Antonio Ramos Revillas

 Siempre tenemos más libros de los que necesitamos. Siempre tenemos más libros de los que podemos leer. Siempre. Por eso a veces hay que donarlos a alguna biblioteca, venderlos, regalarlos a algún amigo o bien, usarlos para otra cosa para la que fueron concebidos.

En mi más reciente mudanza me encontré con más de cuatro cajas de libros que ya no quería tener conmigo. Ocupaban espacio. Habían sido comprados al amparo de la prisa o bien, regalados en algunas de esas donaciones vastas que por lo general hacen algunas editoriales a gota de hormiga para tal o cual reseñista.

Los anuncié en mi muro de Facebook sin éxito. Nadie los quiso comprar ni siquiera los quisieron como regalo. No eran malos títulos, o eso creía yo que un día había confiado en ellos como para llevármelos a casa. Pero necesitaba no cargarlos más conmigo. Doné algunos, pero incluso eran seleccionados y me fui quedando con menos, pero con los suficientes para armar una caja.

¿Cuántas veces al ver nuestras bibliotecas sabemos que traemos libros en la espalda que sólo nos recuerdan que no los leeremos? Me ha pasado con algunas novelas de corte marítimo, que compré con mucha emoción cuando deseaba aprender a escribir sobre galeones y naos de cualquier tipo. Las novelas se fueron amontonando hasta que un buen día dejaron de ocupar la mesa de novedades de mis libreros.

Pero yo necesitaba deshacerme de esos libros. Los junté en una caja y la subí al coche. Pensé que podría regalarlos a los desconocidos, pero ni siquiera ellos los quisieron. Luego pensé en donarlos a otras personas y aunque recibí solicitudes de agradecimiento y varios libros estuvieron a punto de ser recogidos, nadie pasó por ellos al final del día. Descubrí así que nadie confía en los libros regalados. Para que en realidad sean nuestros deben ser comprados o robados.

Así que pensé que lo mejor era confiar en los desconocidos. Como dicen por ahí: en los desconocidos hay que buscar la esperanza. Dejé la caja afuera de mi casa y me olvidé de ellos. A la media hora la caja había desaparecido. Sentí como un terrible remordimiento que me mordía el pecho, pero tuve que hacerme el fuerte.

Los libros también son para ser dejados a la deriva, que busquen sus playas. No existe divorcio más grande que aquél que uno hace con los libros amados, pero es indispensable hacerlo, porque los libros no leídos se amontonan siempre en los libreros y sólo nos recuerdan una cosa: nunca seremos los lectores que queremos ser. Acaso habría qué ser lector de un solo libro, pero un buen lector de ese libro en particular.

Así que me olvidé de mis libros y continué con mi vida, sin sentir la orfandad de quien ha perdido una biblioteca.

Pero la semana pasada me los encontré. Estaban todos ellos, casi todos, en una mesa de venta de libros usados. Algunos tenían un precio que nunca se me habían ocurrido. Otros se mantenían aún con su retractilado intacto. Ni siquiera quien se había llevado la caja los había abierto.

Le pregunté al dueño del negocio si él provenía de la ciudad de México y me respondió que sí. Suspiré. Ahí estaban esos libros extraños, rápido intuí que a él se los había vendido el raptor ¿o era un raptor?.

Al instante, los libros empezaron a recordarme que habían sido míos, que los había llevado y traído en inciertas mudanzas hasta que un día, finalmente, había salido de mi vida.

De nuevo tuve que hacerme el fuerte cuando levanté uno de ¿mis libros?, y lo abrí. Olía a mi casa. Olía a mi librero. Repasé lentamente las páginas. Aspiré ese olor que los libros dejan en la nariz de la nostalgia y lo volví a cerrar.

En todo caso soy un hombre, a veces, terco. No caí en la simpleza de volverlos a comprar, pero recomendé uno a un lector que se acercó curiosamente a la mesa de exhibición. Me quedé expectante un momento y luego me alejé. No sé si lo compró, pero algo me dice que no se lo llevó a casa. Así sucede a veces con la lectura. No nos la llevamos aunque sea gratuita, pero entenderlo es parte de leer.

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Antonio Ramos Revillas. Monterrey, 1977. Ha sido becario del Centro Mexicano de Escritores y de la Fundación para las Letras Mexicanas. Escribe cuento, novela y literatura infantil. Premio Nacional de Cuento Joven Julio Torri. Su última novela, El cantante de muertos, (Editorial Almadía) fue considerada por la crítica mexicana como una de las mejores novelas del 2011.
Actualmente pertenece al Programa Nacional de Salas de Lectura de Conaculta como formador de mediadores.