Publicada por la editorial italiana Edizioni Anordest, aún permanece inédita en español.

Capítulo UNO

 

Suiza, 1978

Wardas destapó el cadáver con un gesto brusco, de asco, y Galtcho se tapó la nariz ante el golpe del hedor que se regó por el cuarto cerrado: La oscuridad sobre ellos; la luz de la lámpara de mano apuntando sólo hacia la cara blanca del muerto, hinchada, de cuencas ya hundidas y pómulos pronunciados, el silencio aplastándolo todo. Hasta la respiración. Rob Streicher, la mano enguantada a modo de cuenco tapándose boca y nariz, miró la cara del muerto, asintió levemente, “sí, es Chaplin”, se dijo, y volvió a cubrir el cuerpo con la sábana donde lo habían enredado sus dos ayudantes, un par de horas atrás, después que lograron arrancarlo al duro abrazo de la tierra, en el cercano cementerio de Vevey.

— ¿Seguro que es Chaplin? – masculló Galtcho, la voz enredada, casi un graznido bajo.

— ¿Quién más puede ser, hombre?… ¿Jesucristo? – se burló Wardas.

— Es él – confirmó Streicher y señaló a una puerta, al fondo –. Métanlo en ese cuarto. Y cúbranlo bien.

Aunque ya conocía el olor de la carne humana podrida, los años (sí, más de treinta ya) lo habían hecho olvidarse de la fuerza del hedor. Picante hedor. Agresivo hedor. Pegajoso. Más corrosivo y galopante que el óxido. Y aquel choque con un olor tan conocido, detestado con esa fuerza con que se odia lo que alguna vez se amó, además de activarle esa hormona que destapa en el cerebro el viejo cajón de los recuerdos, le clavó en el estómago un estremecimiento que tampoco sentía desde aquellos lejanos años. “Otra vez el miedo, Rob”, se dijo.

— ¿Dijo algo, señor? – soltó Galtcho, ya de camino junto a Wardas hacia el cuarto del fondo, volteando la cabeza hacia donde Streicher esperaba, mirándolos cargar el cadáver.

— Que envuelvan bien el cuerpo con las sábanas que hay en el armario y le tiren encima todos los edredones que encuentren – mintió, aunque pensó que la idea no era nada mala: “esa maldita peste no nos puede joder la fiesta”, volvió a murmurar, esta vez seguro de que los otros ya no podían escucharlo.

¿Por qué esa bestia neblinosa del miedo lo perseguía de nuevo? Muchos años le había costado alejarla, mantener sus gruñidos rabiosos a raya, irle cortando lentamente sus habituales zonas de caza, hasta que un día descubrió que su presencia intimidante se había evaporado. Miró a todas partes. Lo recuerda. Incluso dentro de sus sueños. Pero las noches, inexplicablemente, volvieron a ser tan seguras y tranquilas como aquellas lejanas madrugadas de su juventud, cuando tiraba sus huesos sobre el colchón caliente de su cuarto en la casona de los oficiales, allá, en el campo de concentración de Sachsenhausen, en Oranienburg. ¿Qué la hizo regresar? ¿Por qué creyó sentir su gruñido, apagado sí, pero era su gruñido, “ese gruñido”, cuando se encontró una noche con aquellos dos mecánicos, refugiados como él en la apacible Suiza? ¿Eran sus pasos esos que lo hicieron despertar, varias noches después, con el mismo salto en la boca del estómago que sintió el día en que los rusos lo atraparon, escondido en un granero, en Nassenheide, a pocos kilómetros de Oranienburg? ¿Estaba allí la bestia, entre ellos, colgada de la enramada que tejía el hedor por todas partes?

— ¿Quién iba a decir que el famoso Charles Chaplin apestara tanto? – le oyó decir a Galtcho, que salía del cuarto del fondo, oliéndose las manos, la cara casi petrificada en una mueca de asco.

— ¡Todos los muertos apestan, animal! – soltó Wardas, miró a Streicher y movió la cabeza varias veces, en ese gesto típico de quien quiere decir “este no tiene remedio”, sin ni siquiera abrir la boca.

— ¿Crees que nos van a soltar el medio millón de francos si se los devolvemos así, tan apestoso? – dijo Galtcho, como si no le importara la recriminación de Wardas y pareciera sólo interesado en olerse, una y otra vez, las manos.

— Van a pagar, Galtcho, no te preocupes… — quiso decir Streicher.

— Sí, lo sé – le interrumpió el hombre, frotándose las manos como para arrancar la peste con el calor de la fricción, y su cara se le antojó a Streicher aún más estúpida de lo que normalmente era –. Lo que me preocupa es que dicen que cuando un tipo apesta tanto es que ya está a punto de reventar como un globo, vaya, y digo yo que no es lo mismo negociar con un muerto en toda regla y condiciones que negociar con los pedazos de un fiambre, ¿o no?

— Lo que importa es el cuerpo, hombre – le aclaró Wardas, que había ido a sentarse en una de las sillas de patas de hierro, junto a una vieja mesa de madera mala –. En pedazos o enterito, los familiares van a pagar ese dineral que le pedimos, ya verás.

Era estúpido oírlos. Desde que se le metió en la cabeza la idea de robar el cuerpo de aquel cabrón de Chaplin, una de esas luces que siempre le cargaban el cerebro de energía y luz le hizo saber que para un empeño así necesitaba dos tipos comunes, fácilmente manipulables, y no tuvo que pensar mucho para saber que el camino estaba marcado por un poderoso caballero, dueño y señor de los destinos de todos los hombres que habitaban esa bola perdida en el universo que el bobalicón de Gagarin, el cosmonauta ruso, había llamado “Planeta Azul”, muy equivocadamente, porque a esas alturas de su vida le bastaba mirar la historia de la humanidad para saber que el color perfecto para clasificarla estaba a millones de años luz del idílico azul y tenía el más mimético parecido a la tintura indefinible de la mierda. Una verdad irrefutable. Y en ese mundo de mierda, el único caballero que conservaba su brillo, su poder, y hasta su alcurnia antigua, era el dinero.

