By Gino Winter

Si el poeta Vallejo nació un día  que Dios estuvo enfermo, yo debo de haber nacido un día en que Dios se levantó con ganas de joder…

Nunca fui muy afecto a la educación formal, pero las instituciones de estudios superiores se han convertido últimamente en lugares donde mejor la estoy pasando, debido a la falta de interlocutores hábiles para mantener una conversación de nivel intelectual más o menos decente y biunívoca, en los centros de “laburo” que mi oscuro karma me viene imponiendo.

Cuando la exuberante  Antonella –joven amiga miamense de ascendencia ítalo brasilera por todo su cuerpo- me invitó a llevarla a su ceremonia de graduación en la escuela de post grado de la Florida International University, no lo pensé dos veces. Luego de recogerla de la peluquería, felicitarla por su maestría en marketing, ayudarla a escoger entre media docena de vestidos  y colocarle cariñosamente  toga y  birrete, la llevé hasta el U.S. Century Bank Arena  de la FIU, lugar de la ceremonia, y la dejé que tome su ubicación oficial mientras que yo me acomodaba en las graderías, en donde me encontré con mi amigo Dany, un simpático argentino –si me vuelven a permitir el oxímoron- a quien le decíamos La Rubia Albión, tanto por su pinta británica como por su coeficiente intelectual… de rubia natural.

Comenzó la ceremonia con un grupo de docentes principales desfilando con sus togas hacia el estrado. Lucían unos rostros que parecían ordenar un minuto de silencio. El Dean encabezaba el grupo llevando al ristre lo que debía ser la pata de una antigua mesa tallada. El cortejo era realmente fúnebre. Si me hubiesen dicho que era el funeral de Batman, lo hubiera creído; además, uno de de los integrantes tenía una toga con los carnavalescos colores de Robín, pero lucía demasiado viejo para ser el joven maravilla. Se situaron en el proscenio, empezaron los himnos, las banderas y unos discursos más largos que mameluco de culebra, al final de los cuales se inició el reparto de diplomas y medallas  entre los alumnos de la maestría. Luego de recibirlos, los magisters agarraban la borla de su birrete y la pasaban del lado izquierdo al derecho, con lo cual –me explicaron- daban a notar que ya estaban graduados, gesto que me pareció muy apropiado para niñitos de kindergarten pero no para los tremendos manganzones cuya mayoría postularía en breve a sendos doctorados.

Estábamos de pie aplaudiendo vigorosamente a Antonella, cuando Dany se quejó del color azulino de las togas, insistiendo en que todas debían ser de color negro.  Le contesté que me parecía tonto que un centro de cultura,  donde se supone que prima la razón, esté obligando a sus alumnos a disfrazarse de murciélago antiguo el día de su graduación, pero que, si hay que respetar las tradiciones, quizás el negro no sea el color tradicional o tal vez no les guste el negro…

Apenas terminé la frase, un negro de más de dos metros se paró al costado y nos preguntó muy  rudamente -en un inglés poli tonal de palabras encogidas- qué problema teníamos con los “nigros”, que si pensábamos que un african-american como su hijo, no se podía graduar y que si creíamos que los “nigros” sólo entraban a las universidades  para jugar basket…

Luego del susto inicial, recordé mi experiencia juvenil en la escuela de inteligencia militar y evalué la situación: 1. Por un ridículo malentendido lingüístico, estaba a punto de ser atacado por un tipo con físico de boxeador súper pesado que me llevaba una cabeza de talla – y a mi amigo más de cien kilos de peso- y que además estaba acompañado por varios ejemplares del mismo fenotipo. 2. Hacía muchos años que no intercambiaba golpes, al menos no con personas de mi mismo sexo y menos fuera de la cama, es decir, lo más probable sería que me sacaran la mierda. 3. En el supuesto negado de que pudiera noquear al african-cuco, le malograría la ceremonia a mi querida Antonella, privándome de su agradable y necesaria compañía per secula saeculorum. 4. Llegarían los policías y al ver mis fake documents me invitarían a veranear a la prisión de Krome, como paso previo a la temida deportación…

Visto y evaluado mi futuro inmediato y en razón a que el oscuro homínido no quería entender las explicaciones verídicas del  aterrado Dany, procedí a usar la sicología conductual y recordé a Tom Castro, el impostor inverosímil de Borges, y, con mi cara de indignación número 48-B, procedí a declarar en solemne inglés: “Nunca me atrevería a hablar mal de un negro, no sólo por mi educación humanística, sino también porque dentro de mis venas corre la sangre de mi finada abuela negra”…

