Por culpa de Youtube

Teresa Dovalpage

(fragmento de La Regenta en La Habana, novela publicada en España por la editorial Edebé)

 

Aquel semestre tenía entre los estudiantes de literatura peninsular a un chico con espaldas de albañil, músculos de estibador de los muelles y perfil de dios del Olimpo. Se sentaba en primera fila y me devoraba con los ojos, desde el principio de la lección hasta que ésta se terminaba y todos los alumnos corrían al pasillo como caballada puesta súbitamente en libertad. Todos menos él, que era siempre el último en dejar el salón.

Se llamaba Yosván. Miembro de la generación Y, como también lo era, aunque a regañadientes, una servidora. Vaya  nombrecito que me endilgaron. ¿No me podía haber llamado sencillamente Ana? ¿A qué venía ese pronombre personal colado ahí sin ton ni son? Varias veces pensé en cambiarme el patronímico pero había que mover montañas de papel sellado para conseguirlo y, de cualquier manera, todo el mundo me iba a seguir diciendo igual.

Al principio apenas le presté atención al muchacho. Ya estaba acostumbrada a esas fugaces pasiones alumníferas y me parecía una ridiculez tomarlas en serio, con mis cuarenta y dos abriles en las costillas y los veintipico, si a eso llegaban, de mis enamorados platónicos. (Enamorados a quienes, por otra parte, se les evaporaba el interés con el primer suspenso que pescaban.) Qué va, aquel chaval no podía ser una tentación fuerte ni el Álvaro Mesía por el que suspiraba en mis ratos de soledad… Pero cuando empecé a leer sus ensayos, no muy mal hilvanados, y noté que respondía en clases con bastante tino, me fijé más en él.

En honor a la verdad, era difícil no fijarse en él. Llevaba el pelo largo (más de lo regular, incluso en estos tiempos de ambigüedades capilares) y recogido en una cola de caballo que le bajaba hasta la mitad de la espalda. Lucía argollas de metal en el brazo derecho, una muñequera de cuero en el izquierdo, una calavera plateada al cuello y, para rematar, se encasquetaba una bandana negra en la cabeza. Parecía que acababa de salir de un baile de disfraces donde hubiera ganado el premio al más extravagante. Durante las primeras semanas los otros estudiantes se burlaban de semejante atuendo —aunque no en su presencia, porque los brazos musculosos de Yosván imponían respeto— y los maestros lo miraban como a un extraterrestre. Hasta la decana lo citó a su oficina un par de veces para sermonearlo sobre su aspecto tan poco universitario y, según decía ella, americanizado y pequeñoburgués. Pero él siguió en sus trece con la onda heavy metal y todos acabamos acostumbrándonos a aquella pinta suya de Rambo trasnochado.

Un martes, terminada la clase, me interceptó cuando salí al pasillo.

—¿Adónde vas tan rápido, mamita? —preguntó mostrándome los dientes, muy blancos y parejos por cierto.

—¿Adónde va tan rápido? —lo corregí con mi más gélido gesto de dama vetustense—. Y mamita será la que te prepara la comida en tu casa, atrevido. Déjate de confianzas conmigo.

—Perdón, perdón.

—Acuérdate que mientras estemos en la universidad, yo soy tu profesora y me debes respeto.

—Entonces, ¿qué tal si nos vemos fuera de la universidad? —agarró la ocasión por los pelos el muy fresco.

—Deja de fastidiar, muchacho, que no estoy para perder el tiempo. Adiós.

—Profe, pero si lo único que quiero es invitarla a comer un perro caliente en el Burguis de Infanta —insistió—. O un helado en Coppelia. No me haga ese desaire. ¿Nos vemos esta tarde?

Le solté un “no” más grande que el Capitolio Nacional y seguí mi camino contoneándome. Supuse que lo único que buscaba era anotarse una conquista más. Como era bonitillo, lo imaginaba émulo del Tenorio.

Desde jineta de a real

hasta maestra con sabor.

¡Oh! Ha recorrido mi amor

toda la escala social.

