NUEVE AÑOS SIN VÁZQUEZ MONTALBÁN

José Luis Muñoz

 El 18 de octubre de 2003 Manuel Vázquez Montalbán se sentó en un banco de la gigantesca terminal aérea de Bangkok y ya no se levantó. Le falló el corazón, a pesar de que ya apenas fumaba y había reducido en mucho su dieta de bebida, imagino que por el viaje agotador. Vázquez Montalbán se iba a las antípodas, a Australia, emulando a sus personajes de ficción, Carvalho y Biscuter, a los que literariamente hacía viajar por el mundo como hiciera Julio Verne en La vuelta al mundo en ochenta días. Sus personajes llegaron a la meta. Él no.

Conocí a Vázquez Montalbán muchos años antes. Había leído un buen número de sus novelas policiales de la serie Carvalho (algunas excelentes, como Los mares del Sur o Los pájaros de Bangkok, otras meramente alimenticias)  y tenía que entrevistarlo para la revista Playboy. Me trasladé a su casa mirador de Vallvidrera desde donde Vázquez Montalbán tenía, a vista de pájaro, el  Raval en donde nació y desde el que miraría, siendo niño, esa zona alta de la ciudad que finalmente conquistó con su éxito literario. Me abrió él la verja mientras sostenía a uno de sus enormes perros. Luego me hizo pasar, con una ligera cojera debida a una reciente operación de vasodilatación,  a su estudio en donde la luz entraba por amplios ventanales y me senté al otro lado de una mesa atestada de papeles, libros abiertos, una máquina de escribir eléctrica, que ahora sería un objeto prehistórico, una efigie de Franco y otra de Carlos Marx. Creo que la primera pregunta que le hice, mientras ponía en marcha la grabadora, era por qué tenía ese busto metálico del Caudillo con gorro legionario. Con su causticidad habitual, sin mover un solo músculo de la cara, me dijo que lo hacía para convertirse en Franco: estaba escribiendo Autobiografía del general Franco.

Todo el mundo que conoció a Vázquez Montalbán recalca dos cosas de él. La primera, que era tímido. En efecto; tenía una cierta dificultad para hablar de sí mismo, un cierto pudor que su veteranía como escritor consagrado no conseguía atemperar. Lo segundo, que era generoso. De su generosidad fui testigo mientras realizaba esa entrevista y el fotógrafo tomaba las instantáneas. Le llamaban, cogía el teléfono y se comprometía en presentar el libro de un colega advenedizo, prologar su primer libro o dar una charla en cualquier parte de Barcelona por amor al arte. Y otra de sus virtudes: Vázquez Montalbán era extraordinariamente trabajador, un estajanovista de la literatura. El fax, mientras la grabadora seguía su curso, escupía hojas sin parar que le pedían artículos para publicaciones nacionales y extranjeras, ciclos de conferencias, asistencia a congresos…

Un año más tarde le pedí a MVM que me prologara un libro de relatos que publiqué, La lanzadora de cuchillos, y escribió cinco páginas magníficas que demostraban que se había leído atentamente todos los relatos y que había disfrutado con ellos.

Los siguientes encuentros con él no fueron tan profesionales. Coincidimos en alguna presentación en Negra y Criminal, la librería referente de la Barceloneta, en alguna Semana Negra de Gijón y en una feria del libro de Castellón compartimos mesa de firmas. Yo presentaba Pubis de vello rojo y él Galíndez, la que, para mí, es su mejor novela. Recuerdo de ese día que comimos opíparamente en una escuela de hostelería y abrimos un Vega Sicilia para rehogar la comida.

Vázquez Montalbán fue profético en algunas predicciones (anunció que este siglo sería el de las grandes migraciones y el de las mafias al socaire de las mismas, y mira por dónde que hasta emigramos los españoles) y siempre fue un lúcido comentarista político muy crítico con los suyos (poca gracia debió hacerle a Santiago Carrillo que lo asesinara en Asesinato en el comité central, imagino). Además, como gastrónomo, aunque él se confesara incapaz de freír un simple huevo, se convirtió en una autoridad popular y sus libros estaban repletos de suculentas referencias culinarias y recetas.

Con Vázquez Montalbán se perdió uno de los más importantes referentes de la literatura policial española (hasta que no llegó él y la asumió con todas sus consecuencias, los críticos tenían por costumbre ningunear las novelas de género negro) y un periodista de escritura ágil y lúcida. Las columnas que MVM publicaba en El País, después de años de periodismo combativo en Por favor y Muchas gracias durante los años del franquismo, no tenían desperdicio.

Nos falta su pluma en estos momentos tan duros y difíciles para que, con su habitual ironía gallega, la misma que utilizaba en sus conversaciones, diseccionara este período tan oscuro que estamos viviendo y lo iluminara con su acerada crítica al sistema.

*José Luis Muñoz es escritor. Sus últimos libros son Llueve sobre La Habana (La Página Ediciones, 2011), Patpong Road (La Página Ediciones, 2012) y Bellabestia (Sigueleyendo.com, 2012). Acaba de publicar La invasión de los fotofóbicos (Atanor Ediciones, 2012)

José Luis Muñoz

José Luis Muñoz (Salamanca, 1951) escritor, crítico de cine y literario y articulista de opinión, es uno de los veteranos exponentes del género negro español con 45 libros en su haber. Barcelona negra, Pubis de vello rojo, Mala hierba, Lifting, Lluvia de níquel, La caraqueña del Maní, El mal absoluto, La frontera sur, Marea de sangre, Tu corazón, Idoia, Llueve sobre La Habana, Ascenso y caída de Humberto da Silva, Cazadores en la nieve y El rastro del lobo son algunas de sus novelas. Ha obtenido los premios Azorín, Café Gijón, La Sonrisa Vertical, Tigre Juan, Camilo José Cela e Ignacio Aldecoa, entre otros. Dirige la colección La Orilla Negra de Ediciones del Serbal, preside la asociación cultural Lee o Muere y es el comisario del festival Black Mountain Bossòst.