gustó. Me di cuenta de qué era lo que pasaba en la dramaturgia en quince minutos; yo nunca había hecho una pieza breve. Después de ver todo, dije: “¡Ah! yo no he hecho esto, es teatro, es un experimento y hay suficiente tiempo para dejar contundencia”. La verdad es que la teatralidad como la imagen, cualquier cosa relacionada con la imagen, abolió el tiempo: un microsegundo puede dejar plasmado algo. Y una tarde escribí Tres Pestañeos.

¿Y salió así? ¿O eres de los escritores que se sienta y arma la obra y piensa y da vueltas…

No. Yo vivo hoy, ahorita, siempre, todo. La escribí entera, sin pausa. Después viene el otro proceso con el actor. Cada ensayo es un hoy. Yo ensayo con mi computadora abierta y escucho a mis actores, y si siento que están incómodos con algo, juego con la frase y se la acomodo. Visto al actor con mi texto. Yo creo que hay una dramaturgia que se va transformando, que genera la dramaturgia per se, la que aporta el director, y luego viene la dramaturgia del actor. Es un proceso creativo, solo que el primero establece por donde vamos todos.

¿Cómo se suma Adriana Barraza a Tres Pestañeos?

Adriana es jurado de los contenidos de Microteatro y coincidimos en Nueva York en el upfront de la programación de Vme. Le pregunté si había leído la obra y me dijo que no, que quizás no se la habían enviado todavía o se le habían mandado y no había tenido tiempo de leerla. Así que el penúltimo día en Nueva York le envié Tres Pestañeos vía mail. Ese último día no nos vimos: anduve de aquí para allá, y cuando llego al hotel para montarme en el carro e irme al aeropuerto, me encuentro a Adriana Barraza con una cara de trasnoche (porque también estaba preparando su vuelo a Argentina) y me dice: “Leí la obra, se la envié a mi esposo, la leímos los dos… ¿Tú crees que nosotros podamos hacer tu obra?”. Me pareció tan hermoso. Aunque hasta ahí el romance está bien, porque ella regresa el 1 de junio de Argentina, ¡y estrenamos el 7! Tenemos cinco días para montar la obra. Es un reto muy grande, porque son dos personajes cuyo planteamiento escénico no les aporta nada: no hay gestos, no hay movimientos. Todo es proceso interior.

Si tuvieras que vender tu obra para que el público se acerque al CCE y la vea, ¿qué les dirías?

Que vayan a experimentar teatro, pues lo que vamos a hacer es teatro. Tiene todo el respeto del teatro por la audiencia, por el actor, por cómo se dice, por lo que se dice. Pero yo creo que mientras más “desnudos” vayan, mejor. Si el público me pregunta cómo debe ir vestido, yo le diría “de humanidad”. Porque la convocatoria del Festival es sobre el futuro y el personaje de Tres Pestañeos no tiene futuro. Su futuro es no tener futuro. Mi misión es que el texto no exista, que sea tan obvio que se transforme en realidad. No hay nada más profundo que cuando tenemos los sentimientos a flor de piel. La historia ya tiene los ingredientes; ahora viene el trabajo con Adriana Barraza y Arnaldo Pipke. Y ese es nuestro desafío.

Nos despedimos. Gala y Eduardo iban a dedicar parte del día a buscar vestuario para Tres Pestañeos y después a disfrutar del fin de semana en plan padre-hija. El clima se puso caluroso y húmedo; es inevitable en esta época del año. Sobre todo cuando es Memorial Weekend y el hip hop suena en cada esquina.

© 2012, Gabriela Guimarey. All rights reserved.

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Gabriela Guimarey nació en Buenos Aires. Fue presentadora y locutora de radio en su país, hasta que se mudó a Estados Unidos en el 2001. A partir de ese momento cambió su ángulo de observación y se transformó en Productora de Contenido y guionista para Promofilm US, Plural Entertainment, Zodiak Latino, Endemol, Telemundo, Cinemat y Univisión. Pinta cuadros, piedras de río y las paredes de su casa, es Reiki Master y especialista en Té. Escribe desde siempre. Tiene 2 hijos que adora, dos gatos, un árbol de mango, otro de aguacate, toca la guitarra cuando tiene ganas, espera algún día tomar clases de piano y bajar los 5 kilos que dice que le sobran. Milán Kundera, Arturo Perez Reverte, José Saramago, Raymond Carver, Rosa Montero, Claudia Piñeiro, Marcela Serrano son algunos de los autores con más libros en su biblioteca. Colecciona vinilos de Carole King, Miles Davis, Crosby Still Nash and Young, Carpenters, Joni Mitchell, The Who y Kendrik Lamar.