— Ustedes buscan lo mismo que yo – les dijo en su primer encuentro, sentados en las mesitas exteriores de un bar de Clarens, villa cercana a Corsier-sur-Vevey, donde la familia Chaplin tenía su residencia –. Pero yo, además, tengo los contactos que pueden facilitar sus planes.

Se jactaba de tener la fórmula exacta para manipular a tipos como aquellos. Venía de una familia así, pobretones, muertos de hambre que no tenían ni siquiera un lugar para morirse de hambre, aunque llevara décadas ocultándolo, negándolo, e incluso se sorprendió reconociendo en la rudeza de Wardas algunos gestos de su padre que creía olvidados, enterrados allá en ese pasado lejanísimo que era su niñez. Y esa marca de nacimiento y todos los años que llevaba observando a gente como Wardas y Galtcho, con la única intención de alejarse de ellos, ser distinto, elevarse a un sitio donde no pudiera alcanzarlo lo que llamaba “esa suciedad interior”, le permitía ir con pasos firmes hacia donde quería. Además, su conocimiento de la pobreza soterrada de la cual nadie quería hablar en la flamante y supuestamente perfecta Suiza, y su experiencia en materia de reacciones humanas ante situaciones límites, como la pobreza y la falta de esperanzas, le hizo estar seguro de que aquella idea: robar el cadáver de uno de los hombres más famosos del mundo en todos los tiempos y canjeárselo a la familia por una buena suma, no podía haber surgido únicamente en su cerebro. Realmente inconcebible. Sobre todo porque la mentalidad de los nativos de aquel paisito, perteneciente a ese engendro rarísimo y falso que los politólogos llamaban “Estado Moderno de Prosperidad e Igualdad”, se alimentaba a mordidas del morbo que la prensa incubaba cada día, y sería realmente un idiota quien no pensara que algo malo podría salir de toda esa información que se publicó alrededor de la muerte, el 25 de diciembre de 1977, de un hombre que, con respeto morboso, los periodistas catalogaban de “gloria del cine”, “eterno rey del humor” y, aún con más morbosidad, de “padre prolífico creador de ocho vidas con sus distintas esposas”, e incluso, todavía con más morbosa insistencia, de “Sir Charles Chaplin, multimillonario”, y hasta de “genio que tuvo la suerte de bañarse por igual en la fama y el dinero”.

— La mesa está servida, Rob – se había dicho uno de esos días, luego de leer alguna de aquellas noticias –. Sólo faltan los comensales.

Supo que sus planes habían sido aprobados, en el cielo o quién sabe dónde, por alguno de esos muchos dioses que la gente se inventa, cuando Ianko, uno de los muchachos que acababa de ingresar en su grupo Nación Pura y Libertad vino a la oficina de la empresa de seguros Gainer & Wolf, que dirigía desde hacía más de veinte años (sí, porque detrás del ilustre empresario Marcus Gainer había logrado encubrir perfectamente la historia de Rob Streicher, oscura y siniestra ante los ojos de ese mar de subnormales que poblaba aquel mundo), para decirle que la casualidad “y la vejiga que me reventaba ya de tanta cerveza” lo había hecho entrar al baño de un bar en las afueras de Vevey, donde pudo escuchar a dos hombres, un búlgaro llamado Galtcho Ganev y un polaco, Roman Wardas, que cuchicheaban algo: “si no me equivoco, creo que tienen la idea de robarse el cadáver de un famoso que acaba de morir”, le dijo el muchacho, “y como usted nos dijo que tuviéramos el oído alerta por si aparecía algo así…”.

— ¿Dónde dices que encontraste a ese par de idiotas? – preguntó después, cuando ya había desviado el rumbo del diálogo, con toda intención, hacia otras tareas del grupo.

— De dónde son, no puedo decirle – contestó el muchacho –. Pero si sé que caen habitualmente por ese bar: cuando salí del baño ya ellos estaban de vuelta en su mesa y mientras estuve allí con mis amigos, el dueño los llamó un par de veces por sus nombres. ¿Quiere que los busque con los demás?

— No – respondió rápidamente y sonrió: necesitaba que el muchacho olvidara aquel asunto, y creyó que lo mejor era demostrar agradecimiento  –. Haz hecho muy bien tu labor, Ianko. De esto me encargaré yo mismo.

París, 1942

 

Si alguna vez tuvieras que escribir una novela sobre París, escribirías de una ciudad arquitectónicamente asombrosa habitada por mariposas y ratas. Una ciudad en la cual, cada paso, es un gesto de asombro ante la majestuosidad, o la perfecta conjunción de las líneas, o las voluptuosas fachadas, o los sorpresivos estilos, variados y agresivos en algunos sitios, monótonos pero también agresivos, y hasta alocados pero igual de agresivos, de esa marca de distinción que convierte a esta especie de ínsula del mundo en un sitio especial de ese mundo que, afuera, parece latir con un ritmo menos luminoso.

— Las mariposas gustan de mostrar sus bellos colores, querido Emil – te había dicho, ¿cuándo?, no recuerdas ahora, esa rata de Henri Lafont, a quien alguno de tus jefes en Alemania había designado como jefe de la Carlingue, algo así como la Gestapo en la Francia ocupada, porque aunque era uno de los que creían muy útiles sus servicios para controlar la resistencia francesa, nadie podría negarte que un tipejo como aquel, que se pavoneaba frente a ti en tus usuales visitas a la sede de la Carlingue, en el 93 de la Rue Lauriston, pertenecía al peor grupo de gente que, según él mismo, pululaban en París –. Las ratas parisinas, se lo aseguro, son lo peor que le ha sucedido en siglos a esta ciudad.

