En los ocho años, aprox, que he vivido en Madrid, apenas he pisado el Rastro. Tres, cuatro veces, no más. He visto más veces cómo montan los puestos, en la plaza del Campillo del Mundo Nuevo, de vuelta a casa y me ha penado esa vida inversa de la noche, que anula la del día. Habría que vivir dos veces, una de día y otra de noche. 
Este domingo me levanté pronto. En los 1.600, aprox., domingos que he vivido, no creo que me haya levantado antes de las diez más de cien veces. Hoy lo hice, y un importante bienestar se apoderó de mí todo, el bienestar del tiempo a manos llenas. Ese gusto por la abundancia de minutos para hacer algo o nada. Fue tal mi regodeo en ese fango límpido de minutos por doquier que al final salí de casa poco antes de que chaparan el Rastro entero. Andrés Trapiello habría vuelto a su Siete Moderno haría cosa de cuatro horas, no es horario para rastreadores, el mío. 
Comencé por el principio de Ribera de Curtidores, al otro extremo de Cascorro. Minutos antes, había fantaseado con la posibilidad de comprarme un botijo y en unos de los primeros puestos di con una serie de ellos. Valían seis euros y me pareció procedente dejarlo en cinco, pero el señor de los botijos no lo vio así y durante 4 segundos nos miramos retadoramente. Creo que se ofendió y todo, qué coñazo de legalismos. “No puedo”, fue su última palabra. 
Así que me quedé sin botijo, porque luego no vi más ninguno, y qué poco sentido del márketing tiene el vendedor medio del Rastro, a no ser que esté ahí para blanquear dinero, o si no que me lo expliquen. Porque el Rastro no es sino vaciar esos cajones de casa de la abuela que todos tenemos y tirarlo sobre una tela y, bueno, a veces uno encuentra cosas curiosas, pero la mayoría hay mucha colección de cucharillas viejas, muñecas desmembradas, objetos dorados de barcos muertos, llaves medievales, cajas de cerillas con propaganda política de los ochenta (Joaquín Barranco, alcalde), monedas romas y barras de labios secas. Un montón de cámaras de fotos analógicas de los lejanos ochenta, y una que me resulta familiar. Es una Kodak Instamatic, idéntica a la que me regaló mi tío Eduardo para un cumpleaños, creo que el quinto. Pensé en comprarla pero al final me decidí por el clásico de Quevedo, Gracias y desgracias del ojo del culo, por un euro. Incluye también el fundamental Defensa del pedo, de “don” Manuel Martí.
Algún personaje anacrónico, en plan patriarca, y un joven calvo que quiere colocar una estatua de un toro por 60 euros. “Yo te doy 10”, y el tío que pone mala cara, y el patriarca de camisa abierta y sombrero, sentado en silla de playa, que insiste en que “eso es lo que yo te doy” y el otro que se va. Comentarios entre el personal de que “el toro era de bronce”. Y entonces me planteo bajarme un domingo a traficar con mis objetos, quizá, ¿por qué no? algunos ejemplares de postales del náufrago digital, de las que en breve recibiré un buen cargamento. Me seduce la idea de que un día me venga un tipo y me diga: “Encontré tu libro en el Rastro y lo compré”.
Un par de horas después, en el corazón de Lavapiés, un tipo arrastraba su carromato lleno de su quincalla  dominical, con el rostro moreno de un sol de siglos de pobreza, su sombrero, y la estampa de que el tiempo no pasa tan deprisa. 
Siempre me ha asombrado el gusto de gente como Trapiello por el Rastro, y esa costumbre casi patológica por plantarse ahí, al alba, domingo sí y domingo también. En esa conexión con otro ritmo, con otro fluir del tiempo, que a veces se desprende entre toda esa cacharrería del alma, que decía Gómez de la Serna, otro enamorado del Rastro, puede que resida el magnetismo del Rastro de Madrid.

Eloy Gonzalo, soldado considerado héroe cuando la guerra
 de Cuba, en la localidad de Cascorro, que da  nombre
a la plaza en que se erige esta estatua.

© 2012, Eduardo Laporte. All rights reserved.

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Eduardo Laporte: Licenciado en Comunicación Audiovisual (Universidad De Navarra) , Máster en Periodismo Multimedia (El Correo/UPV) y Diploma de Estudios Avanzados en 'La lengua y la literatura en relación con los medios de comunicación' . Colaborador habitual en la prensa cultural, como el suplemento 'Territorios' de 'El Correo de Bilbao', y el resto de cabeceras del grupo Vocento. Crítico literario para la web 'Ojos de Papel' y, desde 2012, para la revista cultural, decana en su género, 'El Ciervo'. Autor del blog 'El náuGrafo digital' que, con pequeñas variaciones en el título, se actualiza desde octubre de 2004. Es el padre del arrealismo. Publicaciones: 'postales del náufrago digital' (Prames, 2008) 'Luz de noviembre, por la tarde' (Demipage, 2011):