payasitoNo es que el mundo lo sepa, pero no le costará demasiado esfuerzo aceptar la idea de que el verdadero e indiscutible opio del pueblo es el opio. Desmadeje, astuto lector, la metáfora. Bien: en este espectacular ejercicio de interconexión intelectual se encuentra sumido Rage, al cual habíamos dejado al borde de la congelación el invierno pasado, conversando con un árbol en su camino a Siberia. Olviden esa historia: es agua pasada y, como tal, contrarrevolucionaria.

De períodos vitales menos comprometidos con la lucha por los oprimidos de la Tierra, Rage recuerda que el opiáceo comienza practicándose por diversión. Oh, sí, diversión. La droga narcotizante, idiotizante, resulta, ante todo, desaburriente. De pronto, extrapola que te extrapola, a Rage se le ocurre esto: que todos los males que oprimen a todas las personas del mundo son motivados, en mayor o menor medida, por aburrimiento.

Rage tira de la punta del hilo, el opio: la materialización del alma en clorhidrato de morfina (entendiendo por alma la única parte del alma que se deja ver: el comportamiento), el alcaloide que penetra en los mismos receptores cerebrales que la risa, el placer sexual, la estimulación de las papilas gustativas mediante cocidos madrileños… Rage extrapola y extrapola y extrapola (qué palabras más feas nos obliga a utilizar este muchacho). Y empieza a sospechar que todas las diversiones del mundo funcionan de la misma forma; y que todas acaban por tener el mismo indeseable resultado: su práctica genera opresión en seres humanos inocentes.

Oh, sí, se dice Rage, ¿cuál es, si no, la razón principal del consumo bestialista que acontece? El aburrimiento. ¿Acaso el comprar no produce una segregación de endorfinas que sumen al consumidor en el narcotismo? ¿Acaso al comprar (comprar cuanto más mejor, y cuanto más barato más se compra) no ignora uno, con la conciencia social embriagada, la explotación a la que se somete al trabajador que bla bla bla…?

Es ese el primer razonamiento que cruza la mente de Rage. Pero, afortunadamente, los lectores habituales de estas anticrónicas ya conocen a nuestro querido personaje. Todos sabemos que Rage puede hacerlo mucho mejor.

Exijámosle:

 Dice Rage que el entretenimiento en internet es opresivo porque los conocimientos informáticos (él lo llama Sofismo 2.0) sustituyen a la fuerza y a la retórica, con menos dolor, pero igual intención subyugadora. Dice Rage que la diversión en los bares es opresiva porque resulta imposible separarla de su intención sexual y segrega a los parroquianos feos de los guapos. Dice Rage que la tele… es una puta mierda. Dice Rage que leer libros es opresivo porque nadie los entiende de la misma manera y son los libros, oh, sí, los tan bienintencionados y sobrevalorados libros, los que se encargan de desigualar a aquellos que acaso hubieran nacido en igualdad de condiciones. Dice Rage que los juegos malabares son opresivos porque quien los ejecuta con mayor éxito no puede evitar desear el aplauso por encima de aquellos más patosos, cayendo en la práctica antirrevolucionaria del orgullo y cavando una vez más una zanja infranqueable entre ciudadanos. Dice Rage que los videojuegos son opresivos porque incluyen el propósito de ganar desde su mismísima concepción y, cuando uno gana, hay otro que pierde, aunque se trate de un ser virtual, como Koopa o Donkey Kong o Dr. Robotnik o Carmen Sandiego, que nos entrene en la inmoralidad de ganar a un perdedor. Dice Rage que los deportes tienen un poco de todo lo anterior y algunas cosas más y que el sudor y los pantalones cortos son igualmente opresivos por razones que no se esmera en explicar.

¡Bravo, Rage! ¡Sabíamos que podías hacerlo mejor!

Una vez delimitado el ethos, Rage se enfrenta a la estrategia. En un principio, los pasatiempos basados en oficios tradicionales parecen tolerables. Se hace con un torno de alfarero y un tonel lleno de agua fangosa en la que hay sumergidos cien kilos de arcilla. Rage emplea una primera mañana en remover el contenido. Escurre la arcilla, la amasa, la extiende, la corta con un cuchillo, la modela… Al final de la tarde, expone ante sí un disco de cerámica que ha adquirido la hermosa apariencia del rostro de un payasito triste. Durante la madrugada, se emplea duramente en pintarlo: la cara blanca, la boca roja, el pelo azul, una lágrima plateada en la mejilla… Tal y como uno esperaría que fuera un payasito triste, sin creatividad ni genialidades que conviertan a Rage en el involuntario opresor de cualquier soso y prosaico ciudadano que no imaginara un payasito triste más allá de lo que todo el mundo piensa que debería ser un payasito triste (¿Pelo a lunares? Oh, no, qué disparate, ¿a quién se le iba a ocurrir? A mí y a nadie más; pues eso, si a nadie más, a mí tampoco: a nadie y punto. Igualdad ante todo, piensa Rage).

El payasito triste sale del horno de cocción, Rage lo deposita en una estantería y recomienza la tarea. Cuando termina la semana y la estantería ya nota el peso de la excesiva afluencia de payasitos tristes, Rage piensa que ha cumplido su objetivo: manufacturar payasitos tristes es un auténtico coñazo.

Pasa un mes de payasitos tristes. Pasan dos meses de payasitos tristes. En el apartamento ocupado de Rage no cabe un solo payasito triste con cara blanca, boca roja, pelo azul y lágrima plateada en la mejilla más.

Una tarde suena el timbre. Rage trata de ignorarlo, pero la insistencia de quien pulsa el botón le desconcentra demasiado. Al abrir la puerta, encuentra a una sonriente mujer, pequeña y rechoncha, vestida de verde esperanza.

