mujerarena2Tres ómnibus sucesivos me llevaron a la Casa Versace, famoso hotel-spa en Ocean Drive que fuera residencia de veraneo del ícono de la moda asesinado a tiros por su amante. Con mis fake papers en la billetera y las ganas de trabajar refundidas en alguno de mis bolsillos, saludé a Aramís, simpático ingeniero portorriqueño y joven gerente, quien me envió a la terraza del cuarto piso donde, premunido con una máquina de pressure cleaning, me dediqué a retirar la arena de las juntas machihembradas de las lujosas maderas del solárium. Llevaba algunos minutos realizando mi robótica tarea , cuando un excitante bikini blanco y su preciosa dueña me salieron al frente como en la portada de la última edición de Vogue. Toda mojada y acomodando su cabellera negra, la top model me deslumbró con sus ojazos verde-nilo mientras me pedía en el más hermoso italiano: “Potrebbe contribuire a rimuovere la sabbia nel mio bikini per favore?“. No pude esconder mi cara de felicidad. Agradecí a mis cursos de idiomas de Rosetta Stone mientras le respondía que sí, que con gusto la ayudaría a sacarse la arena del bikini con el chorro de agua … Gradué la boquilla de la manguera y ni bien empecé, una mulata espectacular se puso a la fila saludándome en francés, seguida por una pálida escultura inglesa y dos latinas aun más ricotonas. La bendita arena tuvo la amabilidad de dificultar su salida y yo me sentía el más agradecido voyeur fetichista, extraído de la realidad tridimensional por alguna tromba cuántica, hacia un oasis paradisíaco de pezones, derrieres y montes púbicos en algún feliz rincón de la Dimensión Desconocida… Dos bellas japonesas -“sintéticas” pero con piernas perfectas- me impedían terminar la fila, así que seguí, recibiendo besitos de agradecimiento y soportando algo azorado las miradas de envidia de los mozos y las sonrisas de las chaperonas, mientras pensaba asombrado: “No puedo creer que me estén pagando por hacer esto”… Más tarde, regresando de almorzar, me crucé con Aramís quien me preguntó si sabía algo de masajes, pues una de las damas del spa había pedido que sea precisamente yo quien la atendiera. Le dije que sí -con una sonrisa licantrópica- y me apresuré a entrar a una de las suites del tercer piso. Me esperaba Santísima Dos Santos, una septuagenaria dama portuguesa quien se acomodó en la cama napoleónica dejándose sólo la toalla que le envolvía la cabeza y una delicada cadenita de oro con la medalla de Nossa Senhora de Fátima . Miré hacia el cielo buscando una explicación pero me topé con un techo abovedado, finamente decorado con figuras eróticas, entre etruscas y pompeyanas. Empecé mi tarea realmente confundido, pues a pesar de que la doña llevaba excelentemente sus más de setenta años, no podía quitarme la impresión de estar acariciando a una iguana… Masajeé su reverso lo mejor que pude, como desarrugándola, desde la nuca hasta las plantas de sus pies, sin llegar a descubrir dónde exactamente terminaba su espalda. Me acostumbré a escucharla decir “gostoso” y “muito bom” y a sus tenues quejidos que alguna vez habrían sido sensuales… Santísima se volteó sin avisar, dejando caer la última toalla y mostrando valientemente sus pechos naturales, los cuales tuve que recoger de entre sus axilas tratando de acomodarlos más cerca del esternón por razones estéticas y filantrópicas. Llegué a tener la rara sensación de estar acomodando un par de testículos gigantes… El crepúsculo asechaba y yo no quería terminar con la zona torácica pues luego, más al meridión, unos opacos vellos rubio-castaños me esperaban con sus raíces blancas, haciéndome recordar a la brocha con que mi abuelo se aplicaba la espuma de afeitar en épocas de la navaja. Los compases de un fado, “seteados” en el minicomponentes, empezaron a sonar llenando el ambiente de una melosa melancolía… Santísima empezó a jadear cadenciosamente mientras dirigía mi mano hacia sus “partes privativas” a la vez que me jalaba cariñosamente del cuello de la camiseta y hacía una especie de pas de chat con sus rígidas piernas… La calle está dura brother… y a veces… hay que sacrificarse…
GinoNzski.
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Gino Winter (a) "Ginonzski": Nació en los Barrios Altos, Lima-Perú, de padre suizo-anglosajón y madre ítalo-peruana. Estudió Ingeniería Industrial en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Fue comando-paracaidista de la Fuerza Aérea, gerente de negocios y de riesgos en un gran grupo financiero y finalmente trabajador ilegal en varias ciudades de USA. Desde hace algunos años funge como escribidor. Crónicas Ilegales es una columna de humor negro que cuenta las experiencias tragicómicas de un inmigrante ilegal en su lucha por sobrevivir en diferentes ciudades norteamericanas, especialmente en Miami.