Una clasificación curiosa, para qué negarlo. Y una prueba más del atinado olfato de tu querido amigo Goebbels, quien una tarde de lluvia en Berlín, unos meses atrás, antes de designarte esta misión en París, sentados mientras tomaban un vino recién traído de España, “es un regalo de nuestro Embajador allá”, había dicho, te comentó su teoría sobre la indigencia mental de esa rama menor de la especie humana que poblaba las naciones de Europa: “gente que necesita mentir, inventarse un retablo personal de embustes para creerse superior, Emil, los he estudiado bien”, y hasta se había empeñado en escribir algunos artículos donde demostraba la petulancia estúpida de los franceses, los italianos, los griegos, “para sólo hablarte de los más enfermos de esa estupidez, que siguen teniendo la mente anclada en los tiempos en que significaron algo para el mundo y no alcanzan a comprender que este mundo moderno estará en manos de quienes sepan borrar esas arcaicas fronteras de la geografía y la mente”. Por esa razón, creía Goebbels, los planes de expansión y conquista del Führer habían sido tan exitosos: “cuando colocas a esos estúpidos en el lugar en el que realmente viven, cuando los sacas de ese sueño de grandeza irreal y les plantas los pies en el presente, descubres que son una especie mentalmente inferior, una especie enferma de pasado, lo cual los hace fácilmente manipulables”.

Para la rata de Henri Lafont, el resto de los franceses eran seres inferiores, y aunque te asquea reconocerlo, el grado de inteligencia superior de ese tipejo de nariz larga y grandes orejas que muchas veces has tenido frente a ti en este año es haber descubierto que ganaría un poder verdadero, ilimitado, que dejaría de ser una rata parisina más de esas de las que él mismo hablaba, detestándolas por su condición de sucio y rastrero roedor, si ponía su larga carrera de delincuente al servicio de Alemania, lo cual, como para demostrar la teoría de Goebbels, lo hacía aún más manipulable. “Una rata casi blanca, de laboratorio”, has pensado alguna que otra vez, especialmente cuando lo has visitado en su residencia y disfrutas, burlándote para tus adentros, de su gusto por las ropas blancas, a pesar de que le has oído reconocer que “París es una ciudad tan sucia que vestir así es casi masoquismo”.

— Las mariposas parisinas jamás molestan – te ha dicho –. Son, digamos, como esas mariposas del campo que suele ser difícil atrapar pero que, finalmente, quedan allí, clavadas sobre el muestrario con un alfiler que le atraviesa el vientre, muertas y resecas, pero con algo que las hace distintas: hasta de ese modo, seca y muertas, mantienen el orgullo de su belleza.

— Animalitos domesticables… — dijiste, siguiendo la corriente de aquella lógica de la estupidez típica de Lafont.

— ¡Exacto! – le oíste decir –. De esas, lo hemos comprobado, no tenemos que preocuparnos. Suelen estar ocupadas por ahí, en las calles, en los bares, en los teatros, pavoneándose de ser parisinos, de vivir como parisinos, de comer y cagar como el mundo asegura que comen y cagan los parisinos, sin pensar para nada en meterse en los líos de la guerra contra nosotros. Lo que les importa es sobrevivir, como hace cualquier animal en la naturaleza.

— Pero eso facilita sólo nuestro trabajo en París – ¿querías ponerlo en un callejón sin salida limitando su tesis?

— Ese tipo de mariposas, querido amigo Emil – contestó, sin inmutarse, como sólo siguiendo el curso obstinado de las palabras que llegaban a su cerebrito –; esos animalitos domesticables, como usted los llama, son el mayor renglón exportable de este país.

— Quiere decir que toda Francia está llena de “esas”… mariposas – y recalcaste la palabra “esas”, dejando también un silencio, brevísimo pero sabías que efectivo, después.

— Todos los franceses son iguales, se lo aseguro – confirmó, alzando las cejas en un gesto suyo semejante a la petulancia, aunque más burdo, nada que ver con el mismo gesto en un hombre de alcurnia real.

— Animalitos domesticables – volviste a decir.

— ¡Anjá! – asintió –. El verdadero problema, quizás el único problema real que tenemos viene de los otros: de las ratas. Ya sabe, ésas pertenecen a lo que los comunistas llaman clases explotadas, unos tontos manipulables por cualquiera que quiera arrebatarle el poder a quien lo tiene.

— Como en la insurrección de 1789 acá, cuando la toma de La Bastilla…

Quedó en silencio. ¿Sabría de lo que estabas hablando o era uno más de esos millones de franceses para quienes La Bastilla era sólo un castillo viejo que fue atacado alguna vez, sin que puedan dar detalles de quiénes, por qué y cuándo lo hicieron? En el caso de Henri Lafont podía ser comprensible, sobre todo si seguías a pie juntillas esa lacrimosa historia de niño crecido en los barrios humildes de París, abandonado por su madre a muy corta edad y que estuvo abrazado horas enteras al cadáver de su padre, también siendo un niño que, por ese tristísimo destino, se hundió sin remedio, y según muchos por lógica natural de supervivencia, en el mundo de la delincuencia.

— Cuando la toma de La Bastilla – le aclaraste –, los burgueses que idearon el alzamiento popular manipularon maravillosamente a los pobres, a esos que usted muy bien llama tontos útiles y que, al final, cuando los ricos se pusieron de acuerdo entre ellos, lo único en que pudieron entretenerse fue en contar sus muertos, porque fueron ellos, los pobres de siempre, los que más muertos pusieron.

