Rodrigo Núñez Carvallo

Hace 30 siglos el rey asirio Asurbanipal II ponderó sus virtudes en una tablilla con escritura cuneiforme. Casi al mismo tiempo Homero menciona el jugo de adormidera en la rapsodia IV de La Odisea. Helena de Esparta, luego de la guerra de Troya, vierte una droga en el vino de un banquete. El “opión” disipa el llanto y la cólera. Hace olvidar cualquier pena. Siglos mas adelante Plinio el viejo nos cuenta que los romanos hacían uso de esta sustancia para entregarse a una muerte digna y acortar la agonía. También refiere que en los templos de Esculapio los enfermos eran recibidos con una poción que producía una ensoñación sanadora.

Recién en el año mil de nuestra era, el sabio persa llamado Avicena advierte de sus efectos perniciosos. «Debilita la mente, reduce la conciencia, entorpece las decisiones racionales, obstruye la digestión y finalmente provoca la muerte». Curiosamente el autor del más completo Canon Médico de aquella época murió de una intoxicación opiácea. En el siglo XIX el comercio y tráfico de esta peculiar sustancia desató dos guerras. El contrabando de la droga convirtió a Inglaterra en el primer narco-estado de la historia y a China en un inmenso fumadero. Pero más allá de que fuera sinónimo de esclavitud y embrutecimiento, muchos artistas se dejaron subyugar por sus efectos en nombre de la libertad y la exploración creativa.

 

LOS ROMANTICOS Y LA LIBERTAD

Estamos hablando del opio, infierno y medicina al mismo tiempo,
panacea y veneno por igual. Quizás por este doble carácter maravilló a los escritores del romanticismo que lo consumieron bajo la modalidad de làudano. Esta tintura de opio, preparada con la fórmula del alquimista Paracelso, era por entonces el único calmante eficaz contra el dolor y se vendía libremente.

Los poetas Goethe, Novalis, Percy Shelley, Lord Byron, Wordsworth y John Keats fueron asiduos bebedores de láudano que incluía entre sus componentes vino español, opio, azafrán, clavo y canela. Sir Walter Scott para poder olvidarse de sus sucesivas apoplejías tomaba 800 gotas diarias, cantidad letal para cualquier mortal que no hubiera desarrollado tolerancia. Samuel Taylor Coleridge (1772-1834) había ingerido láudano desde la infancia y bajo sus efectos ensoñadores escribió el poema dedicado a Kublai Khan, tan alabado por Jorge Luis Borges:

¡Oh sima de misterio, que se abría
bajo la verde loma, cruzando entre los cedros!
Era un lugar salvaje, tan sacro y hechizado
como el que frecuentara, bajo menguante luna,
una mujer, gimiendo de amor por un espíritu.

Pero fue Thomas de Quincey quien primero abordó el opio como tema literario. En sus célebres “Confesiones de un comedor de opio ingles” (1821) hace inicialmente la apología de su poder: Tú tienes las llaves del paraíso, ¡Oh, justo, sutil y poderoso opio!. Sin embargo en la segunda parte de su testimonio, publicado por entregas en el London Magazine, narra la peripecia de su “desenganche” y los devastadores efectos de la abstinencia.

El poeta alemán Heinrich Heine (1797-1856) recurría a la morfina, que es uno de los principios activos del opio, para combatir la esclerosis múltiple que padecía.  Al otro lado del Atlántico, Edgar Allan Poe era también un habitual bebedor de láudano e incluso sobrevivió a un intento de suicidio por sobredosis en 1848. No está descartado que su misteriosa muerte ocurrida un año después, se deba a un envenenamiento con láudano, alcohol y otras sustancias psicoactivas.

