El mundo sabe que el reino más reino, el Reino más Unido de toda Europa, ahora nos deja, nos abandona. Nos pide el divorcio. Se baja del carro, para bien o para mal. Europa se queda sin su reina más reina y sin príncipe heredero. Eso ya lo han contado los periódicos. Pero hay otras historias de reyes crepusculares, aquellos que, desde que nacen, se sabe que un día u otro se van a desvanecer, también para bien o para mal.

Los reyes, es bien sabido, son reyes porque nacen reyes. Porque sus padres nacieron reyes. Sus abuelos nacieron reyes. Y, si seguimos remontándonos al pasado, se supone que ese origen regio se encuentra en la voluntad de, nada más y nada menos, Dios. Si Dios es quien lo ha dicho, ahí lo tienes: legitimidad para gobernar toda tu vida y para que tu familia gobierne durante toda la Historia.

Encontramos así a Sigmund Klumt, austriaco, Rey del Acordeón. Heredero por línea directa de una familia de acordeonistas cuyo origen se cree que coincide con la invención de dicho instrumento. Para demostrarlo, el primogénito de la familia Klumt hereda unos pololos comidos por la polilla, una vetusta acordeón que casi ni suena y un terrible sobrepeso que se responsabiliza de mantener a base de chocolate y salchichas. Eso heredó Sigmund, hijo único. Eso pensaba Sigmund que dejaría en herencia a sus hijos. Sin embargo, a los veinte años de edad los fans de una banda de heavy metal arrojaron a Sigmund y a su acordeón (aquella con la que tocaba, no la pieza de museo que le legó su padre) a las aguas de un helado lago glaciar. Lo hicieron porque les pareció chistoso. Pero Sigmund sufrió un shock al entrar en contacto con el líquido helado y murió de un paro cardíaco. Los fuelles de su instrumento expulsaron gran cantidad de agua: hubo quien dijo que eran lágrimas por el final de la familia Klumt. Un reinado que se desvanece.

En España es destacable el caso de Antonio Paredes, el Rey del Bacalao, con su negocio sito en la calle Hermosilla del madrileño barrio de Salamanca. ‘No se confunda’, decía el rótulo de entrada a su establecimiento, ‘el auténtico rey del bacalao’, continuaba el rótulo. Al igual que Sigmund, Antonio legitimaba su reinado en una insondable estirpe de pescadores, saladores y vendedores de bacalao. El olor del pez se había ya perpetuado en su piel. O, más bien, se había perpetuado antes en la piel de sus antepasados: había resultado tantas veces reabsorbido que se había insertado en sus genes y se transmitía de generación en generación. Al nacer, los niños Paredes olían a pescado seco.

La industria del  congelado proliferó en proporción directa a la tristeza de los Paredes. Ya su padre, primogénito de siete hermanos (sobrevivieron cuatro), tuvo solo dos hijos (sobrevivió uno, Antonio). Nuestro rey heredero, invadido por la melancolía, las lágrimas secas por la salazón, el ánimo consumido por conversaciones indiscretas con todas las vecinas del barrio, no tuvo descendientes. Murió de una deshidratación el pasado quince de noviembre.

Pero si hay una historia triste que narra el fin de un reinado, esta es la de Marion Rochelle. La reina del cabaret, que hace poco nos dejó, en su Francia Natal. Legitimada esta también, por supuesto, por un egregio árbol genealógico compuesto por bailarinas, damas de compañía y meretrices curtidas en las profundidades más oscuras del dormitorio. Se dan dos circunstancias especiales en este caso, referidas a la línea sucesoria: primero, que las herederas directas son mujeres; segunda, que por la naturaleza de la profesión, ninguna de ellas eran hijas legítimas. Legitimación en la ilegitimidad, cosa hermosa.

La madre de Marion fue la hija no reconocida de un pintor reconocido. La abuela, hija bastarda de un aeronáutico que inventó algún tipo de rotor que nadie ya recuerda. La bisabuela a punto estuvo de romper la costumbre: su padre, un muchacho romántico, miembro de la alta burguesía, quiso desposar a su madre y fundar un hogar; pero la familia de este prefirió ingresarlo en un frenopático antes de que se hiciera público el escándalo. Una antepasada de Marion, incluso, aunque esto ella no lo sabe, nació de un noble con posibilidades de acceder a la corona española. Así que, si la justicia hubiera imperado, Marion ostentaría ahora el decimoséptimo puesto para sentarse en el trono de España.

Marion, sin embargo, fue víctima del desencanto y de una generación de jóvenes rebeldes, poco dispuestos a seguir las tradiciones familiares porque sí. Por llevar la contraria, Marion quiso estudiar Derecho, para escándalo de su madre. Pero pronto descubrió que ese capricho no era más que fruto de las ganas de herir a su progenitora, que no le gustaban las leyes, y que tenía demasiado talento para la carne como para dedicarse a otra cosa (gracias a generaciones y generaciones de genes perfeccionados). Sin embargo, la vocación de disgustar a su madre no se extinguía de ningún modo. Así que decidió superarla en su propio campo.

Empezó a hacer carrera en el sexo acrobático. El espectáculo se hizo famoso por la dificultad de sus retos. Comenzó con los calabacines: tremendos calabacines que fueron aumentando en tamaño con el paso de las semanas, a la vez que aumentaba también el entusiasmo del público. Pronto se envalentonó y decidió intentarlo  con instrumentos más difíciles: rodamientos, cadenas, mazas medievales que tomaba prestadas en el museo de la Grande Armee. Sus años de gloria.

Marion se aburrió y su madre se acostumbró a ser peor profesional que su hija. Pero ella quiso darle una última lección. Quiso ser la primera de su estirpe en dar a luz a un hijo legítimo. Los tiempos habían cambiado, ahora la prostitución se toleraba e incluso determinadas actrices pornográficas gozaban de una reputación de divas de la ópera. Sí: eso sería el golpe final al orgullo de la madre de Marion. Contrajo matrimonio con un futbolista que no se había perdido ni uno sólo de los espectáculos de la coreógrafa vaginal en los últimos meses. Eran felices.

Cuando el ginecólogo le dijo que su útero estaba destrozado por sus prácticas laborales, que no podría tener hijos nunca, Marion no lo soportó. Se arrojó al Sena una noche, firmando una muerte que para sí habrían querido algunos de sus antepasados varones, más enamoradizos y más románticos.

Legitimar la desaparición de un reinado siempre es mucho más sencillo que legitimar su existencia.

© 2011, Paco Bescós. All rights reserved.

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El huso horario Greenwich Mean Time (GMT) fija que, aquí en Europa, las cosas pasan unas cinco horas antes que en América. Así que vi la luz cinco horas antes que un americano nacido el 21 de enero de 1979. Me licencié cinco horas antes en la Universidad de Navarra y tengo cinco horas más de experiencia en mi profesión, la publicidad, que mis colegas americanos. También soy cinco horas más viejo, cinco horas más listo y moriré con cinco horas de antelación. Como nada de esto es cierto ni inteligente, nada de lo que escriba sobre Europa en esta sección será inteligente ni cierto. Pero lo haré cinco horas antes que mis compañeros.