SaludoAnfibioLuego de haber sido despedido “injustamente” de mi trabajo por haberme presentado con documentación falsa, me di cuenta de que sin papeles y con mi inglés masticado lo único que podía hacer era buscar un “trabajo de supervivencia”. Entonces me enteré por casualidad de lo bien que se paga en este país por las clases de natación. Recordé mis años juveniles dedicados a practicar y enseñar este deporte, mis cursos de salvataje, de trampolín, de buceo —snorkel y scuba— y de supervivencia en la Escuela de Comandos de la Fuerza Aérea, y hasta mi viaje a Hawai y la isla de Maui, donde por doscientos dólares te graduabas en una mañana de “Diver in Shallow Water”. Mi extraña memoria me hizo recordar todo, menos que ya habían pasado más de veinte años desde la última vez que entrené y que actualmente “la Magdalena ya no estaba para tafetanes”…

Luego de un par de entrevistas en un Swimming Gym, aceptaron contratarme con la condición de que obtuviera la licencia americana de Swimming Teacher, para lo cual me recomendaron que siguiera un curso acelerado para expertos en natación patrocinado por la American Red Cross (Cruz Roja) y ofrecido en el Aqua Center de la Florida International University (FIU), Biscayne Bay Campus. Me inscribí y empecé de inmediato, a pesar de que me dijeron que mejor siguiese el curso regular, ya que el acelerado era para gente en ‘training’ (creo que quisieron decir “más joven”).

Cuando ya me estaba desanimando, recordé que Daniel Carpio, ‘Carpayo’,  (recordman peruano de estilo espalda) nadó en cuatro Olimpiadas, cruzó a nado el Estrecho de Gibraltar, el Canal de la Mancha y el río de La Plata, esto último a los 72 años de edad.

En el Aqua Center pude percatarme de que nadie llegaba a los treinta años y todos menos yo tenían una figura con la cual podían modelar en una pasarela europea. En vano busqué una panza amiga para sentirme en familia, pero nada, ni por embarazo, ni una papadita. Como examen de ingreso me pidieron dos drills (una ida y vuelta) en la piscina olímpica (de cincuenta metros) nadados con perfección coreográfica por cada uno de los seis estilos requeridos, un total de seiscientos metros… Solo Dios sabe cómo pude terminar este test; no sabía si estaba nadando mariposa (butterfly) o “polilla”… en espalda (back crowl) sentía puñaladas en el hombro y mi estilo pecho (breastroke) parecía “barriga”. En libre (front crowl), elementary backstroke, sidestroke y buceo no tuve problemas, pero cuando terminé la pruebita me enganché en los separadores mientras miraba el rostro risueño de mi bella acompañante norteamericana lleno de lucecitas de Bengala. Recobré el conocimiento luego de dos segundos y cuando ella ya se disponía a darme respiración artificial. Felizmente no me tocó nadar con el marica grandote de al lado: era de esos a los que les dicen “Jabón Marsella: un gigante delicado”.

Antes de que me mandaran a hacer cualquier otra gracia que pusiera en peligro mi vida, me adelanté y pedí permiso para ir al baño, donde lo único que hice fue tirarme a una banca como un estropajo durante más de diez minutos para recobrar mi metabolismo basal antes de que me sobreviniera un infarto al miocardio. Y como todo me estaba dando vueltas, me daban ganas de esperar que pase mi casa para meterme y no volver… Primera vez en mi vida que nado rezando, y como acostumbro cerrar los ojos para rezar, recibí la bendición del Espíritu Santo al estrellarme de cabeza contra las mayólicas, lo cual indicaba que se había terminado la piscina y debía regresar con vuelta olímpica, si así se podía llamar a un volantín mal hecho que me salió con las justas. Mi pareja de pista, ex campeona cubana de natación, tenia mejores piernas que Beyoncé y me sacaba tremenda ventaja con su pataleo, exigiéndome como a remero vikingo hasta que los ojos se me saltaban y mi válvula mitral amenazaba hacer huelga con la tricúspide, apoyadas en un “piquete rojo” por la aorta y la vena cava…

Los demás días fueron igual de sufridos, salvo una noche en que hacía un frío terrible y nos pusieron a practicar técnicas para mantener la temperatura en el agua, así que terminé abrazado como un pulpo a una italo-norteamericana de veinte años, y luego con todas las demás, finalizando con un “todos contra todos” que ya parecía orgía: hasta me ruboricé. Yo no quería, pero era obligatorio… Después de breves momentos de tibia alegría siguió la masacre: nunca tragué tanta agua de piscina, menos después de convertirme en un nadador experto. Así, día a día me preguntaba ¿qué hago yo acá? Estos gringos siempre se toman las cosas demasiado en serio. Por más que les decía que no pensaba participar en las próximas Olimpiadas, ni ser astronauta, ni ganarle a Mark Spitz ni a Michael Phelps, ni filmar Tarzán a lo Johnny Weissmuller, igual me dieron como a campana de bombero.

El día previo al examen final nos llevaron a la piscina de saltos ornamentales y casi todos se orinaban de miedo menos yo, que aparte de ser paracaidista solía saltar de niño en trampolines elevados; lo malo es que aquellos eran de plataforma fija y los de acá tenían board (tabla) flexible. Mi primer salto con este aparato fue una experiencia nueva: traté de hacer una ‘carpa’, pero la bendita tabla no solo me elevó como cuatro metros más de los tres que ya tenía el trampolín, sino que me dio un efecto de ‘hoja seca’, de tal forma que cuando caía no sabía para dónde estaba el agua y terminé estrellado como huevo frito en paila de cocinero ambulante. Salí del agua como un Bambino, esos helados bicolor, la mitad blanco y la mitad rojo. Los instructores me dijeron sorprendidos que era la primera vez que veían tal acrobacia, y les aseguré, entre accesos de tos, que también sería la última.

Para los próximos saltos tuve la previsión de medir bien mis pasos y tomar un impulso adecuado, manteniendo la postura erguida y elegante, con movimientos vigorosos y seguros y con la determinación de un clavadista de Acapulco. Igual me saqué la mierda cuarenta y siete veces más antes de que me salga la bendita ‘navaja’, la ‘bala de cañón’ y un ‘ángel quebrado’ que más parecía Batman borracho. Los últimos saltos subí al trampolín casi sollozando, seguro de que se venía el trancazo. Encima de todo, nos dieron tres librotes en inglés para leerlos en cinco días y nos tomaron el examen final sin aviso, y por supuesto en inglés. La verdad es que hasta ahora no sé cómo aprobé los exámenes: Dios debe haberse apiadado de mí. La cosa es que ya tengo la certificación para enseñar en todo el país, aunque todo el curso me he sentido como el niño que le preguntaba a su padre: “¿Papi, falta mucho para llegar a Europa?”, y este le respondía: “¡Cállate la boca y sigue nadando!”.

GinoNzski

Florida International University Library

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Gino Winter (a) "Ginonzski": Nació en los Barrios Altos, Lima-Perú, de padre suizo-anglosajón y madre ítalo-peruana. Estudió Ingeniería Industrial en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Fue comando-paracaidista de la Fuerza Aérea, gerente de negocios y de riesgos en un gran grupo financiero y finalmente trabajador ilegal en varias ciudades de USA. Desde hace algunos años funge como escribidor. Crónicas Ilegales es una columna de humor negro que cuenta las experiencias tragicómicas de un inmigrante ilegal en su lucha por sobrevivir en diferentes ciudades norteamericanas, especialmente en Miami.
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