— ¡Ah! – fue su respuesta, una confirmación de lo que sospechabas: para aquel tipejo La Bastilla y La Comuna tendrían más valor si fueran los nombres de algunas de esas putas que frecuentaba, luego de secuestrarlas de los barrios pobres y obligarlas a esclavizarse, lo que, por suerte, permitía que los soldados alemanes asentados en París tuvieran un sitio más rentable donde acudir para calmar la falta de buenas hembras.

— ¿Cómo dice que se llama ese… el que el Führer quiere… el actorcito…? – te acaba de preguntar hace unos minutos.

Es tan estúpido que no se ha dado cuenta de que lo has fulminado con la mirada: ¿cómo es posible que alguien que viva en este mundo no haya, al menos, escuchado hablar de ese hombre al que ha llamado “actorcito”? Todas las emisoras, menos las alemanas, claro; casi todas las portadas de revistas, especializadas en cultura o de noticias generales; y hasta casi todas las empresas publicitarias anunciadoras de cuanta cosa podía ser anunciable en este planeta, habían sacado buen dinero con el rostro, muy fotogénico por cierto, de ese actor inglés a quien aquella rata llamaba “actorcito”. E incluso alguien como tú, que en materia de principios y por simple fidelidad debías detestarlo por haber atacado en su más conocida película a tu Partido y a tu Jefe Supremo, no podía negar que el resto de su obra hasta ese momento era un hito en la historia del cine: “al César lo que es del César, Emil”, te habías dicho en alguna que otra reflexión sobre esa balanza que necesitabas mantener estable entre tu condición de artista y esa fidelidad que le debías a tu país y a las ideas del Führer.

—  Charles Chaplin – aclaras.

— ¡Ah! – suelta Lafont, y te queda claro, pues ya conoces esa expresión, que ese “ah” es para hacerte creer que sabe de quién se trata. Optas por dejarle pasar la burrada: ya tendrás tiempo de recordarle ante quién está y que no te gustan que te quieran hacer pasar por tonto.

— Le he dejado abajo, a su ayudante, una copia de la película que ha provocado la furia del Führer – y crees descubrir fastidio en el fondo de su mirada sumisa y desconfiada a la vez: si le hubieses dicho que tiene que matar a cien de esas mujeres que ha convertido a la fuerza en prostitutas, en los barrios bajos de París, seguro su reacción hubiera sido distinta: más clara y hasta, seguro estás, gozosa. Por eso te regodeas en el placer de su mortificación cuando lo pones ante lo que, bien sabes, es un reto, un castigo sádico para una raquítica mente de rata como aquella –. Me han pedido desde Berlín que le ordene que vea esa película. Lo creemos necesario para que comprenda perfectamente, para que interiorice a fondo, como si fueran suyas, las razones por las cuales el mismísimo Hitler se ha tomado el trabajo de dedicar un poco de su pensamiento y de su escaso tiempo a tan asqueante asunto.

Miami, 1952

Mira el sobre amarillento y, como cada noche, descubre la letra deforme del dueño, con ese extraño parecido a las cagadas de mosca: “Ernesto Gebara”, lee, y siente deseos de entrar de nuevo al restaurante, atravesar la cocina donde se acumulan en pilas perfectas, blanquísimas, los cientos de platos que ha fregado esa noche, y empujar la puerta sucia de la pequeña oficina, a un costado del almacén, para decirle: “Guevara se escribe con U y con uve, animal”, pero se dice que si no fuera porque ese animal de origen mexicano le permitió hacer aquel trabajo ilegal, limpiando platos, estaría pasando más hambre que una res perdida en uno de los glaciares de La Patagonia.

Las noches acá, como allá en esa zona de su Argentina natal, son frías aún cuando se supone que sea el fin de la primavera y el inicio del verano, tan caribeño como esas aguas que ha contemplado, azulísimas, coronadas de espumosas crestas blancas, casi al otro lado de la ciudad, en Miami Beach.

— Desde que yo era un vejigo culicagado que corría semidesnudo desde la casa hasta la tabaquería donde trabajaba mi padre, no hacía acá un frío como el que está soplando estos días – le había dicho, en el café donde desayuna, un viejo, vestido como un lord inglés pero con la dentadura más destrozada y negra que ha visto en su vida.

Y ese frío se le mete en los huesos y lo hace tiritar mientras camina en la noche, “deben ser ya las dos, Chancho”, se dice en voz baja, echando de menos al buenazo de Alberto, su querido amigo Alberto, el inseparable colega de sueños y locuras desde aquella tarde en que su colega de aula, Tomás Granado, le dijo: “mi hermano mayor, Alberto, es el entrenador de futbol rugby en el Club Estudiante, ¿te animás a que hable con él para que podás jugar allí?”. Y así había sido. Aunque el carácter  de Alberto Granado, tan abierto y sencillo como emprendedor y hasta alocado, se había congeniado tan bien con su carácter que, incluso en ese mismo momento, mientras camina y se soba los brazos para espantar el frío, sigue preguntándose por qué razón debieron tener aquella diferencia de edad que convertía a su amigo, cuatro años mayor, en una especie rara de cómplice y guía que, de muchos modos y al mismo tiempo, extraña y detesta.