Que se buscara a otra de quién alardear ante sus socios porque yo no toleraría relajos, me dije, convencida de mi fortaleza para resistir todo tipo de tentaciones. (En diez años de matrimonio no le había puesto los cuernos ni una sola vez a mi marido. A pesar del tedio y de la rutina, me mantenía, igual que Ana Ozores, firme al pie del cañón de la fidelidad matrimonial.) ¡Bueno estaría no ya liarme, sino siquiera exhibirme por la calle con un mocoso que podía ser mi hijo y que tenía tal facha!

Entonces empezábamos el análisis de La Regenta. A fin de ubicar a los alumnos en tiempo y espacio les hablé antes de las guerras carlistas, el pretendiente y la Gloriosa. Para mi sorpresa, Yosván parecía saber más que yo de historia de España. No comprendía cómo se las había arreglado para enterarse de qué era la Ley Sálica o de que don Juan Prim había anunciado (equivocadamente, como vinieron a demostrar los acontecimientos) que jamás volverían los Borbones a España, pues este tipo de datos no aparece en los libros de texto que se estudian en Cuba. A veces me ponía en aprietos, como cuando me preguntó qué novela de Zola había traducido Clarín al español. Me costó Dios y ayuda, y una semana de buceo intensivo en la biblioteca de la facultad, para enterarme de que se refería a Trabajo.

Lo más mortificante era sentir que me estaba probando, que él sabía las respuestas antes de que yo se las diera. Sospechaba que no habría vacilado en corregirme públicamente si metía la pata y la idea me ponía los nervios de punta, porque siempre he tratado de mantener muy en alto el decoro profesional. Pero ¿dónde aprendía el muchacho tantos pormenores? Porque no me lo podía imaginar descifrando volúmenes polvorientos ni escudriñando mamotretos del siglo pasado. Algún misterio tenía que haber ahí.

 Así las cosas, durante una clase en que nos deslizábamos por la canal que une la Historia con mayúscula a la otra, la que cuentan los novelistas, Yosván pidió permiso para compartir “un dato de interés.”

—¿De qué se trata? —le pregunté, recelosa.

—De un retrato de la Regenta.

—No se te ocurra aparecerte con fotos de Aitana Sánchez-Guijón —le advertí—. Y si ya viste la película no quiero enterarme, ¿comprendido?

Yo detestaba las adaptaciones de novelas para el cine o la televisión. Una vez que los muchachos las veían, resultaba imposible conseguir que regresaran al libro. Pero Yosván hizo tintinear sus argollas y sonrió.

—De película nada, profesora. La foto es de una estatua de Ana Ozores.

—¿Qué estatua ni estatua? Déjate de payasadas.

—Oiga, que no son payasadas. ¿Usted no sabe que en Oviedo levantaron una estatua de la Regenta? Está en la catedral, mire —me extendió una hoja impresa.

—¿De qué revista la sacaste?

—De ninguna, profe. La encontré en la red.

—En la red —repetí, sin comprender exactamente a qué se refería—. Conque en la red…

—En un website, vaya. La estatua aparece también en un video de la ciudad que han colgado en YouTube.

¿Website? ¿Youtube? Jamás había escuchado esos términos pero no quise seguir manifestando mi ignorancia. Le eché un vistazo al papel que había traído y me encogí de hombros.

—Esto ni se ve bien.

—Es que mi impresora ya se está quedando sin tinta.

—Además, la Regenta no usaba esos sombreros tan estrepitosos. ¡Si parece que esta mujer tiene un aura tiñosa posada en la cabeza!

Los demás muchachos se carcajearon para congraciarse conmigo. Yosván enrojeció y se hundió en su asiento y yo seguí adelante con la conferencia, satisfecha de haberlo puesto por fin en su lugar. Sin embargo, me quedaba la duda. A fin de cuentas, ¿qué sabía yo en concreto sobre la moda del siglo diecinueve?

Cuando se acabó el turno, Yosván se me acercó y susurró con aire de agraviado:

—Profe, me hizo pasar vergüenza delante de todo el mundo.

—¿Quién te manda a venir con cuentos de camino? —repliqué, aunque noté en ese momento, por primera vez, que tenía los labios anchos y abultados como almohadillas y el bigote bien delineado.