LOS MALDITOS
No es gratuito que Charles Baudelaire (1821-1867), el precursor del simbolismo, no solo diera a conocer a Poe en francés, sino que heredara la misma tentación del desenfreno. Ya en Las flores del mal (1957) sentenciaba:

el opio agranda lo que es ilimitado

ensancha lo infinito

hace profundo el tiempo, ahonda los goces,

y de placeres oscuros y lúgubres

colma el alma más allá de su capacidad

En su ensayo Los paraísos artificiales (1860) exalta otra vez el opio. Afirma  que rejuvenece, permite el olvido y ayuda a construir un arte profundo y a edificar ciudades maravillosas en el aire. Aunque al final del texto advierte sobre los peligros de su abuso. Baudelaire tomaba láudano en grandes cantidades para aminorar los efectos secundarios del mercurio en el tratamiento de la sífilis.

La fascinación por el opio y lo exótico también aparecieron en las obras de renombrados autores ingleses como Charles Dickens (1812-1870), Oscar Wilde (1854-1900) y Arthur Conan Doyle (1859-1930), mostrando cuán profundamente había penetrado el opio en la Inglaterra victoriana. Fumarlo en largas pipas se hizo común, siguiendo la costumbre traída desde oriente.

Tampoco es un secreto que Arthur Rimbaud escribió Una temporada en el infierno bajo la influencia del opio. Su relación con Verlaine había provocado un escándalo de proporciones en Paris y ambos decidieron huir a Londres a mediados de 1872. Durante este forzado exilio rondaron los fumaderos de opio de la capital británica, que comenzaba a recibir una creciente inmigración china. Rimbaud logró hacer una edición limitada de su poema en prosa, entre cuyas líneas podía leerse: Mi salud se vio amenazada. Me invadía el terror. Caía en sopores de varios días, y una vez levantado, continuaba con los sueños más tristes. Estaba maduro para la muerte, y por una ruta de peligros, mi debilidad me conducía hacia los confines del mundo y de la Cimeria, patria de la sombra y los torbellinos.

FIN DE SIGLO Y BELLE EPOQUE

En 1882, Friedrich Nietzsche se enamora de Lou-Andreas Salomé y la pide en matrimonio. Ella lo rechaza y el filósofo entra en una grave depresión. En una carta a su amigo Overbeck, confiesa que siente una soledad tan prolongada que es demasiado para una persona. Durante unas semanas se refugiará en el opio e incluso intentará suicidarse con una fuerte dosis. Pero falla. En esos meses remontará su dolor escribiendo Así hablaba Zaratustra, pero cuando termina el libro reincidirá en la adicción que le alivia además los sufrimientos de la sífilis. En una carta nunca enviada a Paul Rée y Lou-Andreas Salomé, Nietzsche exclamaba: Esta tarde tomaré opio hasta perder la razón.

Julio Verne (1828-1905) también retrató el oscuro mundo del opio y de los opiómanos. Basta recordar un pasaje de La vuelta al mundo en 80 días cuando Fix y Picaporte ingresan a un fumadero de Hong Kong frecuentado por esos miserables, alelados, enflaquecidos, idiotas, a quienes la mercantil Inglaterra vende anualmente millones de libras de esa funesta droga, llamada opio.

Rudyard Kipling (1865-1936), el autor de El libro de las tierras vírgenes tiene un célebre cuento que se desarrolla en el fumadero de un chino en Calcuta: The Gate Of a hundred sorrows. El humo negro termina invadiendo la habitación y el alma del lector. La atmósfera de ensueño y muerte cautivó tanto a Borges que hizo una magnífica traducción al castellano con el título de La puerta de los cien pesares.

Entrado el siglo veinte los fumaderos de opio causaron furor en los círculos artísticos parisinos. Creadores como Guillaume Apollinaire, Alfred Jarry, Colette  y Pablo Picasso eran asiduos concurrentes de estas sesiones lúgubres y vaporosas. La vanguardia y el sueño se daban la mano. Pero la primera guerra vino a interrumpir la fiesta y la modorra. Muchos fueron reclutados y otros se refugiaron en sus buhardillas creativas.

VALDELOMAR Y LA CALLE CAPÓN

La madrugada del 4 de noviembre de 1917, Lima vivió un hecho inusitado. Un grupo de jóvenes entre los que se encontraban Abraham Valdelomar, José Carlos Mariátegui, Alejandro Ureta y César Falcón llevó a la bailarina rusa Norka Rouskaya al cementerio general. Bajo los acordes de la danza fúnebre de Chopin la musa semidesnuda danzó entre los mausoleos y las tumbas. Hacía pocos días que los bolcheviques habían tomado el poder en Rusia. Se trataba de un precoz acto simbólico.