¿Cómo ha llegado hasta ese día? es una pregunta que se ha hecho muchas veces. Y desde que Alberto decidió quedarse trabajando en el leprosorio de Caracas no hace más que recordar, o revivir en su cabeza, todas las peripecias que han atravesado juntos desde que salieron el 4 de enero de ese año, 1952, partiendo de San Francisco, Córdoba, en la moto de Granado. Una moto poderosa, resistente. Tanto que está seguro que sus fabricantes, si se enteraban de lo que aquel artefacto había caminado por toda América, le hacían un monumento. Era algo feuchita, la verdad, pero la pobrecita rodaba de maravilla lo mismo por carreteras que por terraplenes, fiel a su dueño y a su locura de conocer las tierras que rodeaban a la inmensa Argentina. Alberto le había puesto el nombre perfecto: la Poderosa, porque no había una definición más exacta. ¿Cuánto habían recorrido por tierras americanas antes de que él, luego de una triste despedida de su amigo Alberto en Venezuela, tomara aquel avión de carga hacia Buenos Aires, que hacía escala en Miami? Si debía regresar para continuar sus estudios, ¿qué lo hizo quedarse allí, en la floreciente Miami, sin otro sustento que aquel trabajito como empleado doméstico y el poco dinero que le daba el dueño de aquel restaurante por lavar los platos cada noche?  Después de Córdoba, el viaje había continuado por Buenos Aires, Miramar y Bariloche, y habían entrado a Chile por el lago Esmeralda, para seguir  a Osorno, Valdivia, Temuco y Santiago donde la Poderosa dijo “hasta aquí llego”, la pobre. Tuvieron que dejarla. Y todavía le parece estar mirando la cara triste de Alberto, que parecía estar abandonando a una novia y no a una armadura de hierro con dos ruedas, sin alma. Quizás ese estado fantasmal de tristeza, que los persiguió durante un par de días, fue lo que decidió a Alberto a proponer “seguimos hasta Valparaíso”, en donde se colaron como polizontes en un buque carguero que los condujo hasta Antofagasta. Desde allí, por tierra, saltando de camión en camión, de tramo en tramo, habían llegado a la mina de cobre de Chuquicamata, impactante, descomunal, gigantesca en todo, “aquí hasta la pobreza de la gente es enorme”, le había dicho una mañana al buenazo de Alberto. La frontera con Perú; subida de la cordillera andina en la provincia de Tarata, en la región de Tacna, hasta el lago Titicaca; la entrada en abril al Cuzco, la antigua capital del Imperio Inca y las visitas a las ciudades incaicas del Valle Sagrado de los Incas y de Machu Picchu; la partida hacia Abancay, en la Región Apurímac, donde visitaron el leprosorio de Huambo, cerca de la ciudad de Andahuaylas.

— Ahí tenés a Lima – había dicho Alberto poco antes de entrar a la ciudad.

¿Qué sacaron de allí? Prácticamente todo, aunque ese enriquecimiento no tenía nada que ver con la capital de los peruanos. Tenía que ver con un hombre: Hugo Pesce, alguien a quien cree recordará siempre con respeto y mucho afecto, porque es de esos hombres que se conocen y te cambian la vida. No podía negarlo. Hugo Pesce, además de largas charlas donde demostró sus profundos conocimientos en la lepra, una enfermedad que abunda mucho entre los pobres de esa región, había sido discípulo de Mariátegui y era la cabeza lúcida y visible del Partido Comunista Peruano. Era, sobre todo, un conocedor de la verdadera vida de bestias que llevaban los indígenas y los pobres de Perú, Bolivia y Ecuador, nacidos todos, según contó en una de las muchas charlas que sostuvieron “de la misma sangre de cóndor que sobrevuela esas montañas que ves ahí”, y señaló a lo lejos, a las cumbres, con un dedo que se le antojó un fusil de sapiencia.

— Tenés cada frasecita, Ernesto – le contestó Alberto, poco después, cuando él le contó, repitiendo aquella frase: “un dedo que se me antojó un fusil de sapiencia” la impresión de poder que había sentido en ese preciso instante en que Pesce apuntó con su dedo fino y huesudo las montañas, como presto a disparar.

Siguieron hasta Pucallpa y allí se embarcaron hacia Iquitos. No olvidará jamás aquel leprosorio de San Pablo, a la orilla del río Amazonas. Sigue creyendo que esa experiencia médica en los leprosorios es algo que no debe faltar jamás a un estudiante de medicina. Un leprosorio es un sitio adonde llega todo, lo peor, hasta lo impensable clínicamente, tal vez porque se ocupa de enfermedades que atacan a los que no pueden ni siquiera tener el sueño de una cama limpia, no ya cómoda, sólo limpia, para tirar los huesos. Y sabe que al trabajo que hicieron allí debían el regalo que médicos y pacientes les habían hecho, tiempo después, cuando decidieron continuar su viaje: una balsa, Mambo-Tango, ¿quién le puso, en verdad, ese nombre?, no recuerda, encima de la que navegaron río abajo hasta la población de Leticia, en la frontera colombiana. Una pasada el viajecito. ¿Cómo olvidar los días allí, convertidos en expertos entrenadores del equipo de fútbol del pueblo, luciendo la destreza del fútbol argentino ante los ojos admirados de aquella gente, como en otros sitios, tan pobres como sus raquíticos huesos?

— Y ahí tenés a la famosa Bogotá – dijo Alberto, mientras descendían del hidroavión que los había trasladado a la capital colombiana.

 Faltaba poco para que todo se lanzara a correr, precipitadamente, hacia ese momento en que desandaba, solitario, pensativo y frotándose de cuando en cuando los brazos, las calles de Miami: los días de alojamiento en la ciudad universitaria de la Universidad Nacional de Colombia, el trabajo en el hospital San Juan de Dios, el arresto en una ciudad atravesada por una violencia que parecía crecer en todas partes, como la yerba mala, la liberación rápida, por suerte, y la decisión de seguir hasta Caracas, donde Alberto había obtenido un empleo real, casi fijo, también en un leprosorio, aprovechando la buena recomendación que sobre él había hecho Hugo Pesce.