—No se trata de cuentos de camino —me dijo, serio—. Esa foto aparece en una página de la red dedicada a Oviedo. Si no me cree, busque usted misma en Internet.

— ¿Cómo es eso de la página y de Internet? Explícame.

Ya sé que si esto lo lee un español, un americano, un chino incluso, le parecerá una absurdidad. ¿Cómo una cuarentona, profesora universitaria por añadidura, no va a saber qué es un sitio en la red? La respuesta es muy simple: en nuestra facultad existían sólo dos ordenadores y para usarlos había que pedir tiempo de máquina con un mes de anticipación. Tampoco eran confiables. La última vez que me senté ante uno perdí cuatro horas de trabajo: el cacharro electrónico se descompuso sin previo aviso y no hubo manera de recuperar lo que había mecanografiado con dolor de mis nalgas. Y era un artículo de dieciséis cuartillas sobre Galdós que tuve que volver a transcribir con ayuda de mi viejísima, pero leal Underwood.

Por otro lado, lo único que se podía hacer en la facultad era usar el ordenador como máquina de escribir inteligente porque al tal Internet no teníamos acceso desde allí. La gente decía que en algunos hoteles había cibercafés donde, pagando dólares o euros, se entraba a un mundo virtual que a mí se me antojaba más fantástico que las novelas de Isaac Asimov. Pero de todas formas, si conseguía unos dólares tampoco los iba a gastar en un cibercafé y para jugar con un aparato que no sabía a derechas cómo funcionaba.

Yosván me explicó que su madre le había comprado un ordenador Pentium. Él se conectaba —ilegalmente, desde luego— a Internet y de allí sacaba los datos con los que se lucía más tarde en clase. Era algo mágico, me dijo entusiasmado. Otro mundo, otra gente, otra vida mejor detrás de la pantalla. Era tener al planeta entero en la punta de los dedos. ¿Y no querría yo admirar esas maravillas? (Me sentí como Alicia ante el conejo.) ¿No sentía curiosidad por ver la estatua de Ana Ozores y comprobar que él no era un embustero? ¿No me interesaría darme una caminata virtual por el Museo del Prado o las calles de Oviedo, o visitar la catedral en Youtube?

Aquello era demasiado. ¡El Prado, las calles de Oviedo, la catedral! Yo sería tan virtuosa como la Ozores antes de caer, pero toda resistencia tiene sus límites.

—Conste que voy nada más que a conocer el mentado Youtube —le advertí mientras bajábamos las escaleras de la facultad.

—Claro, mi cielo, claro. Pero puesto que no estamos en clases ya te puedo tratar de tú, ¿verdad?

—Eh… bueno.

Aunque procuraba disimularlo, mi ego subía como la espuma gracias al interés que aquel muchacho me mostraba. Porque don Víctor, con su problema del alma… del almanaque, como decía él, y su cariño soso de abuelito cansado no contribuía a elevar mi autoestima. Hacía más de dos meses que no me hacía ni un arrumaco de consolación.

Yosván abrió la puerta de cristales y la sostuvo galantemente para que yo pasara. Me encontré en un vestíbulo limpio e iluminado, frente un mural que ocupaba toda la pared y en el que se veían palmeras, playa azul y dos bañistas de caballera azafranada. Tomándome del brazo, el muchacho me condujo hasta un ascensor moderno y reluciente que se deslizó hacia los pisos superiores en un silencio tranquilizador, sin crujidos ni chirridos metálicos. Junto a nosotros había montado un tipo bien vestido, que olía a colonia extranjera y llevaba en la mano un móvil. Yosván lo saludó tratándolo de coronel. Vamos, que estábamos en las altas esferas. En el paraninfo, como lo llamaría mi amiga Gisela San Juan. Yo, que una vez había sido parte de ese mundo, por los contactos de mi padre, no pude evitar una ráfaga de añoranza…

