PROCURAR ANTES PERECER

Por Esteban Lozano

La misión de Santa Bárbara es una de las dieciocho cuentas que, como si de un rosario se tratase, los franciscanos han desplegado a lo largo de la costa californiana. El sol eterno añade su luz al natural fulgor que la vida sana, sosegada y temerosa de Dios otorga a cada una de ellas. Encerrada por las montañas, la misión de Santa Bárbara y sus innúmeras dependencias parecen apretujarse en el escaso valle delimitado por el mar en un atropello de belleza cuyo principal atributo es la calma. Las palmeras que flanquean la costa no logran disimular los velámenes de la fragata y la corbeta que morosamente se aproximan. Enseñoreada de aquel paraje, la calma no cede ante la ominosa imagen que crece ante su vista, ni logra esa imagen generar revuelo ni cortar recoleta penitencia, ni turbar el recogimiento para sembrar de duda y amenaza la fértil abstracción que, constantemente, esas tierras cosechan.

Tras fondear ambas naves, el Capitán Bouchard, como en cada oportunidad en que se presenta una operación arriesgada, elige como parlamentario al cirujano de a bordo, doctor Copacabana. Seis remeros lo conducen en bote hasta el arenoso umbral de Santa Bárbara. No hay más milicianos a la vista que dos guardias, uno de los cuales, tras cruzar escasas palabras con el recién llegado, se apresta a servirle de guía y escolta. Trasponiendo la línea de lánguidas palmeras que trepan obstinadamente hacia las nubes, el doctor Copacabana se interna en los dominios franciscanos. Los remeros aguardan estáticos y en silencio, como sabiéndose intrusos en ese paisaje del cual ahora forman parte.

Como a la media hora, el doctor Copacabana crece en la lejanía, seguido por tres figuras que se adaptan al ritmo de su paso. Agregando lastre al bote, en silencio como hasta él llegaron, se dejan conducir hacia la fragata como si el precio pagado por su liberación hubiese sido su voluntad.

Desde el castillo de La Argentina, Bouchard observa al bote que se acerca e imagina el diálogo que ha tenido lugar más allá de las palmeras. El tono dubitativo del jefe local, sus frases entrecortadas contrastando con la seguridad y el aplomo exhibidos por el doctor Copacabana, la confesión de que sí, esos hombres se hallan en nuestro poder, la contundencia que la réplica adquiere merced a la solidez de los argumentos desplegados, la tácita promesa de sangre y fuego contenida en las palabras del doctor en caso de no ser devueltos los prisioneros, el explícito juramento de abandonar el paraje sin efectuar represalias en el caso contrario, la resignación, la humillación y la obediencia resultantes de la extremada convicción que tales argumentaciones adquieren estando, como en verdad lo están, poderosamente respaldadas.

Es William Taylor quien, minutos después y por su grado de oficial, hace para Bouchard la correspondiente relación de hechos. El doctor Copacabana, el Teniente Píriz y los soldados Romero y Pascual se limitan a hacer acto de presencia.

Una ronda de milicianos que patrullaba las inmediaciones –aparentemente las noticias provenientes del norte habían corrido como reguero de pólvora a lo largo de la costa, determinando tales medidas de seguridad– fue alertada por la familia Ortega al huir de su rancho, “El Refugio”, tras avistar las naves. Siendo superados en número por la tropa de desembarco, los soldados decidieron permanecer ocultos, aguardando la oportunidad de echar mano a unos pocos hombres que eventualmente se alejaran del resto, como, en efecto, sucedió. Sin tardanza, los prisioneros fueron conducidos al pequeño cuartel que, semejando una prolongación de las dependencias de Santa Bárbara, brindaba a los franciscanos tanta seguridad –si no más– como la certeza de tener a Dios de su parte. Interrogados por el jefe local, ante la severa mirada del cura párroco y la cargada de sed de venganza de don Ramón Felipe de las Casas y Ortega, los prisioneros no pronunciaron palabra. Mejor conocedor del alma humana –y, en especial, del cuerpo–, el sacerdote intentó otros caminos para la consecución de sus propósitos, haciéndoles el convite de un excelente vino de misa. Vaciadas varias copas y logrado el relajamiento, don Ramón, que se había abstenido del convite, incorporándose con brusquedad abandonó indignado el despacho del jefe militar, precisamente en el momento en que, descorchada la tercera botella, comenzaban los brindis. Alojados en los nada incómodos claustros de la misión, el sueño reparador sirvió a los prisioneros –llamados Martín, Guillermo y Mateo a partir de la agradable tertulia– para estar en condiciones de recorrer cada una de las dependencias de la misión, visita que se prolongó hasta el atardecer y en la cual el sacerdote ofició de guía. Don Ramón reapareció mientras cenaban, expresó su profundo malestar por el trato que se daba a quienes causaran tan grave perjuicio a un súbdito del Rey que, como él, en más de una ocasión había demostrado su fidelidad a la corona denunciando o actuando por su cuenta y riesgo para malograr los propósitos de los mexicanos insurrectos, y anunció su partida definitiva de América rumbo a España, tras lo cual se retiró sin saludar y subrayando su estado de ánimo con un violento portazo. El jefe local comentó que nunca le había caído en gracia ese cochino proxeneta y el resto de la velada transcurrió sin incidentes. El doctor Copacabana se presentó al día siguiente, cuando terminaban de desayunar. Taylor manifestó que había llegado la hora de partir y, después de despedirse efusivamente de sus anfitriones, así lo hicieron. Mientras caminaban en dirección a la playa, y ante la estupefacción del doctor Copacabana, el jefe local y el sacerdote coreaban un sincero “Dios los bendiga”, a la vez que agitaban sendos pañuelos blancos en la deliciosa brisa matutina.

Fragmento del capítulo titulado “Sur de California y después.”

© 2013 – 2014, Esteban Lozano. All rights reserved.

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Esteban Lozano

Esteban Lozano

Con su primera obra teatral, “Los amantes de Shakespeare” (basada en una novela de su autoría), Esteban Lozano obtuvo en el 2012 el primer premio Monteluna de textos teatrales otorgado por el Área de Cultura de la Universidad de Huelva, España. Su primera obra, la novela “Procurar antes perecer” (biografía libre del corsario francés Hipólito Bouchard), obtuvo el Premio Novela Argentina otorgado por la Secretaría de Cultura de la Nación. El jurado, que la premió por unanimidad, estuvo conformado por María Esther De Miguel, Cristina Piña, Josefina Delgado, Orfilia Polemann y Oscar Hermes Villordo. Lozano es, además, autor de un volumen de cuentos, “HOLOween y otras historias del cercano mañana”, y de otras cuatro novelas: “Las crónicas madacasianas”; “El clan del Homo Lumpen”, “Las aventuras del Dr. Infante” y la citada “Los amantes de Shakespeare.” También es guionista cinematográfico. Ha escrito  “La garganta del Diablo”, “Cuando yo te vuelva a ver” (en colaboración con el periodista Gabriel Lerman), y “La casa del sol poniente” (en colaboración con el periodista y escritor Claudio Iván Remeseira), comedia dramática cuya filmación comenzará en el 2013 bajo la dirección de Guillermo Fernandino. Ha sido colaborador en los diarios “Ámbito Financiero” y “El Heraldo de Buenos Aires”, y en las revistas culturales “Temas” y “Lilith”, todas ellas publicaciones argentinas. En la actualidad se desempeña como Editor Asociado para “Luxury Road Magazine”, publicación bimestral panameña sobre lujo, arte y cultura. Previamente, Lozano fue Jefe de Redacción de “4W Magazine”, revista de características similares a la anterior.