Augusta Cornejo

Don’t ask what your country can do for you, but what you can do for your country. J.F.Kennedy

América es un país de contradicciones. Por un lado, sus avanzados conocimientos en el campo de la tecnología han dado al mundo la oportunidad de ver cómo el hombre conquista el espacio, se comunica en fracciones de segundos, y a nuestros seres queridos curados de la enfermedad más terrible que pudiera existir: el cáncer. Por el otro, su culto al dios dólar y su desmedida codicia han ocasionado guerras inútiles, violencia, y que la diosa naturaleza entre en estado de coma.

Pero a pesar de sus defectos y dejando de lado sus grandes virtudes, no hay duda de que ha sido —y sigue siendo— el país de las oportunidades. A lo largo de los siglos, olas de inmigrantes han llegado no solo a través de Ellis Island, sino también por las fronteras que la rodean. Sin embargo, últimamente las cosas se han puesto de color de hormiga: ya sea de forma ilegal o legal, un tsunami de nuevos inmigrantes ha llegado en los últimos veinte años para cambiar la fisonomía y hasta el idioma de América.

La pregunta que me hice como parte de ese tsunami y que me causa tristeza contestar es: ¿por qué hacerme ciudadana americana?

La respuesta la busqué en los inicios.

Como sabemos, América es un país fundado por gente de todos lados, los inmigrantes de antaño llegaban a EEUU decididos a construir un nuevo mundo. La persona que mejor puede representar este sentir, este sueño, es la abuela de mi cuñada, una mujer que vino desde Armenia a principios del siglo XX y que, literalmente, todos los días cantaba God Bless America con lágrimas en los ojos agradecida por todo lo que estaba recibiendo. Conmovedora imagen que siempre recuerdo en homenaje a los cientos de miles que vinieron en esa primera ola migratoria. Ella y su familia salieron huyendo de Armenia y llegaron en busca de algo que su país no pudo darles: libertad.

Este grupo de personas, que salieron del viejo continente y de otros lados por diversos motivos, llegaron a América sin pensar en los beneficios que podía darles  su nueva tierra, o en la seguridad social que recibirían, o tal vez en el cheque por desempleo que el gobierno otorga a los que no tienen trabajo. Tampoco pensaban en tomar ventaja de esto o aquello, ellos llegaron a trabajar, a pagar impuestos, a dar, a agradecer y no a recibir o pedir. Cumplían con sus obligaciones y no exigían sus derechos. Aprendieron el idioma rápidamente, se mimetizaron con la cultura y amaron al nuevo país más que al suyo propio.

La historia es otra si hablamos de los grupos que llegan en la actualidad (y entre los que me encuentro). A diferencia de los de antaño, los inmigrantes de hoy en día tienen una filosofía distinta, un sentir diferente. Aunque tienen algo común con los primeros —vienen en busca de una oportunidad a la tierra de las oportunidades— su idea de América es otra. Me explico: cuando les he preguntado a todos ellos por qué vinieron o por qué eventualmente se hicieron ciudadanos o por qué debería hacerme yo ciudadana, la respuesta fue siempre la misma, sin una sola excepción: beneficios. “No tienes que hacer fila para obtener una visa para Europa”, “tendrás asegurados los beneficios que el Estado garantiza a sus ciudadanos”, “cuando entras a otros países te tratan bien”, “te conviene” “porque te puedes hacer agente de la CIA” “no pierdes tu nacionalidad original”, y los más atrevidos me decían “pon contra mientras jures” a manera de broma y como si tomar una decisión de ese calibre fuera más una cuestión anecdótica que otra cosa. Esas, eran las respuestas más comunes. Lo curioso es que a pesar de la frivolidad de sus respuestas, sienten amor por los EEUU y muchos de ellos —gracias a su trabajo honrado y su dedicación— han alcanzado el American Dream .

Sin embargo aun cuando son personas honestas y serias, qué triste me parecía escuchar una y otra vez y otra vez más los mismos argumentos, y respondía que yo nunca me haría ciudadana americana, porque el único motivo válido para mí era amar los EEUU como los armenios y otros inmigrantes lo hicieron a principios de siglo, sentirme americana 100% y give up loyalty to other country, algo que sabía no ocurriría nunca. Había otra razón igual de romántica, pero en ese momento lo ignoraba.

Admiro lo bueno que tiene este país, que ahora también es el mío, y me gustaría hacer algo por cambiar lo malo, y de corazón creo que, a pesar de sus defectos, EEUU merece algo mejor que el tsunami de inmigrantes que hoy acoge en su casa y responde a la pregunta: ¿Por qué hacerme ciudadano? con un: Por los beneficios.

© 2012, Augusta Cornejo. All rights reserved.

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Soy peruana y limeña de nacimiento. Cómo todo inmigrante, llegué a Miami hace 11 años con la finalidad de terminar mi carrera. El trabajo duro y la suerte me acompañaron y ahora tengo una maestría en literatura en la Florida International University y estoy cursando una segunda maestría en ciencias políticas en la Universidad Complutense de Madrid. Además. he publicado algunos artículos en revistas de corte académico. Sígueme en Twitter: @augustacornejo
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