Ainara Mantellini

 

Recientemente el Grupo de Lectura en Español que se reúne en Books and Books (Coral Gables) organizó un curso para ahondar, no en un libro o un autor, ni en una corriente literaria, como habría sido natural, sino en el hecho mismo de la lectura. Leer es finalmente el ejercicio que hacemos a diario y nos lo tomamos tan en serio como una profesión o una religión. ¿Por qué?

Nuestros propios espejos, con las respuestas, nos los trajo Luis Yslas, editor de Lugar Común, una cooperativa editorial venezolana que ha ganado mucha fuerza por la selección de sus títulos y la promoción de actividades culturales vinculadas con la literatura. Luis Yslas viajó a Miami para dictar un intensivo curso de 4 sesiones el pasado mes de julio.

De la mano de una interesante selección de textos, Yslas presentó cuatro maneras de entender por qué nos acercamos a la lectura. Con Piglia y con Federico Vegas, entendimos que es posible encontrar “refugio” en la lectura: hacerla el lugar al que acudimos para protegernos de la intemperie, para ser uno mismo en el reflejo de esa página impresa que leemos, para parecer que nos borramos del mundo amparados en la soledad y el ensimismamiento. Un proceso íntimo.

También nos paseamos por la lectura como seducción: la lectura como puente para llegar al otro, como un diálogo que se abre en el silencio de la lectura. Queremos leer en un libro más que lo que está escrito: queremos leer lo que el otro leyó, lo que el otro pensó en cada vuelta de hoja, como si ese ejercicio nos terminara el dibujo de su personalidad y nos lanzara además pistas y notas de las palabras que quizás quisimos decirnos y no lo hicimos. Del mismo modo, prestar, regalar o recomendar un libro a un ser especial, lleva una carga de nuestra intimidad, una idea de “si lees ese libro, me conocerás”, o al menos “estarás pensando en mí en tu soledad, en la intimidad de tu lectura”.

La lectura como adicción nos presentó esa imagen hermosa y terrible del que no puede vivir sin leer y sin embargo, tuvo que hacerlo: Borges, el gran lector, el asiduo lector, el incansable, que irónicamente fue perdiendo su capacidad de visión.  No así su adicción. La adicción por la lectura es al mismo tiempo reflejo de otras adicciones: la de saber más, la de sentir más, la de explorar más para encontrar respuestas o sensaciones que no hacen sino llevarnos a nuevas preguntas o más curiosidad y, por tanto,  más lecturas. Y también por supuesto, recordamos a ese otro gran adicto de los libros, y de leer cuanto encontrara en el camino, que fue el Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Pero esta adicción de Don Quijote no trae consigo un nada más que su aparente locura, sino un proceso de “conversión”.

La conversión, que fue el último tema a explorar: un fenómeno que ocurre en el lector prácticamente con cualquier buena lectura, aunque siempre podemos identificar esa lectura que marcó un antes y un después de nuestra personalidad, de nuestro entender el mundo o de nuestra identidad como lectores. Yslas explicaba que, ante la lectura, el lector deja de ser quien es, se transforma en uno diferente, que se vuelve la nueva identidad y que luego volverá a transformarse con una nueva lectura. Don Quijote, como decíamos, dejó de ser quien era y en su propia transformación, transformó también a Sancho y a quienes le rodeaban, y por supuesto, por todos los siglos que siguieron, continúa él también transformando a cuantos lo leemos. Convirtiéndonos a su sencillez de valores, a su inocencia.

El curso, inédito en Miami, reunió una treintena de lectores y dejó establecido el creciente interés que existe en esta ciudad por explorar más allá del libro y de los autores. Miami tiene ese otro perfil, aún ignorado por muchos: es una ciudad que lee, de puertas adentro y de fronteras afuera. Tan plural como es su composición, es también su ritmo de lectura.

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