Fernando Olszanski

Ella quiere comunicarse. Se le nota en cada clase la frustración que tiene por no poder hablar bien el idioma. Pero ella trata, como todos aquí en este recinto comunal. Todos tratando de abrirse camino en un nuevo país. Algunos con papeles, otros sin ellos.

Svetlana es de Ucrania, tiene bastante desventaja con respecto a nosotros los latinos. Tenemos nuestros propios negocios en nuestra lengua, nuestras radios y televisión. Hasta el nombre de nuestro barrio se ha adaptado al español. Pero para ella es el doble de dificil. Su lengua no esta muy difundida, encima el marido no habla el mismo idioma. Los gringos todavía tienen algo de recelo por los que hablan ruso.

Yo me siento una fila detrás de ella y a la derecha. Veo su progreso desde atrás, siempre en diagonal, siempre mirando aquel perfil de mujer de carácter fuerte. Carácter fuerte y dulce a la vez. Cuando ríe, se muestra distendida, como si no tuviera ninguna preocupación por el idioma, o por los que estamos alrededor. Ella es rubia, muy rubia, sus ojos de un azul muy profundo. Su piel es muy blanca y con algunas pecas cerca de la nariz; en algunos rincones, la vida difícil le ha dejado marcas. Creo que tiene casi cuarenta años, igual no se le notan, le sobra energía, derrocha ganas en todo lo que hace. Diría que es una mujer madura, no en el sentido físico sino en la precisión de alguien que ha vivido y aprendido a sobreponerse a las circunstancias. El haber dejado su país y cultura para casarse con alguien que no habla su lengua, lo demuestra con creces.

Hoy en Svetlana hay algo de tristeza. Fui el único que lo notó. Yo siempre noto lo que le pasa. No dejo de mirarla nunca. Ella es como un termómetro para mí. Si ella está bien, yo estoy bien, si está mal, me pongo mal. Una amiga en común me dijo que tiene problemas con el marido. Es fácil imaginarse por qué.

No conozco al esposo de Svetlana. Tampoco me interesa. Pero al afectar la vida de ella afecta la mía también. Entiendo lo que ella sufre, como no entenderlo si lo vivo desde tan cerca. Yo también necesité un intérprete para comunicarme con la que iba a ser mi esposa.

Una de las cosas que me fascina de Chicago es la cantidad de información que uno recibe por la calle. Miles de panfletos pegados en las paredes, centenares de revistas gratuitas que apestan los negocios, docenas de diarios y periódicos regalando noticias que a nadie le interesan. Y eso me fascina. Se aprende mucho de ellos. Uno aprende y comprende, si mantiene la mente abierta y receptiva. En uno de esos pasquines vi un catálogo de caras de mujeres, todas tenían nombres raros, una se llamaba Svetlana. Todas las fotografías eran acompañadas por una descripción. Lo que sabían hacer, lo que habían estudiado o lo que esperaban del futuro. Todas las tonterías que interesarían a un supuesto marido americano. Para conseguirse una esposa, rubia, alta y bonita, tan sólo se debía pagar unos cuantos miles que, por supuesto, incluían el pasaje de avión. Pensé en Svetlana, no en la de la foto, sino en la de mi clase. Retuve su imagen y respiré profundo. El catálogo fue a parar a un cesto de basura. De repente, el aire se había vuelto frío, algo turbio.

Llegué tarde a la clase, a nadie le importó demasiado, ni siquiera a la profesora. El asiento me esperaba como de costumbre, hice los saludos de cortesía y miré en diagonal. Svetlana estaba espléndida. Sonreía. Su sonrisa me alegró la jornada.

Uno de los primeros días de mi llegada a Estados Unidos, alguien me dijo que la mejor manera de conseguir papeles, era casarse con una americana. No tardé en conectarme con alguien que, previo pago de dos mil dólares y la promesa de pasar una mensualidad, se casaría sin problemas. En aquella época, no hablaba inglés, no es que ahora lo haga, pero al menos he mejorado bastante. Gracias a eso tengo permiso para trabajar y los papeles de residencia llegarán pronto. No me quejo, no es mala persona mi esposa. Pero ambos tenemos claro que al llegarme el permiso permanente, cada uno seguirá con su camino. Todavía queda un tiempo largo para eso.

Svetlana quiere comunicarse. La verdad, yo también. Hoy me senté a su lado, hablamos mucho. Algunas tonterías y otras cosas interesantes. Después de mucho tiempo, veo en sus ojos un brillo distinto cuando me habla. Tal vez  sólo sea el reflejo de mis ojos en los suyos. Creo que no puedo ocultar lo que siento. Creo que ella se ha dado cuenta. Es mejor así. Ella sonríe. No conozco un mejor medio de comunicación.

© 2013 – 2014, Fernando Olszanski. All rights reserved.

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Escritor, actor y fotógrafo, nacido en Buenos Aires, Argentina. Cursó estudios de Ingeniería Química en la Universidad de Buenos Aires. Residió alternativamente en Ecuador y Estados Unidos, donde coordinó talleres literarios. Sus trabajos han sido editados en países de Latinoamérica, Europa y Estados Unidos. Es autor de la novela Rezos de marihuana (2001), el poemario Parte del polvo (2001), y su último libro de cuentos El orden natural de la cosas (2010), ha sido galardonado con el Premio del International Latino Book Award en Nueva York. Ha colaborado con diversas publicaciones en internet, como The Barcelona ReviewVoces, El arco de la RosaEl gato de HankLita PorterMundo poesíaEl bolígrafo, Razón, Crónica Literaria, Palabra, Espéculo, y otras más. Como fotógrafo, ha participado en muestras parciales en Chicago, Argentina y Japón. Estudió teatro con Myriam Wigutov. Actualmente, reside en Niigata, Japón, donde realiza un estudio fotográfico sobre Asia, trabaja en su próxima novela y enseña la lengua española. Fue director editorial de la Revista Contratiempo y actualmente dirige la revista Consenso, de la Northeastern Illinois University. Reside en Chicago, Estados Unidos. Junto a José Castro Urioste, ha editado la Antología de Narrativa en Español en Estados Unidos América Nuestra (2011).  
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