El negro pareció recular sobre sus pasos y cambiar sus gestos agresivos por una cara de asombro, arrepentimiento y pena… hasta que, casi de inmediato, a mi ocasional partner se le ocurrió decir –en el mismo impecable inglés, pero porteño- “Pero che, quién iba a pensarlo, tan rubia que se veía la vieja tana con esos ojazos azules”… “Me refería a mi abuela paterna” corregí apurado…” ¿Cómo… esa otra vieja no era alemana?” sentenció el animal…

Los negros se nos abalanzaron como marabuntas, con gritos de guerra y todo. La tribuna crujía y nosotros retrocedíamos entre una nube de manotazos y patadas arteras, cayendo sobre unas gordas cubanas de la fila inferior, que nos dijeron desde “comemieldas” hasta hijos negados de Fidel. Nos salvó la campana, convertida en cuatro agentes de seguridad, del  mismo color de los agresores, que lograron calmar a los amotinados y sacarnos del recinto. El Dean reanudó la ceremonia, la cual había interrumpido al empezar el alboroto. Antonella miraba hacia la tribuna, pero no lograba ubicarme y, al ver que todo se calmaba, regresó a su asiento, ya graduada, a esperar el final de la ceremonia.

La intervención de los guardias ocurrió tan rápido  que sin darnos cuenta ya estábamos sentados en las oficinas de seguridad. Los securities, sin entender razones,  nos tomaron unas artísticas fotografías de frente y de perfil y nos entregaron a la policía –dos gigantescos vikingos o normandos o cualquier tribu de gigantes blancos que se les ocurra incluyendo a la del Yety- reportándoles una sórdida historia de racismo e intolerancia que escuchamos extrañados, como quien oye una desgracia que le ocurrió a familiares lejanos muy queridos y que de alguna manera nos va a afectar a futuro.

En medio de fuertes reprimendas, citas de las enmiendas constitucionales y “fucking” maldiciones, los súper policías king size nos acomodaron en el asiento de atrás del patrullero, nos ordenaron silencio absoluto y partimos raudamente del campus universitario. Dany iba rezando  sotto voce, mientras que yo, que me queda ya muy poco por perder, iba pensando en las atracciones turísticas de Lima, querida ciudad a la que pronto regresaría gracias a las ventajas de la deportación.

Disminuyendo la velocidad, ingresaron  a un Burger´s King y se estacionaron sospechosamente en el parking trasero. Nos hicieron bajar, nos retiraron las esposas, y con un cariñoso puñetazo en mi pecho, unas palmaditas salvajes en la espalda curvada de Dany y una sonrisa a lo Charles Atlas, uno de los policías nos felicitó y nos dijo que, si queríamos recoger nuestros autos, no regresáramos a la universidad hasta las 9 pm, una hora después de que terminen los festejos de la ceremonia  y del cambio de guardia de los securities. Agradecimos confundidos mientras que los “cops” se despedían entre risas e ingresaban al local, no sin antes hacernos el célebre saludo del imperio romano… como diría Nicomedes Santa Cruz: “… el saludo fascista de las grúas”, que siglos después copiara el loco nazi del bigotito.

Dany  paró un taxi y se fue asustado a su casa, “a cambiarse los lienzos”, según dijo. Antonella, al no ubicarme, me llamó desde el baño de  auditorio y felizmente creyó mi explicación telefónica. Yo, luego de dos taquicárdicas horas tomando café en un Starbucks, compré el mejor ramo de flores que encontré en el  Publix  y enfilé en un taxi hacia la FIU.

Antonella me esperaba en el parking, graduada, feliz, bellíssssima, descojonándose de la risa…

Ginonzski.

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Gino Winter (a) "Ginonzski": Nació en los Barrios Altos, Lima-Perú, de padre suizo-anglosajón y madre ítalo-peruana. Estudió Ingeniería Industrial en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Fue comando-paracaidista de la Fuerza Aérea, gerente de negocios y de riesgos en un gran grupo financiero y finalmente trabajador ilegal en varias ciudades de USA. Desde hace algunos años funge como escribidor. Crónicas Ilegales es una columna de humor negro que cuenta las experiencias tragicómicas de un inmigrante ilegal en su lucha por sobrevivir en diferentes ciudades norteamericanas, especialmente en Miami.
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