ginoEstaba trabajando como “pionono” (peón, obrero) hindú (indu-cumentado), armando escenografías en un hotel de cuatro estrellas en Doral City, Miami, cuando se me acercó un manager nicaragüense preguntándome si hablaba inglés, porque necesitaban un bartender (barman, cantinero) bilingüe. Le dije que sí, pero que yo no era bartender, ni siquiera tomaba alcohol. Hace más de treinta años que no me emborrachaba, desde las épocas del Gran Chaparral en San Marci University (UNMSM) y el bar “La vida no vale nada”, en los Barrios Altos.

Con su mejor sonrisa me ofreció doscientos dólares más tips (propinas) por cuatro horas de trabajo y me explicó que solo iban a servir seis tragos preparados y lo demás sería vino, cerveza y güisqui. En media hora me enseñó a prepararlos y servirlos, también a cortar limón y a poner los sorbetes, removedores y servilletas. Aún no había terminado su clase cuando se abrió la puerta del salón, y en menos de lo que se persigna un cura loco una manada de gringos arremetió contra la barra, como los toros en la feria de San Fermín, inquiriendo por todo tipo de tragos, a lo que yo respondía azorado: “Only Screwdriver, Seven & Seven, Ron & Coke, Madras, Vodka Cran and Gin Tonic”.

Luego de los nervios iniciales, las copas rotas y los vestidos salpicados, la cosa se puso interesante cuando vi el jarrón de vidrio de los tips repleto de billetes y dos modelos borrachas recostadas en la barra y hablándome con un cariño inusual para mi costumbre desde que entré en quiebra financiera. El presidente del hotel quedó impresionado y me pidió que el fin de semana atendiera el bar de su lujosa mansión en un almuerzo de gala que daba a sus familiares recién llegados del extranjero. Le dije que era la primera vez que hacía de bartender y que solo sabía hacer seis tragos. Respondió inexorable que si en media hora aprendí seis tragos, en el día y medio que me quedaba podría aprender diez veces más. Allá él…

Entré a internet y revisé la lista de los cien tragos más populares; me aprendí de memoria los treinta primeros y me fui al ágape con las recetas en la cabeza, sin haber preparado ninguno. Encontré la barra llena y la primera opción se la dejaron a una dulce ancianita octogenaria que me pidió un Martini. Procedí a preparar el primer Martini de mi vida y, al probarlo, la vieja de mierda (le decían “filo de sartén” porque solo servía para romper los huevos) espetó que era el trago más asqueroso que había probado en su vida. Felizmente su hijo lo probó y me dijo que no me preocupara, que era la primera vez que su madre, que lo parió, probaba un Martini, y que ella se lo imaginaba dulce. Se lo convertí en Cosmopolitan y a la gárgola le gustó.

Me pasé la noche preparando tragos, a pesar de que las recetas se me confundían u olvidaban. Verbi gratia, un sacerdote me pidió un Kamikaze (Vodka, Triple Sec y limón) y, como yo del nombrecito de marras solo recordaba que aludía a un piloto suicida japonés, le metí cuanto licor encontré en la barra y el cura terminó flotando en la piscina, con sotana y todo. Felizmente la mayoría de personas no sabían lo que estaban pidiendo… y yo menos. Una señora tapizada en piel en pleno verano me pedía su vino “cabaret-sabañón” o si no nada. Solo le pude conseguir un Cabernet-Sauvignon, pero quedó contenta. Un cubano-gallego se mataba pidiéndome “un Echevarría”. Luego de dos horas de prepararle cada menjunje que para qué les cuento, me dijeron que lo que el tipo quería era un güisqui “Chivas Regal”. A pesar de todo salí de la fiesta con los bolsillos llenos de billetes y la camisa manchada de lápiz labial y rímel. Hace más de un año que sigo en este plan, y hasta conseguí trabajo fijo en una discoteca de Coral Gables. No sé a cuánta gente habré envenenado hasta ahora (dicen que para esto hay que tener licencia, no sé), pero me queda la satisfacción que todos mis clientes, mayormente guapas señoras menopáusicas, se divierten en mi barra.

Espero que no me pase nada parecido al cuento ese donde un caballo llega a un bar y pide una cerveza:

– ¿Qué me mira cantinero?

– Disculpe, es que nunca antes había venido un caballo a mi bar.

– ¡Y qué cosa quieres, con los precios que estás cobrando, desgraciado!

GinoNzski.

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Gino Winter (a) "Ginonzski": Nació en los Barrios Altos, Lima-Perú, de padre suizo-anglosajón y madre ítalo-peruana. Estudió Ingeniería Industrial en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Fue comando-paracaidista de la Fuerza Aérea, gerente de negocios y de riesgos en un gran grupo financiero y finalmente trabajador ilegal en varias ciudades de USA. Desde hace algunos años funge como escribidor. Crónicas Ilegales es una columna de humor negro que cuenta las experiencias tragicómicas de un inmigrante ilegal en su lucha por sobrevivir en diferentes ciudades norteamericanas, especialmente en Miami.