Esta actitud profana y anticonvencional de Valdelomar y los colaboradores de Colónida, se extendía a otros aspectos de la vida. La mayoría asistía a los fumaderos de opio de la calle Capón, visitas a las que también eran asiduos César Vallejo, Haya de la Torre y Federico More.

Poco tiempo antes, Valdelomar había llevado al filósofo mexicano José Vasconcelos a una sesión de opio en el barrio chino. Durante aquellas horas suspendidas, Valdelomar que era un gran crítico conversó ampliamente con el escritor azteca, y alabó su pluma. Luego sentenció: ¿Conoce usted la prueba a que yo someto un estilo? Me pongo a ensayar un cambio de las palabras que ha usado el autor; si lo que yo sustituyo resulta mejor, el estilo es malo; si no puedo hallar un léxico más preciso, el estilo es bueno […] Su estilo es claro, es bueno”. Concluida la sesión de opio, Valdelomar se retiró. Dicen que Vasconcelos volvió alguna vez más para olvidar un amor contrariado.

Abraham Valdelomar era un habitúe de la calle Capón. Por lo general se hacía acompañar por un joven llamado Artemio Pacheco, que a todas luces era su pareja y fungía de secretario. Luis Alberto Sánchez en su libro “Valdelomar o la Belle Epoque”, lo describe así: Artemio […] era un muchacho con habilidades de negociante,… De ojos azules y fríos como la hoja de espada, de mentón afilado y rizos castaños, sonrisa de ángel, delgado como un pez, sutil como un chino,… Llevaba (como Valdelomar) un ópalo en el índice diestro y también consumía opio. Era irreverente y desprejuiciado. Hijo de una conocida familia capitalina…

Valdelomar era un provocador y un iconoclasta que vivía raudamente quizá intuyendo que moriría pronto. Además de opio aspiraba cocaína, éter y cloretilo, e incluso algunos sostienen que se inyectaba morfina. Debido a ello se tejió una leyenda negra que ensombreció su vida y las circunstancias de su muerte. Que cayó en un pozo séptico, que huyó de la cena de gala que se ofrecía en el hotel Bolognesi de Huamanga para inyectarse una dosis de morfina, que rodó por unas escaleras de piedra y se partió la columna. Nada de ello es relevante. Lo único incuestionable, como dice Víctor Hurtado, es que Valdelomar fue un genio zambo y democrático, y el mejor escritor peruano que no llegó a serlo: murió a los 31 años, con toda su obra esperándolo.

LA POSGUERRA DEL OPIO

Cuando en 1917 la tifoidea acaba con la vida de su amante, (el precoz novelista Raymond Radiguet), Jean Cocteau (1889-1963) se refugia en el opio. Se hospeda en hoteles de poca monta y evade su dolor con largas bocanadas de humo negro. Fumar opio es abandonar el tren expreso que corre hacia la muerte, dice el poeta.  Opio, diario de una desintoxicación recoge los diarios del artista durante su tratamiento en un sanatorio durante 1923. En este texto con hermosos dibujos y autorretratos, Cocteau confiesa: Escribir es, para mí, lo mismo que dibujar: anudar las líneas de tal suerte que se transformen en escritura, o desanudarlas de tal suerte que la escritura devenga dibujo.

Pero en el convulsionado Paris de la primera posguerra, Cocteau no es el único opiómano. El nervioso Antonin Artaud (1907-1948) también se somete a la ebriedad del olvido cada vez que la vida se le desmorona. A consecuencia de ello, el brillante poeta surrealista y creador del teatro de la crueldad, termina alojado en sanatorios mentales y sometido a crueles electroshocks. En alguna ocasión Antonin Artaud le confiesa a Anaís Nin: Hace quince años que me drogo con opio. Me lo dieron por primera vez cuando era muy joven, para calmar los terribles dolores de cabeza que sufría. A veces creo que, en vez de escribir, lo que hago es describir la pugna por escribir, la pugna por nacer.