— Menudo viajecito – dijo Alberto allá, la cabeza gacha, los hombros hundidos, la mirada triste como una vaca moribunda, en la despedida en Caracas –. ¿Satisfecho?

Dijo que sí. ¿Cómo negarlo? Ahora mismo se dice que todo lo que han visto sus ojos: la miseria de los pueblos indígenas, la desesperanza y el hambre de los mineros, el choque entre una naturaleza riquísima en recursos y los niveles de indigencia de la mayoría de los latinoamericanos, son cosas que jamás saldrán de ese escenario de cambios rotundos en que se ha convertido su cabeza desde entonces. Nada que ver ya ese cerebro con el de ese otro muchacho, criado en una buena familia de buenos recursos y buenas costumbres, que salió de Córdoba a inicios de ese mismo año, y ha tenido oportunidad de repetirse, ¿cuántas veces?, que es una verdad casi absoluta eso de que viajar abre los horizontes, aunque casi todos los que siempre dicen esa frase se refieren a la posibilidad de ampliar conocimientos y no a que ese mundo revuelto e inconforme te revuelva por dentro y te convierta en un inconforme.

— Nuestros paisitos están jodidos, che – había sido la conclusión de Alberto a todo lo que habían visto y vivido en aquellos meses.

Y tenía razón. Incluso Miami, una ciudad que según los anuncios debía ser la Meca de las Américas, ciudad de eterno progreso, que iba creciendo y creciendo como una inmensa ameba sobre aquel diente en la geografía gringa, era un sitio muy jodido. Lo tenía ante sus ojos: aquellas muchachitas indígenas, sucias, de caras tristes, raquíticas y envueltas en sus únicos trapos tejidos en la pobreza, cuando les ofrecían un rato de placer a cambio de unas monedas o de algo de comer para llevar a sus chozas en las afueras de los barrios más lujosos de las grandes ciudades que recorrieron, no se imaginaban que él estaría recibiendo las mismas ofertas: “venga, lindo, unos pesitos y a gozar”, “soy todita tuya”, “dale, papacito, déjame comerme esos ojazos”, con la única diferencia de que éstas que ha dejado atrás, están paradas en filas en avenidas muy iluminadas, bien vestidas, olorosas y, casi todas, bien alimentadas y dotadas de carnes apetitosas que dejan ver para incitar la lujuria de los posibles clientes, demostrándole que tenía razón en algo que le había respondido al peruano Pesce cuando éste le preguntó qué era lo que más lo había conmocionado hasta aquel momento del viaje: “que la  pobreza tiene muchas máscaras, pero al final es el mismo tango”, le dijo, aunque el comunista peruano, sin dejar de mirarlo cara a cara, negara con un sostenido movimiento de su cabeza, una pequeña mueca de desilusión en los labios y asegurara no estar de acuerdo con algo: “si la pobreza fuera una melodía tan hermosa como el tango, muchacho, no estaríamos tan mal… yo diría mejor que es el mismo alarido”, le había escuchado.

Berlín, 2007

Cuando un hierro al rojo vivo se te entierra, ahí, entre las piernas, y te achicharra ese pedazo de carne que las mujeres traemos al mundo para que los hombres se hundan en nosotros y gocen como las bestias que son; cuando puedes oler tu propio vello quemado y sientes que el hierro se te cuela, desgarrando la carne de tu vulva y llega hasta el clítoris, para tostarlo como una almendra asada; cuando el dolor es ésa carne desgarrada y ésa sangre que sale de entre tus muslos y se quema sin llegar a enfriar el trozo de hierro que han calentado en el carbón de la estufa, y es también esa presión en tus puños y en tus tobillos de esas manos que te sujetan y te mantienen, desnuda, con los brazos abiertos sobre la mesa grande del comedor de una casa de mierda que odiarás toda tu vida desde ese día; aún cuando ya te da igual porque has llegado a ese momento en que el dolor es tanto que ya no duele, a ese momento en que no te quedan fuerzas ni para gritar, ni para respirar, y ves cómo nubes negras van rodeando todo lo que alcanzas a mirar, hasta que ya, te desmayas… justo en ese momento, como si te gritara desde algún rincón lejano de tu propia mente, una voz te hace saber que jamás volverás a ser la misma.

Y todavía es más duro si es una cara conocida, casi carnalmente tuya, la cara del cabrón que ha calentado el hierro en los carbones encendidos de la estufa y te lo ha metido entre las piernas, una vez y otra, rompiendo todo eso por ahí adentro, mientras los cabrones de sus amigos me aguantaban sobre la mesa, riéndose todos y riéndose él aún más, rabiosos todos y con una rabia más grande en él. Y una cara distinta, deformada y distinta, nada que ver con aquellos ojos dulces en aquella carita de ángel de la que me enamoré como una loca perdida desde la tarde en que la maestra del colegio entró con él a nuestra aula y dijo: “a ver, chicos, reciban con un aplauso a su nuevo compañerito”.

Son cosas que jamás olvidas. Mucho menos en mi caso. Y es que a la marca ésa, a la mierda que resulta descubrir que el hombre a quien has amado tantos años es una bestia que no merece ni haber nacido, tengo que unir estas otras marcas, más carnales, más hundidas para siempre en la sangre de tu cerebro, si usted quiere verlo así. ¿Reconoce este signo? Por supuesto, ¿quién carajo, a estas alturas de la historia del mundo, no va a saber que esta cruz miserable representa la muerte y el dolor que el loco de Hitler y los nazis le dejaron a este mundo? Es una swástica nazi, ¿y sabe qué?: tengo los senos llenos de marcas como ésa, porque ese cabrón de Ernán no se conformó con meterme el hierro ahí, donde ya le conté, y aprovechó que yo estaba desmayada para marcarme los senos y hasta las nalgas, segura estoy de que para terminar de cumplir con lo que me prometió esa tarde, cuando llegué al apartamento donde nos reuníamos los del grupo, sin que por mi cabeza pasara ni una ligera sospecha de que el tema de ese día sería lo que ellos consideraban mi traición.