–¿Sabe que usted está de suerte pues la Buena Nueva ha venido a salvarle? –dice la mujer sin saludar, despidiendo una fresca aroma a lavanda.

–¿Qué? –pregunta Rage con las manos y el rostro manchado de pintura roja.

–¿Sabe que usted está de suerte…? ¡Oh! ¡Qué maravilla! ¡Qué payasitos tristes más lindos!

No hay duda de que, a la espalda de Rage, se acumula una gran cantidad de lindos payasitos tristes, así como envoltorios vacíos de mortadela y pan de molde.

–Eh, sí…

–Debería usted apuntarse a nuestro club de cerámica. Hacemos payasitos tristes todas las semanas.

Es como si todos los payasitos tristes soltasen un soplido helador en la mismísima nuca de Rage. Como si ese soplido penetrase la epidermis y se volcase en el sistema nervioso. Como si la médula espinal transmitiese una titilante desazón que alcanzase cada extremidad de Rage, privándola de fortaleza.

–¿Cómo? ¿Se divierten ustedes con payasitos tristes?

–Claro. ¡Moldear payasitos tristes es lo mejooooor del mundo! Y luego vamos al rastro a venderlos.

Rage cierra la puerta contra la sonrisa de la mujer. Primero camina en círculos en el poco espacio que le deja el salón, lleno de muñecos cerámicos.

Esto es lo que pasa con Rage: alguien disfruta al hacer payasitos tristes; ergo si se impusiera por fuerza revolucionaria la práctica del payasito triste como única forma no opresiva de diversión, quienes la disfrutasen conformarían una clase aventajada respecto a quienes no la disfrutasen; ergo la práctica del payasito triste resultaría

tan represiva como cualquier otra. Ergo no.

Y… ¿venderlos? ¡Por favor!

Rage abre la caja de herramientas y toma un martillo. Se desata la quebradiza matanza del payasito triste. Escuche, estimado lector, música de Wagner en sus oídos y piense en slow motion para recrear esta escena en su mente. Los fragmentos de payasito salpican ropas, rostro y muebles. Las lágrimas plateadas, ahora exentas, bañan el suelo del apartamento. Por primera y última vez, su tristeza halla un motivo.

Los payasitos dejan de existir.

Decide Rage que ha llegado la hora de apostar, no por un medio igualitario de soportar el aburrimiento, sino por hacerse amigo del aburrimiento. Ser uno con el aburrimiento. Oh, sí, ¿cómo no se le había ocurrido antes?

¡Zas!: El aburrimiento es el camino esforzado de toda sociedad justa, establece Rage.

Si los caballeros medievales hubieran soportado las largas tardes de invierno en sus castillos, ¿cuántas vidas perdidas en justas, guerras de religión y cruzadas se hubieran salvado? Si el poderoso capitalista hubiera aceptado pasar una jornada a la sombra de un ciruelo sin dejar volar la mente a través de sueños de ambición. Si el carismático religioso se hubiera quedado tomando el sol en lugar de ceder a la tentación de liderar almas. Si el audaz ingeniero físico hubiera empleado cinco años en componer pompitas de saliva con la punta de la lengua en lugar de pensar en fisiones y fusiones del átomo.

Y además, optar por la vía del aburrimiento implica la dosis de sacrificio necesaria para poder llamarla ‘revolución’. ¡Claro! Rage está encantado.

Si los grandes felinos durmiesen veinticuatro horas diarias en lugar de solo dieciséis, concluye Rage, no habría un macho alfa ocupado de someter a la manada. Tal y como puede comprobar, querido lector, la clarividencia de Rage y la perspicacia de sus juicios aumente a cada minuto.

Como eliminar cualquier tipo de represor entretenimiento significa suprimir cualquier tipo de estímulo sensorial, Rage se deshace de los fragmentos de arcilla cocida y pintada de blanco, azul y puntitos plata (lunares no, ¡claro!) , y se apresura en habilitar un cuarto con:

1. Un temporizador que enciende y apaga las luces sin ningún tipo de regularidad, para no someter su mente a un ritmo vital que provoque una expectativa.

2. Ausencia total de relojes.

3. Una portezuela a través de la que se suministra el alimento y el agua, también sin una frecuencia establecida.

4. Nada más.

Al grito de ¡Viva el tedio, el único camarada, azote de contrarrevoluciones!, Rage se encierra en dicha estancia.

 Desde entonces, nadie sabe si Rage se encuentra bien. Qué ha sido de su cordura. Qué ha sido de su salud. Si ha alcanzado un nirvana de autosatisfacción al haberse erigido en el único ser humano justo del planeta. O si se dedica a clavarse las uñas hasta llegar al hueso y desgastarlo, convirtiéndolo en un talco con el que pintarse el rostro cada vez que se enciende la luz.

No podemos saberlo.

A ciencia cierta, vive: la comida entra, los cubos con excreciones salen. Pero no somos capaces de añadir nada más.

Y ya lleva ahí dentro quince minutos.

 

© 2012 – 2013, Paco Bescós. All rights reserved.

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El huso horario Greenwich Mean Time (GMT) fija que, aquí en Europa, las cosas pasan unas cinco horas antes que en América. Así que vi la luz cinco horas antes que un americano nacido el 21 de enero de 1979. Me licencié cinco horas antes en la Universidad de Navarra y tengo cinco horas más de experiencia en mi profesión, la publicidad, que mis colegas americanos. También soy cinco horas más viejo, cinco horas más listo y moriré con cinco horas de antelación. Como nada de esto es cierto ni inteligente, nada de lo que escriba sobre Europa en esta sección será inteligente ni cierto. Pero lo haré cinco horas antes que mis compañeros.