Paco Bescós

Samanta_SchweblinLa ganadora del premio Juan Rulfo 2012, Samanta Schweblin (Buenos Aires 1978), nos atrae por la inconfundible personalidad de sus relatos. Hay que  reconocerle  la construcción de un universo poblado de rasgos endémicos. Entre los escritores de relatos (entre los malos y también entre los buenos) son pocos los que, como Schweblin, escapan a la fuerza gravitatoria de lo que trabaja la mayoría.

De la heterodoxia de Schweblin podríamos destacar el desasosiego que entrañan sus historias, la inquietante psicología de sus personajes, lo opresivo de sus atmósferas y una prosa milimétrica, austera, puesta al servicio de la narración. También hay que agradecerle una autoexigencia tal que, si bien nos priva de recibir nuevas publicaciones más a menudo (hasta ahora, tan solo El núcleo del disturbio,  2002, y Pájaros en la boca, Ed. Lumen, 2009),  garantiza que todos y cada uno de sus cuentos han sido meditados desde la primera letra a la última. Por ello su nombre aparece en numerosas antologías y en el palmarés de muchos premios literarios importantes.

Y de hecho, como mencionamos más arriba, acaba de ganar este prestigioso certamen de relato corto, el Juan Rulfo, que concede Radio Francia Internacional y que, en ediciones anteriores, ha caído en autores de la talla de Edmundo Paz Soldán o Ricardo Menéndez Salmón. El relato agraciado, Un hombre sin suerte, describe el encuentro entre un hombre y una niña durante el cual, como no podría ser de otra manera, el suspense se adueña de todo.

 

¿A qué se debe tu apuesta tan rotunda por el terror psicológico o el relato fantástico?

Supongo que el tipo de literatura que prefiero escribir tiene mucho que ver con el tipo de literatura que me gusta leer. Lo que me atrae como lectora y lo que me atrae como escritora es un mismo tipo de oscuridad, de pregunta. “Dime que lees y te diré que escribes”

¿Cuánto le exiges a una idea para seguir adelante con ella y convertirla en relato? ¿Dejas a muchas de ellas morir por no considerarlas suficientemente buenas? 

Les exijo muchísimo. Sé que no es un buen negocio: me angustia el tiempo que paso sin escribir -como decía Tolstoi, escribir no es difícil, lo difícil es no escribir-, pero si la idea no me parece realmente prometedora la tarea de escribir pesa mucho. No es un tema de vagancia: si un cuento me convence, y lo veo con toda claridad desde el principio, el resultado final es siempre, invariablemente, mucho mejor. Así que trabajo “distraídamente”: leo mucho, tomo notas, escribo con los pies –es decir, salgo a caminar y pensar-, ensayo inicios y finales, muchos inicios y finales, vuelvo a leer otro rato, y así. Sólo me siento a escribir cuando tengo claro qué es lo que voy a contar. Quizá no sepa aún cómo, pero el golpe de la historia, el sentimiento final, el porqué voy a contar lo que voy a contar, eso tiene que estar en mi cabeza desde la primera línea. Y hasta que esto no sucede, todas las ideas de mi cajón son presuntos fracasos.

¿Es esta autoexigencia la razón por la cual no nos llegan libros nuevos tuyos tan a menudo como nos gustaría a tus lectores?

Sí. Y a veces me siento en falta por eso. Me encantaría publicar el doble. Pero así es como me salen las cosas por ahora.

Una pregunta con un poco de sorna: como al hombre sin suerte de tu relato premiado, tratas con suma frialdad a tus personajes, siempre son víctima de situaciones extremas y no suelen salir bien parados. ¿En la vida real eres así de cruel, o solo ante la página en blanco? ¿Por qué los martirizas tanto?

Si se lo preguntás a mi pareja, a mi hermana o a mi perro, te van a decir que sí, que soy cruel. Pero quiero dejar asentado que yo no estoy para nada de acuerdo con esta lectura.

Creo que es como cuando uno es chico, que anda por ahí partiendo lombrices al medio, pisando hormigas, martirizando a las mascotas. –Ah, ¿no es normal?-. Creo que a los escritores nos queda algo de esta punción clavada en las tripas. Necesitamos saber hasta dónde pueden llegar las cosas, hasta donde se puede soportar la oscuridad y el espanto, solo que no nos animamos en la vida real, o no queremos ser tan crueles como dicen que somos nuestras parejas, hermanas y mascotas. Así que la literatura funciona como exorcismo, exprime toda nuestra crueldad y nos deja exhaustos y sanitos.

Háblanos un poco de Un hombre sin suerte. ¿De dónde surgió la inspiración para crearlo?

Hace unos años atrás, en un cuaderno de notas, escribí como ejercicio una experiencia propia, autobiográfica, en la que mi hermana de cinco años se toma por accidente una taza de lavandina. Cuando lo escribí, estaba pensando en mí y en mi hermana, en mi casa, en mi mamá. Pero un par de años después encontré la anotación y como ejercicio decidí leerla pensando en algo completamente ajeno a mí, y la historia me atrajo, me sentí inmediatamente en una historia distinta y atractiva. Me despegué de la anécdota y escribí una historia completamente nueva.