Al entrar al apartamento me recibió una bocanada de aromatizador de fresa. El ordenador se erguía orgulloso en medio de la sala. También había un televisor de pantalla plana, un teléfono inalámbrico y otro par de aparatos que no logré identificar. Me creí transportada al escenario de una película del sábado por la noche, uno de esos bodrios americanos que le gustaba ver a mi marido. Al mismo tiempo, sentí un alfilerazo de vergüenza —vergüenza de tener un televisor ruso en blanco y negro, de vivir en un apartamentico de Centro Habana y de no haber sido presentada a aquello lejano y misterioso que parecía llamarse YouTube. Y maldije al general Ochoa, que había sido, al menos en mi opinión, el causante de la desgracia de mi padre y de nuestra expulsión del paraíso del que, aparentemente, sí formaba parte Yosván…

El muchacho se despojó de la camisa y la tiró sobre una silla. Y con los bíceps al aire, haciéndome salivar el muy alardoso, encendió el ordenador y me dirigió una sonrisa que quería ser de lobo feroz, pero en la que yo veía más bien a una ingenua Caperucita macho.

—Ahora te vas a convencer.

Resultó que era cierto: aquella estatua era de la Regenta, no en carne sino en bronce rediviva. Era ella misma, leyendo un libro (¿místico?). Era ella, con su perfil perfecto y su rostro inclinado. ¡Era ella! Ay, Ana, hermana. Con la nariz pegada a la pantalla pasé varios minutos en silencio devoto, aspirando el olor virtual de Vetusta y recorriendo mentalmente el atrio de la catedral. El corazón me palpitaba como a una quinceañera que se encontrara por primera vez frente a un actor idolatrado. Allí estaba La Regenta detenida en el tiempo. Páginas transmutadas en metal y enraizadas ya para siempre en la ciudad lluviosa de Clarín.

 Ahora, aquel sombrerón con tantos adornos siguió pareciéndome exagerado. En todo caso, uno así pertenecería a la descocada Obdulia Fandiño que “después de saberse en el pueblo la catástrofe salió a la calle con su sombrero más grande y su vestido más apretado a las piernas y sus faldas más crujientes, a tomar el aire de la maledicencia.” Pero Yosván no había tirado un farol en la clase, como me recalcó señalando implacable al monitor.

—¿Tenía o no tenía razón, profe?

Y no me quedó otro remedio que confesar, avergonzada, el error cometido. Mientras tanto, Yosván se estiraba y flexionaba los músculos, haciendo humedecer lastimosamente mi decoro profesional.

Después nos pusimos a navegar en la red —otro término que aprendí esa tarde de mi iniciación internáutica. Fue una revelación cual las que recibían los místicos de la Edad Media. Fue un resplandor de pixeles que me cegó. Y entonces comprendí el entusiasmo de Yosván. ¡Aquello era la vida a todo color, más brillante y más plena que la del día a día que nos había tocado en suerte! Una vida que bullía a miles de millas del ordenador y que parecía, sin embargo, tan cercana como la pantalla que rozaba con mis dedos temblones.

Las imágenes se sucedían con un clic del ratón. Grandiosas, increíbles, aburridas o absurdas, decentes e indecentes, llegaban a marear. Jovencitas y viejas como las echó Dios al mundo, tipos en cueros vivos y todas las combinaciones posibles e imposibles de amor y desamor. Mensajes públicos de gentes que no se podían ver y se insultaban en las páginas sonoras y a colores de la red. Cartas anónimas, recados sin destinatarios. Páginas de esa gran novela escrita por un billón de manos que es la blogósfera mundial. La web. El gran huevo virtual.

Y una aquí, San Webito, suspiré. Una aquí, luchando para conseguir cintas de máquina y sostener, por un hilo enchumbado en tinta, la vida de una traqueteada Underwood o de una traqueteante Smith-Corona. Una aquí, alumbrándose con velas cuando se va la luz, igual que la Regenta cuando entraba de noche al despacho de su marido. Una aquí, en la islita jurásica. Y afuera toda la academia montada en un pie cibernético. Monografías sobre Clarín. Libros que lo interpretan y lo reinterpretan. La Regenta completa, la novela que alguien copió de nuevo, palabra tras palabra del Maestro, para colgarla de la red.

