Max Ernst: el gozo de vivir

Miguel Ángel Zapata

Georgia O’keefe decía que no era tan importante el lugar de nacimiento del artista sino el espacio donde desarrolló sus mejores obras. Ese fue el caso de Max Ernst (1891- 1976). Ernst era un artista itinerante, siempre en movimiento, en la pintura, en el amor, en la vida plena. Tuvo varias esposas, una de ellas fue Gala (que también fue mujer de Dalí y de Eluard) y era un amante también itinerante.

Según Sabine Rewald (curadora de Arte Moderno y Contemporáneo del Metropolitan Museum of Art de Nueva York) Ernst era un raro en varios sentidos, ya que primero logró algo casi imposible para un artista alemán: impresionar a sus colegas franceses con su intelecto e imaginación. El pintor alemán vivió en tres países (Alemania, Francia y Estados Unidos) y en los tres creó una obra madura de trascendencia universal. Ernst acogió el surrealismo como su arma de trabajo, y se convirtió en la metáfora de sus constantes visiones y sueños. Juan-Eduardo Cirlot dice que el surrealismo es un verdadero sistema doble, dual y dúplice, no es solamente una modalidad poética o artística, sino una ideología coherente, en la que vemos una complejidad mayor aún que en aquellos movimientos que aspiraron a sustituir la filosofía o la religión por sus síntesis peculiares. Cuando Andre Breton publicó El surrealismo en la pintura (1928) algunos críticos se resistían a pensar que existía una pintura surrealista, mientras Breton alentaba a los pintores a no pintar aspectos de la realidad, ni siquiera de una realidad transfigurada, sino un modelo puramente interior. Breton se refería a  los pintores que habían descubierto genuinamente la verdadera razón de la pintura. Uno de ellos era Max Ernst, y también Picasso, Miró, Tanguy, y Picabia. Breton quería que los artistas plásticos miraran más allá de la ventana, es decir, al otro lado de su umbral, allá donde no llega la vista. Por eso hay una relación enorme entre la poesía surrealista y la pintura surrealista, ya que ambas nos llevan a una experiencia metafórica. Una vez que la vista rueda por el espacio del lienzo estamos atrapados sin remedio, y no hay manera de salir o de volver a entrar. Ernst era un pintor docto, leía ávidamente libros de literatura, arte, historia del arte, y a Freud. En los cuadros de Max Ernst encontramos una yuxtaposición de poesía y pintura de todas las épocas. Durante su permanencia en los Estados Unidos (Nueva York, Arizona, 1941) publicó una lista de sus artistas y escritores favoritos en la revista View. Entre ellos figuraban: Baudelaire, Apollinaire, Lautréamont, Rimbaud, Novalis, Shakespeare, y pintores tan distantes entre sí como Bruegel, Bellini, Piero della Francesca, Uccello, Leonardo, Van Gogh, entre otros. Con esta diversidad se concluye que el verdadero arte profundo e indeleble es aquel que sabe recombinar lo mejor de la tradición, y no por eso deja de ser arte de vanguardia. Lo moderno siempre está enterrado en el espejo de la tradición. Cualquiera podría dudar de la influencia de Piero della Francesca, conocido pintor del renacimiento italiano en la pintura de Ernst. Se podría decir que las influencias pueden ser muy discretas, y hasta podrían pasar desapercibidas, especialmente cuando el lector, el experto, no espera encontrar ninguna influencia de la pintura florentina en un pintor “surrealista”, o en un pintor contemporáneo la huella de Virgilio, Dante o Freud, como es el caso de Ernst.

Marx Ernst trabaja una variedad de temas en sus cuadros y esculturas. Una de las series más impresionantes es la de los bosques (su metáfora está en la sacralización de su futuro, en la muerte de la vida a través de deshechos de troncos y de árboles). Esto se puede percibir en “El bosque fragmentado” (1933).  En “El gozo de vivir” (1936)  y “Un momento de calma” (1939) son las hojas verdes, y una maleza lo que indica lo perdurable. Lo perdurable entonces está en la naturaleza, ya que en ella se observan escondidos picos de aves, iguanas, nidos ante un cielo azulino que también podría ser un mar inmenso. Ahí está nuestro futuro. La presencia de los pájaros en ascensión en alguno de sus cuadros visualiza otro entorno, la supremacía del vuelo de la eternidad.

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Miguel Angel Zapata

Miguel Angel Zapata

Miguel Angel Zapata, poeta y escritor peruano, estudió en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, y obtuvo su maestría en literatura comparada en la Universidad de California, y el doctorado en Filosofía y Letras (PhD) en Washington University, Estados Unidos. Es catedrático de literaturas hispánicas en la Universidad de Hofstra, Nueva York.  Miguel Angel ha publicado libros de poesía, ensayo y prosa. Entre ellos destacan: La lluvia siempre sube (Buenos Aires: Melón Editores, 2012), Fragmentos de una manzana y otros poemas (Sevilla: Sibila- Fundación BBVA, 2011),  Ensayo sobre la rosa. Poesía selecta 1983-2008 (Lima, 2010), Los canales de piedra. Antología mínima (Valencia, Venezuela, 2008), Un pino me habla de la lluvia (Lima, 2007), Iguana (Lima, 2006), Los muslos sobre la grama (Buenos Aires, 2005), Cuervos (México, 2003), El cielo que me escribe (México, 2002), Lumbre de la letra (Lima, 1997), Escribir bajo el polvo (Lima, 2000), Brookings Hall (Barcelona, 1994),  Poemas para violín y orquesta (México, 1991), e Imágenes los juegos (Lima, 1987). Su poesía ha sido traducida al  inglés, francés, italiano, portugués, árabe y ruso. Ha publicado también los volúmenes: Vapor trasatlántico. Estudios sobre poesía hispánica y norteamericana (Nueva York, 2008), Asir la forma que se va. La poesía de Carlos German Belli (Lima, 2006), El hacedor y las palabras. Diálogos con la poesía de América Latina (2005), La pirámide y el signo. Literatura y Cultura en México, siglos XX-XXI (Nueva York, 2004), Moradas de la voz. Notas sobre la poesía hispanoamericana contemporánea (Lima, 2002) y Nueva poesía latinoamericana (México, 1999), Metáfora de la experiencia. La poesía de Antonio Cisneros (Lima, 1998), entre otros.
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