¿Y la idea de enviarlo al Juan Rulfo, te animaron a hacerlo o fuiste tú misma quien le vio el potencial?

El cuento lo presenté a concurso por decisión propia. Me cuesta cerrar los libros. A veces es difícil decir “hasta acá”. Los libros anteriores llegaron a su punto final presionados por los premios. El premio empuja las fechas de publicación, y creo que, inconscientemente, empiezo a necesitar que me empujen.

¿Qué significan para ti los premios que últimamente has cosechado? Ahora el Juan Rulfo, antes el Casa de las Américas, la inclusión en el Granta35… ¿Te está ayudando en tu carrera?

Ayudan mucho, por supuesto. Los premios son otra versión de las abuelas y los mecenas, te halagan, te dan algo de dinero, le dicen a todo el mundo lo que estás haciendo. Pero hay que tener cuidado con las abuelas y los mecenas. A veces las primeras nos engordan demasiado y los segundos nos hacen sentir más cómodos de lo recomendado.

En el relato desciendes a esa dimensión de la infancia en la que se quiebra la inocencia y se provocan todos los traumas. La otra vuelta de tuerca de la que nos hablaba Henry James al principio de su novela. ¿Qué es lo que más te gusta de escribir con protagonistas infantiles?

Me fascina la idea que tienen sobre lo que es normal y lo que no lo es. Los adultos sabemos muy bien los límites entre estos mundos, pero los chicos apenas si empiezan a intuirlos. Y esta línea incierta entre lo normal y lo anormal –que además, seamos sinceros, es una línea prácticamente cultural-, es un cofre lleno de literatura.

Otra línea interesante es la que hay entre lo anormal –es decir, lo poco factible de suceder-, y lo fantástico –es decir, lo imposible de suceder-. De hecho, creo que mis historias tienen mucho más que ver con lo primero que con lo segundo. A veces la literatura califica de “fantástico” situaciones que tienen mucho más que ver con lo primero que con lo segundo.

¿En qué partes de la realidad o en qué personas te inspiras para crear relatos tan inquietantes?

Sin la realidad sería imposible construir un verosímil que sostenga estas historias. No importa que tan lejos llegue la historia, que tan arriesgada sea la flecha que va hacia lo anormal o lo fantástico: sino tengo un pie sobre lo real siento que todo podría desmoronarse. Hay una frase genial de Mel Brooks que dice “Tragedia es cuando uno se corta un dedo; comedia es cuando el otro va caminando, se cae en una alcantarilla y se muere.” Y es que cuanto más cerca suceden las historias, cuanto más se asoman a la realidad íntima del lector, más amenazantes se sienten, y el material del que está hecho este truco es la realidad cotidiana, nuestro entorno más cercano.

¿Cómo está influyendo en tu literatura la vida lejos de tu país?

Creo que en lo que más está influyendo hasta ahora –o al menos lo que puedo notar por ahora-, es en mis lecturas. Estar lejos de tu país te ayuda a pensarlo y a entenderlo un poco más. Esto, sumado al hecho práctico de vivir a treinta minutos de la biblioteca iberoamericana más grande de Europa hizo que, viviendo en Alemania, sea el año de mi vida en la que más literatura argentina estoy leyendo. Lo tienen todo. Desde las novelas inhallables, pasando por cartoneras, revistas y novedades del año pasado. Cuando los libros me gustan los devuelvo con mucho orgullo. A veces, frente a las mesas de recepción, tengo la sensación de estar prestándoles mis libros, más que devolviéndoselos.

Muchos críticos y escritores parecen andar siempre persiguiendo lo que llaman el cuento perfecto. Para ti, ¿qué ingredientes debería tener el cuento perfecto?

Contestar en pocas palabras me obliga un poco al lugar común. Pero en el lugar común hay siempre algo de verdad, ¿no? Un buen cuento cambia en algún punto la concepción que el lector tiene del mundo hasta ese momento. Trae nueva información y nuevos sentimientos: impacta en la cabeza y en el estómago. Como en los actos de magia, hay que distraer; y si hay truco, no puede verse. Lo importante no es si hay o no hay un conejo dentro del sombrero –en eso estarán distraídos los espectadores-, lo importante es la historia que se cuenta mientras tanto, lo importante es todo lo que el escritor escribe en la cabeza del lector mientras el lector busca el conejo.

 

 

 

 

 

 

© 2013 – 2016, Paco Bescós. All rights reserved.

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El huso horario Greenwich Mean Time (GMT) fija que, aquí en Europa, las cosas pasan unas cinco horas antes que en América. Así que vi la luz cinco horas antes que un americano nacido el 21 de enero de 1979. Me licencié cinco horas antes en la Universidad de Navarra y tengo cinco horas más de experiencia en mi profesión, la publicidad, que mis colegas americanos. También soy cinco horas más viejo, cinco horas más listo y moriré con cinco horas de antelación. Como nada de esto es cierto ni inteligente, nada de lo que escriba sobre Europa en esta sección será inteligente ni cierto. Pero lo haré cinco horas antes que mis compañeros.