Tan deslumbrada estaba que antes de darme cuenta le consentí a Yosván lo que Obdulia Fandiño, la viudita vetustense de rompe y rasga, llamaba tonterías. Cuatro besos vertiginosos, sus manos imantadas a mi pechuga (rozando a veces la cosita, ay) y un restregón de alivio a la bragueta del galán, que quedó más que satisfecho… Por mi parte, entre el nerviosismo, el miedo a que nos descubrieran y la novedad de YouTube, me fui en blanco.

Tampoco tuvimos demasiadas oportunidades para desbocarnos pues pronto apareció en escena todo el familión. La primera fue la hermanita de Yosván, una quinceañera con pelado de recluta que desde que llegó puso el estéreo al máximo volumen. La segunda fue la madre, de cabellera azafranada como las bañistas del mural y luciendo esa sonrisa artificial, dibujada en Revlon, de quienes cobran su sueldo en moneda dura. Entró poco después que nosotros, dejó las llaves de un coche sobre la mesa del comedor y me examinó de arriba a abajo por encima de sus gafas de sol —elegantísimas, enormes y obviamente made in el extranjero.

—La vieja es secretaria ejecutiva de una corporación canadiense —me informó Yosván.

“La vieja” (que era contemporánea mía) se metió en la cocina, de donde salió al poco rato un aroma perturbador a puerco asado con cebollas. Lástima que no me invitaran a probarlo. Pero ¿qué me iban a invitar, cuando no me ofrecieron ni un vaso de agua fría? El dulce cuadro familiar lo completaba el abuelo de los muchachos, un viejo que se paseaba por la sala en calzoncillos, arrastrando unas chancletas de palo y recitando un monólogo digno del festival de teatro:

—Que si uno se cambia de ropa en el balcón, que si deja la puerta del baño abierta cuando mea, que si esto y que si lo de más allá. Pues si tanto les molesta, ¿para qué se quedan mirando como unas siguapas? Que pasen de largo… De largo no se viste nadie ya. Las mujeres de hoy son unas descaradas y hay que amarrarlas corto como el pelo de mi nieta que le ha dado por llevarlo al cero como si estuviera en el servicio militar. Mientras el otro, el dizque macho, lleva una melena a lo Shirley Temple. El mundo está perdido y luego dicen que si yo.

—No le hagas caso, que está chocho —susurró Yosván.

La cabeza me daba vueltas. El retozo venéreo, el barullo de la música, el reclamo olfatorio de la cocina y la cantaleta del cáncamo exhibicionista me habían puesto nerviosa. Me levanté y le eché una última ojeada al video de YouTube.

—Me voy —dije.

—¿Por qué no te quedas un ratico más y seguimos explorando la red? Todavía no hemos llegado al Prado.

—Otro día… Estoy apuradísima, adiós.

Me dio un beso, que no le devolví, y corrí al elevador sin despedirme de la parentela. Estaba avergonzada y molesta conmigo misma. ¿Cómo iba a encarar de nuevo a Yosván en el salón de clases después de aquel desliz? ¿Y si lo comentaba con otros estudiantes, si le daba por alardear de sus atrevimientos? Después de todo, no era más que un muchacho calentón… ¿Y si se enteraban los otros profesores, la decana y hasta el propio don Víctor? ¡Qué vergüenza! ¿Por qué me había dejado manipular como una chiquilla sin experiencia? Había metido las patas hasta el cuello… por culpa de YouTube.

© 2013 – 2014, Teresa Dovalpage. All rights reserved.

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Teresa Dovalpage

Teresa Dovalpage nació en La Habana en 1966 y ahora vive en Taos, Nuevo México. Tiene un doctorado en literatura y es profesora universitaria. Ha publicado cinco novelas entre las que se encuentran Muerte de un murciano en La Habana (Anagrama, 2006; finalista del premio Herralde), A Girl like Che Guevara (Soho Press, 2004) y El difunto Fidel, premio Rincón de la Victoria (Renacimiento, 2011) así como varias colecciones de cuentos. The Astral Plane, Stories of Cuba, the Southwest and Beyond es su último libro, publicado por University of New Orleans Press en 2012.