Los otros mundos de Rosana Alonso o atisbar una realidad distinta

Félix Terrones

 

alnoso portadaHace poco apareció la primera colección de microrrelatos de Rosana Alonso (Madrid, 1964) titulada sugestivamente Los otros mundos. Para quien sigue de cerca la evolución del microrrelato en el mundo hispánico, Rosana Alonso no es un nombre desconocido sino más bien un nombre que, lo mismo que el género, progresivamente ha ido haciéndose popular y ganándose un lugar unánime entre los lectores. No sólo lo digo por la cantidad de distinciones que ha recibido, ni por el hecho de que recientemente haya preparado, con Manuel Espada, la antología con la que la editorial Talentura busca graficar el momento actual del microrrelato hispánico, lo cual muestra su actual reconocimiento. Lo digo más bien por las cualidades que tienen su ficción y que la han convertido en una de las voces más personales, una de las propuestas estéticas más interesantes de los últimos años.

La sensación que da Los otros mundos en su conjunto es la de un libro muy bien trabajado, pulido en sus detalles más mínimos, en la que cada pieza se encuentra en su lugar como una unidad suficiente en sí misma pero también con una parte de un todo que la abarca. De ahí la disposición del libro en cuatro partes bien diferenciadas y que, como si tratase de los motivos de una melodía, desarrollan diversos aspectos de una sola inquietud estética: “Mundos posibles”, “Mundos improbables”, “Mundos de ensueño”, “Mundos de pesadilla”. El excelente sentido de la composición con el que Rosana Alonso ha dispuesto sus microrrelatos acerca su conjunto a otras cotas del género como Centuria de Giorgio Manganelli o, por remitirme a otro caso hispanoamericano, como Ajuar Funerario de Fernando Iwasaki.

Pero si en Giorgio Manganelli la unidad es formal (las famosas “novelas ríos” condensadas) y en Fernando Iwasaki es más bien temática (el motivo de la muerte), en Rosana Alonso tiene de ambos. Es formal pues los microrrelatos están escritos con escalpelo, son breves y concisos, sin arabescos, apuntan al centro neurálgico de lo que buscan transmitir. Eso explica que su lenguaje sea antes que nada funcional, como si se encontrara subordinado a la atmósfera o el efecto que se quiere provocar. Lo cual supone una apuesta arriesgada por la expresión, apuesta de la cual Rosana Alonso sale sistemáticamente bien librada. Recupero uno de los microrrelatos del libro, titulado Vigilancia, para ejemplificar esta idea: “Esa noche, el astrónomo tuvo la sensación de estar siendo observado”. En escasas once palabras, Rosana Alonso, sobre todo por ese uso diabólico del gerundio, nos transmite el sentimiento de zozobra que anega a su anónimo personaje. ¿Qué más se puede pedir?

En cuanto a la unidad temática, ésta es anunciada desde el título y los epígrafes que plantean la poética del libro. Cada uno a su manera, los microrrelatos de Rosana Alonso son bombas de tiempo a la espera de que un lector se anime a leerlos para explotar la tensión de una escena o situación. Se trata de dejar la puerta abierta a aquello que hemos olvidado o descuidado y que la suerte (o la fatalidad) nos pone en el camino. Me gustaría recordar uno de los microrrelatos titulado “Revelación” y que en toda su concisión es una muestra ejemplar de la poética que alienta el libro: “Ayer, cenando sopa de letras, descubrí el secreto del universo. Me apresuré a devorarlo antes de que mi madre trajera el segundo”. Al leer el microrrelato precedente, resulta inevitable pensar en Julio Cortázar para quien lo verdadero, lo esencial, puede aparecerse en cualquier momento a sus personajes y, por lo tanto, a sus lectores, para desestabilizar sus verdades heredadas.  Dicho sea de paso, se trata de un influencia que no hace de Rosana Alonso un epígono sino más bien alguien ansioso por declinar hasta el infinito la preocupación por lo fantástico entendido como percibir o intuir algo inexplicable. De ahí que en ocasiones lo fantástico asome bajo forma de ciencia ficción u otros registros que multiplican, no sin cierta dosis de humor macabro, tanto las potencialidades del relato como la perplejidad de sus personajes (y lectores).

Es interesante ver cómo poco a poco en la cartografía del emergente género denominado microrrelato algunos nombres comienzan a convertirse en lugares no sólo conocidos sino también consensuales. Rosana Alonso es uno de ellos por su oficio creativo, su propuesta originalísima y la manera en que interroga las inquietudes que, como escritora, nos plantea en su primera colección de microrrelatos. De ahí que nos quede el entusiasmo por una nueva colección así como la curiosidad por saber de qué forma continuará su periplo literario. Una cosa es segura, eso sí, con Los otros mundos ha sabido formular un estilo reconocible que gana mucho con la lectura atenta. Imagino también que con la relectura; por eso, dejo ya de escribir estas líneas y me pongo a leer una vez más los microrrelatos de Rosana Alonso, otra manera de atisbar aquello que se esconde a nuestras miradas ya ciegas de tanto reconocer sin ver de verdad.Rosana

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