— Ya no vas a ser más mía porque yo no puedo acostarme con una perra traidora como tú, Ánika – dijo, ¿o es mejor decir que masticó las palabras?

Le hizo una seña a los demás del grupo, que me agarraron y me zafaron las ropas antes de tirarme sobre la mesa, las manos abiertas, como Cristo en la Cruz.

— Pero tampoco nadie va a poder gozar contigo como gocé yo, puta – y no sé por qué sentí que la voz se le rajaba, como si fuera a llorar, aunque lo que hizo todavía me asquea: allí, mirando a Ingo, a Bratz, a Ralfi y a Ronni con sus ojos casi tan rojos como el hierro que después calentó, les gritó “¡ábranle las patas!”, así, como si yo fuera una simple bestia, un asqueante animal sin alma, y así, como a un animal, ellos me abrieron, tan fuerte, de un solo tirón, tan bruscamente que sentí que algo se rajaba o se rasgaba, qué se yo, por allá abajo, entre mis muslos, y que un líquido caliente comenzó a manar de algún sitio, empozándose en mis nalgas.

¿Sabe qué? No sé porqué ese día tuve tan presente una escena de la película El Vagabundo, de ese genio que fue Chaplin. ¿La recuerda? Es la escena en la que viene la policía y se lleva al niño vagabundo que el también vagabundo Charlot ha adoptado. ¿Cómo olvidarlo? Y es que quizás en esa escena empezó todo, como si al mirar esa película, justo en ese momento, una puerta se abriera en mi vida y me llevara a un escenario donde se rodaría lo que vendría después, en la realidad de mi día a día, como una predestinación, como una página escrita por Dios, si es que existe, en el libro de mi vida, o como una jugarreta de mal gusto que me lanzaba el destino. O quizás porque, luego de la violación, me vino encima la misma tristeza que yo pude sentir cuando a los diez años, sentada en la sala de mi casa, asistí a la magia triste de El Vagabundo, descubriendo que siempre mis pasos por este jodido mundo estarían marcados por esa misma cruz, la tristeza, como un ritornello fastidioso: la muerte de mi madre por cáncer un año después, el adiós terrible a mi padre crucificado a tiros por los árabes afganos allá en la absurda guerra de Afganistán, la soledad en el reformatorio adonde me enviaron cuando empecé a robar en las calles porque no quería seguir viviendo con el hermano de mi padre que me violaba noche a noche desde que las leyes decidieron que él, un borracho, antiguo oficial de la Stasi alemana que cumplió cinco años de cárcel después que el muro se vino abajo, debía ocuparse de su sobrina… Un infierno, ¿sabe? Sin la alegría final del reencuentro de Charlot con el niño, como pasa en la película de Chaplin.

Ernán, ese día, antes de meterme ahí el hierro caliente, se bajó los pantalones y me violó. ¿Lo cree posible? Y era el mismo hombre que ¿cuántas veces?, ¿cuántos años?, tuve encima, desnudos los dos, haciéndome un amor que me transportaba a lugares hermosos, pero transformado ese día, por obra y gracia de ese odio que siempre lanzó contra los demás pero jamás contra mí, en algo que no le puedo describir ahora porque hay monstruos que no pueden describirse con las palabras que los humanos conocemos. Lo he pensado y no sé. Es algo raro. Una especie de bestia del infierno bajo la piel de un cuerpo hermoso. Como esos tipos que son poseídos por demonios en las películas americanas. O qué se yo. El mismo cuerpo y el mismo sexo que antes disfruté en muchas ocasiones de amor ahora se convertía en una púa viva que me hincaba y me hería y sacaba sangre y más sangre y era como si un cuchillo estuviera cortándome ahí dentro, honda y dolorosamente, cada vez que él me daba un caderazo para hundir en mí eso que otras veces me llevó al orgasmo y así, de la noche a la mañana, sólo pretendía hacerme daño, lacerarme. Me da asco, ¿sabe?

— Te toca, Ronni – le oí decir, todavía atontada por el llanto que Ingo, tan bestia como siempre, había amordazado metiéndome su pañuelo en la boca, casi atragantándome, casi afixiándome.

Ronni no entendió. ¿Cómo olvidarlo? Aquel muchacho flaco, alto como una vara de deshollinador, siempre había sido extrañamente cortés conmigo. Una es mujer y puede hasta oler cuándo un hombre siente algo por una, pero con Ronni siempre pensé que su trato respondía a la fidelidad ciega que sentía hacia Ernán, el jefe del grupo, mi novio, ese mismo cabrón que entonces le clavó una mirada dura:

— ¡Que se la metas, flojo de mierda! – y la voz de Ernán tronó contra las paredes de la cocina –. ¿O es que crees que no me di cuenta de que esta perra siempre te gustó?

Y después, cuando Ronni, tembloroso, se apartó de mi sin poder vaciarse, mascullando un “no puedo, Ernán, no puedo, coño”, plañidero y apagado por sus mocos y sus lágrimas:

— Ahora tú, Ingo – otra vez la voz seca, imperativa –. Y ve a ver si la clavas mejor y no te moqueas como este maricón – terminó, señalando a Ronni que lo miraba todo, asustado como una rata herida, desde una esquina, aún temblando.

