Cuando se escribe un cuento, el autor debe llevar a sus personajes de la mano. Marcarles el camino y acompañarlos.
Pero de vez en cuando, es bueno soltarlos y dejarlos que caminen solos.
Darles un cierto aire de libertad y luego volver a tomar su mano para seguir el camino pautado…

New York by NOVA

Fin de semana de Thanksgiving, unos 35 F. Gorros, guantes y bufandas hacían su primera aparición después de haber estado escondidos en los roperos recónditos durante un verano que dejó el remate extraño de un huracán impensado en esas latitudes.
La noche estaba fría en Manhattan.

A ella le gustaba el invierno neoyorkino. Sus experiencias con el calor no habían sido las mejores, así que esta vez estaba contenta.
Él conocía la ciudad muy bien. Era de esos hombres que aprovechan cada viaje de negocios para descubrir lugares nuevos y no tradicionales, así que juntos tomaron la ciudad por asalto. Más que de turistas, de locales.

A los dos les gustaba la música. De la mano llegaron al lugar. Subieron por un minúsculo ascensor en el que cabían 3 personas apretadas. Probablemente no era tan pequeño pero entre los gorros y los abrigos enormes, todo lucía más diminuto.
En el tercer piso los esperaba un grupo mezclado de desconocidos y un amigo que sugirió el lugar. La banda ya estaba esperando para tocar. Pidieron un trago y se sentaron.

Los músicos no parecían muy entusiasmados, ni amalgamados, «el baterista sonaba a un estudiante de college» dijo uno por ahí. Demasiado correctos. Así que cambiaron el plan y fueron por lo seguro. Se tomaron las manos y se dirigieron a, unas cuadras de ahí, no muy lejos. Lo suficiente cerca como para caminar y no tan lejos como para usar el metro.

Él le había hablado de que allí tocaban swing y la gente bailaba. Una postal distinta a la vanguardia de Nueva York. Una pareja cumplía 25 años de casados y bailaba en la pista con el amor un poco marchito del cuarto de siglo, pero con la misma emoción de la primera vez.

Ella notó eso, apoyó la cabeza en el hombro de él y una lágrima resbaló por su mejilla, ahora un poco acalorada por el cosmo y por la bendita calefacción. Dos canciones más.

Unos jovenes se dirigieron a la pista a bailar con ese ritmo extraño que tienen los gringos, un poco desgarbado y casi al borde de la falta total de oído, pero con un entusiasmo que les disculpa cualquier cosa.
Los dos estaban muy ensimismados en su propia película, así que ni se dieron cuenta de que una joven rubia y su compañero los miró con amor y les sopló un «young love» al despedirse.

Con un «buenas noches, los esperamos mañana», la música terminó. Se dieron cuenta que no habían bailado y que la noche todavía era joven. Como el amor del que hablaba la rubia. Así que decidieron salir a caminar el frío Manhattan un rato más.

Cuando el autor los vió de la mano, decidió soltarlos y que ellos eligieran su propio camino.

Dos casas, dos puertas y un piano. Un bar «Don´t tell mama» y un muchacho en el teclado con unos ojazos azules y una voz maravillosa, los hizo detenerse.
A los dos les gusta sentarse en la barra. Uno se siente parte del lugar y tiene una mirada cómplice diferente a los de las mesas….(creo que ya escribí eso en otro artículo de Sub Urbano, mis disculpas si me reitero pero en la noche parece que todos los gatos son pardos)

Una noche fantástica. Mezcla de comedias musicales, canciones de Bonnie Raitt, barmans que sorprendían con voces maravillosas desde cualquier rincón y la emoción de descubrir un lugar pequeño, escondido en medio de una calle que ya iba apagando sus luces.

Se quedaron hasta casi el final, cuando solo permanecen los lugareños, los amigos y los amores.
Sus manos se unieron a pesar de la noche fría.

Y el autor los encaminó hacia la estación del metro…

Gabriela Guimarey
Noviembre 2012

Somethin Jazz: 212 East 52nd Street, 3rd Floor Manhattan, NY 10022
Swing 46: 349 West 46th Street, Manhattan, NY10036
Don´t tell mama: 343 West 46th Street, Manhattan, NY 10036

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