Los nuevos aires de la vanguardia llegan también al Perú. En 1929 José Diez Canseco termina Duque, una novela ambientada en la Lima de Leguía, que se adelanta al realismo urbano de los cincuentas. Publicada inconsultamente por Luis Alberto Sánchez en 1934, la novela despertó un gran escándalo por la crudeza del retrato de la clase alta limeña. Sexo, pocos escrúpulos y drogas constituían un cóctel demasiado potente para la época, lo que ocultó el vanguardismo y las innovaciones estilísticas del texto. Teddy Crownchield, el protagonista, se entrega a los placeres del opio en los Barrios Altos, huyendo de su trajinada vida. Pero más allá de la anécdota, son las innovaciones estilísticas del texto, lo que la convierten en una obra precursora del gran Julius de Bryce Echenique.

El novelista alemán Ernst Jünger, fue también un diligente investigador de las sustancias prohibidas. Durante una larga temporada en la Francia ocupada por los nazis, frecuentó los fumaderos de opio del Sena y acuño la palabra psiconauta, para referirse a sus exploraciones del espíritu. En 1970 publicó un libro tan polémico como su vida: Acercamientos. Drogas y ebriedad.

Pero tendremos que esperar a la generación Beat de Allen Ginsberg, William Burroughs, Neal Cassady y Jack Kerouac para que las drogas retornen al  escenario literario, anticipándose a la revolución hippie y la psicodelia. Beat era sinónimo de acabado, de misio, de pastrulo neoyorquino en los años cincuenta. Los beats caminaban toda la noche con los zapatos llenos de sangre, por los muelles repletos de nieve, esperando a que en East River se abriera una puerta a un cuarto  saturado de vapor y de opio’. Así lo expresa Allen Ginsberg, en su gran poema: Howl (aullido).

Jack Kerouac, el célebre autor de On the road, también se entregó a los poderes opiáceos. En su Coro 34* podemos leer:

Estoy explorando simplemente almas & ciudades

Desde el punto de vista privilegiado

De mi torre de marfil construida,

Construida con la ayuda

del Opio

Eso basta, ¿verdad?

William Burroughs era quizás el mas iconoclasta y violento de toda la generación. En 1953 publicó en seudónimo Yonqui, una suerte de radiografía íntima de sus múltiples adicciones. En aquel libro Burroughs certifica: Uno se hace adicto a los narcóticos porque carece de motivaciones fuertes en cualquier otra dirección. La droga se impone por defecto. Luego en El almuerzo desnudo (1959) confiesa que a lo largo de doce años ha usado opio, y que lo ha fumado y tomado oralmente, pues la inyección subcutánea provoca abscesos.

Es quizás poco conocido que William Burroughs, como un viajero impenitente visitó Lima y Pucallpa a comienzos de 1953, en busca de las visiones del ayahuasca. Sus apuntes de viaje y las cartas que le escribe a Allen Ginsberg contándole de su experiencia, serán publicadas posteriormente bajo el título The yage letters. Aunque no existen testimonios de dicha estancia en nuestra capital, es fácil imaginarlo entre hoteluchos de la Parada y alguna incursión entre los últimos fumaderos de la calle Capón.

Sin duda, casi todos los escritores que sucumbieron al opio, intentaban convertir a la literatura en un arma de los espíritus lúcidos y alertar contra el letargo y el sopor de la sociedad contemporánea, para finalmente abrir las ventanas a nuevos sueños. Los de la libertad y el arte…

© 2012 – 2014, Rodrigo Nuñez Carvallo. All rights reserved.

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Escritor y pintor nacido en Lima, Perú. Estudió sociología en la Pontifice Universidad Católica del Perú y ha publicado "La comedia del desierto" (novela) y "El sembrador de huarangos" (cuentos). Dirigió la revista Umbral y vive desde siempre en Barranco. su Ultima Novela, Sueños Bárbaros, publicada por la editorial Peisa, ha sido acogida gratamente por la crítica.