Y al terminar Ingo, que bufó como un cerdo, babeándome mientras eyaculaba:

— Tu turno, Bratz – de nuevo imperativo, una orden que tronó inapelable.

Y unos minutos después, al ver que el pecoso Bratz cerraba los ojos ante el aluvión del semen en el orgasmo:

— Cierra tú con broche de oro, Ralfi – esta vez con la voz transformada, casi dulce, tal vez porque sabía que al nauseabundo Ralfi, siempre masturbándose en los rincones con cualquiera de las revistas pornográficas que se robaba de los estanquillos, aquella oportunidad le vendría como anillo al dedo porque si estoy segura de algo en este mundo es de que Ralfi, con esa cara deformada por el acné y el labio leporino que heredó de su madre, tan horrible como él, jamás encontraría no ya una mujer, ni una bruja, que estuviera dispuesta a irse con aquel adefesio a la cama.

Al final, en la mesita del barcito que el dueño de aquel apartamento había construido junto al estante de los vinos, sus ojos fueron a toparse desgraciadamente con el sello.

“De acero forjado”, me había dicho un par de años atrás, cuando lo robó de uno de los bunkers nazis que acababan de abrir al turismo en Berlín.

“Una joyita”, había dicho Ingo.

“Sí”, confirmó Ernán, “los reyes antes usaban estos sellos para marcar la cera con la que sellaban los documentos oficiales, pero este es un sello especial, perteneció a un gran hombre, será nuestro sello”.

Y fue así como aquella reliquia se convirtió en uno de nuestros amuletos: una varilla de acero lisa, con mango de madera preciosa y una swástica de acero en la punta con la que se aplastaba la cera caliente, para dejar la marca en sabe Dios qué documentos oficiales de Hermann Goering, el antiguo dueño del bunker de dónde Ernán la robó.

La fiesta que hicimos el día en que la colocamos junto a otros objetos que habían pertenecido a nazis ilustres, todos robados de algunos museos, o comprados en el mercado negro de los rusos miserables que pululaban por Berlín, jamás me haría pensar que esa misma reliquia dejaría tantas marcas en mi piel y me convertiría en esta basura de mujer que usted ve; en este adefesio condenado por tantas quemaduras de swásticas que no he podido arrancarme y siguen ahí, recordándomelo todo; en esta carne muerta, porque eso soy, aunque le parezca una frase arrancada de una novela, carne muerta en un alma muerta, a la que los médicos tuvieron que vaciar para que no muriera después que abrí los ojos, despertada de la oscuridad de mi dolor por una extraña voz que bramaba en mis venas y  supe que estaba en unparque. Débil. Con el cuerpo lleno de cuchillos invisibles que hurgaban en todas partes. Con una ardentía insoportable que brotaba en mi interior y casi me reventaba, como esas calderas que se cargan de vapor y terminan estallando.

Pero mi mente, clara.

Sin importarle el dolor, clara.

Emitiendo señales a mi cuerpo para que se rebelara.

Y eso hice.

Y mientras me arrastraba desde el montón de hojas adonde me habían tirado Ernán y los demás, evidentemente creyendo que había muerto, me llegó la voz:

— ¡Dios mío! ¡¿Qué te ha pasado?! – un señor de ojos nobles, bajito, de pelo negro y voz también muy noble. Venía trotando por uno de los caminos de tierra del parque, con un mono deportivo, sudado y respirando con dificultad por su gordura, cuando alcancé a sacar medio cuerpo a unos pocos metros delante de él.

— Mi novio… — logré decir, siguiendo la orden de mi mente de que no debía confiar del todo, aún cuando aquellos ojos siguieran emitiendo esa nobleza que me seducía, que me tranquilizaba, que de muchos modos me hacía sentir segura.

— Vamos al hospital – le oí decir, mientras intentaba levantarme –. ¡Venga! ¡Tenemos que llegar hasta la calle para llamar un coche!

Recuerdo que me resistí. Saqué fuerzas de algún sitio para desprenderme de él a puro manotazo, y me avergüenza decir que lo miré con algo que debió ser odio, o un odio mezclado con miedo, o el odio y el miedo ligado a una desconfianza que él debió ver en mis ojos mientras lo desafiaba:

— ¡Prefiero morirme aquí! – le dije.

© 2012 – 2014, Amir Valle. All rights reserved.

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Amir Valle (Cuba, 1967). Escritor y Periodista. Ha publicado más de una veintena de títulos de cuento, novela, ensayo y testimonio. Saltó al reconocimiento internacional por el éxito en Europa de su serie de novela negra “El descenso a los infiernos”, sobre la vida actual en Centro Habana, integrada por Las puertas de la noche (2001), Si Cristo te desnuda (2002), Entre el miedo y las sombras (2003), Últimas noticias del infierno (2004), Santuario de sombras (2006) y Largas noches con Flavia (2008). Su novela Las palabras y los muertos obtuvo e el 2006 el Premio Internacional de novela Mario Vargas Llosa. Su libro Jineteras obtuvo el Premio Internacional Rodolfo Walsh 2007, a la mejor obra de no ficción publicada en lengua española durante el 2006. Santuario de sombras se alzó con el premio NOVELPOL de los lectores españoles a la mejor novela negra publicada en el 2006 en España y en el 2008 obtuvo el Premio Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona, de España, con su obra Largas noches con Flavia. Acaba de publicar una historia novelada sobre la capital cubana: La Habana. Puerta de las Américas (alMED Ediciones, España, 2009) y las novelas Las raíces del odio (El barco ebrio Ediciones, Madrid, 2012) y Non lasciar mai che ti vedano piangere (Edizioni Anordest, Italia, 2012), a la cual pertenece el capítulo que aquí se publica. Actualmente dirige OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura.