#Lasticön | Cuatro > Nobleza hedionda

 

John Morales es el Sofía Vergara del servicio meterológico. Un tipo que tiene su talento y con eso le alcanza para el crossover. Pasó de Telemundo 51 a NBC 6, para hacer lo mismo pero en inglés: ponerle Doppler Alert y palabras pomposas a las ciclónicas amenazas de los conductores del noticiero. A Vivian le atrae ese wey. Lo admira porque triunfó en el mainstream. Y se calienta porque se parece a Ray Liotta. Podría estar atrapada en este huracán de mierda junto a él, y mostrarle una humedad que el meteorólogo jamás podría predecir. Y sin embargo está encerrada con estos tres cabrones. Y el maldito poeta la anda buscando. Otra vez. Tiene que admitir que hay algo de él que la atrae. Pero nada como Ray Liotta. O el good fella del pronóstico.

Ya, por favor. Apaga eso. No aguanto más a este tío. Viene categoría 4 y entra por Delray Beach. Got it. Too late para salir corriendo a Home Depot a comprar linternas.

¿Por qué no vuelves a los jueguitos?

Porque yo me siento en la mesa de los adultos. Y me acuesto su cama.

El silbido molesto de las ráfagas ya se mete en las cabezas. Vivian sonríe y sube el volumen de la TV. El presentador anuncia que ha llegado la actualización de las 11PM del National Hurricane Center y da paso a Ray Liotta. Una rama se estrella contra la ventana anti huracán. Se corta la luz, que aparentemente no es anti huracán.

 

Álvaro, Rita y Lasticön fuman un creepy de efecto inmediato junto al portón del garage, el único espacio autorizado por Vivian. El poeta aspira y tose.

Joder, de dónde coño sacas estas cosas.

Rita tiene contactos.

Álvaro y Rita ríen la risa under the influence.

Tenía.

Misma risa. Lasticön se va sumando.

Anda tío, ¿de qué contactos estamos hablando?

Rita vende del mejor.

Shut up, asshole. Ya no. No estoy vendiendo más.

Esto es la hostia.

A ver Lasti: adivina por qué Rita se quedó sin trabajo.

Álvaro. Shut-the-fuck-up.

No sé. La DEA promovió a tu Dealer y se lo llevó a Tallahassee.

Casi.

BIG D, el boss, entró en un rehab de Homestead.

Los tres ríen de más. Under la misma influence. La risa se interrumpe con el estruendo traicionero de la uña de Godzilla o algo que se estrella con el portón del garage. Recién ahí se dan cuenta que el huracán está pasando más cerca de lo que creían. Y vuelven a reír.

A diferencia de la cueva de Álvaro, el townhouse de Vivian tiene todo. Es una madre, piensa Lasticön. Hay velas, hay cartas españolas, hay agua. Hay todo lo que sugiere Home Depot para atravesar el fenómeno. Con las últimas energías del celular de Rita explora el garage y da con unos sprays MTN 94: Clandestine red, Twister Blue, Wolf grey.

Eran los colores favoritos de Bryan… de su “fase” graffitera.

Lasticön no la oye. Sacude violentamente los envases uno por uno y recupera dos rojos y un gris. Se quita toda la ropa menos el boxer y unas Gola verdes ya en las últimas. Se cuelga de la cadena del portón y lo eleva unos pies, lo mínimo necesario para escabullirse. Toma los dos sprays rojos, los sacude y sopla como cowboy en uno de los Clandestine.

No me esperen para el postre.

Y repta bajo la cortina.

Álvaro y Rita arrancarán una carcajada gemela. No podrán creerlo: Jawan Starder, del noticiero de NBC 6 del día siguiente, hará un paréntesis en el recuento de los daños naturales para mostrar los daños ocasionados por el hombre. En el murallón de la New World Symphony sobre la 17th St. podrá leerse el graffiti

Siete abdicaciones

en hilera

y el cáliz perdido.

Ya no quedan mandatos

para esta nobleza hedionda.

escrito con rojo Clandestine.

 

Pero mucho antes de que esto suceda, tenemos un huracán con nombre de mujer –a esta altura ya sabrá usted que son los peores– rozando South Beach con malicia. Vuelan ramas, se cortan cables, los semáforos se hamacan como psicóticos. Vivian y Rita, aterradas por los truenos, en la cama matrimonial. Álvaro, en el sofá. Duermen porque sin luz no hay nada que hacer. Pero cerca de las 2, unos golpes rítmicos castigan la puerta de calle. Solo Álvaro los oye. Es una melodía que no puede identificar pero definitivamente es una rola conocida.

Hijo de su puta madre.

Abre la puerta. Lasticön está tajeado por todos lados. Respira agitado y esboza una risita macabra. Entra rengueando de la pierna izquierda.

Big D. Hay que sacarlo del rehab. Tengo un business que no puede fallar.

 

 

El problema es el vecino colombiano que no quiere olvidar el agresivo statement lasticöniano “para el señorío madridista serás siempre un narco-sudaca”. El poli se cansa, mitad de aburrido y la otra mitad porque Álvaro lo convence de que se trata únicamente de una inofensiva discusión por equipos de soccer. Y lo libera.

Zlatan hace el 6-3 para los diablos rojos del Manchester frente al Ajax, segunda equipación. Álvaro recuerda que la última vez Rita no pudo ni anotarle. Pinche generación Z, van a tomar el mundo tan pronto alguien suba a Youtube el tutorial “How to take over the world”. Rita elige siempre el Ajax porque es el equipo de Amsterdam, la ciudad de sus sueños y de los relatos de Big D, el dealer newyorican que le vendía a su padre, hasta que entró en rehabilitación.

Rita casi marca el cuarto cuando Álvaro se distrae con la cadena del water. ¿Desde cuándo el energúmeno de Lasticön tiene ese guiño civilizado? Termina el match. Ha ganado el Manchester pero Mourinho no debe estar satisfecho.

Al poco tiempo de mudarse a esa casa, comenzó a oir ruidos raros en el estrecho sendero que va de Meridian Avenue al alleyway, entre el edificio art decó y la medianera. Son quickies anónimos. Sexo sin futuro. Pasa todo el tiempo. Dejan condones, envoltorios de cocaína. Una vez encontraron una jeringa. Desde entonces, Álvaro se trajo de la casa de empeños de la familia un bate autografiado por Giancarlo Stanton que descansa llamativamente cerca de Rita.Ella sabe defenderse, piensa Álvaro y sospecha que tiene algo que ver con la presencia de Lasticön que revuelve la única pila de libros de la casa hasta dar con sus poemas. Provoca rechazo y cierto temor en las mujeres. En la gran mayoría de ellas. Pero no en Vivian que tiene predilección por las almas rotas. Álvaro los mira conversar y la escena se le antoja irreal. Nunca hubiera imaginado que esos dos pudieran tener algo en común. De eso no puede salir nada bueno.

Álvaro recorre con ayuda de la linterna del celular la circunferencia de la tabla para confirmar que el tipo meó sin la actitud egoísta de siempre. Efectivamente, ni una gota. Oye a Lasticön declamar desde la cocina

Tu vulva congela

los anhelos

deflorados.

Gobierna

desde dios

el curso de los días,

acercando el averno

5 grados por semana.

Álvaro sale secándose las manos en el pantalón y se encuentra con Lasticön tomando de la cintura a su hermana, petrificada por la torpeza del asunto. Refriega pelvis contra pelvis.

¿Es así la cima?

Con estos vientos alisios

que susurran sinsentido

El poema se interrumpe cuando el heterodoxo batazo de Rita impacta en el parietal derecho. Álvaro teme lo peor; por suerte la sangre manchó el bate pero no en la parte del autógrafo. Lasticön cae pesadamente, ni mete las manos. Vivian grita “Qué haces”, llena un bowl con agua tibia, toma el rollo de cocina, pide toallas y una serie de insumos de primeros auxilios de los que Álvaro carece. Ni uno.

Pinche inútil, take your head off your ass.

Rita y Álvaro salen dando un portazo que hace a Laticön abrir un ojo.

Qué pasó.

Chorrea demasiada sangre. Vivian hace presión en la herida con una toalla que dice Miami Bitch. Lo ayuda a girar boca arriba pero él aprovecha el envión e intenta ponerse se pie. Se da la cabeza contra la puerta del horno y aterriza manchando su libro.

      Ah, ya me acordé.

Dejando sus huellas por la hilera los cajones, logra ponerse de pie.

¿Es así la cima?

Con estos vientos alisios

que susurran sin sentidos

condenas estériles

de cuello alto

y mirada ciega.

Vivian se escurre bajo el brazo derecho, el que no sostiene el libro.

Vamos a la cama. Sigue leyendo.

Salen del Walgreens de Collins y la cinco. Álvaro chequea una vez más el mensaje de texto de su hermana: gasas, alcohol, algodón, crema antibiótica, tampones. Caminan rumbo al liquor de la 7 y Washington. Solo ahí encuentran el Tesoro della Regina, el Pinot Grigio favorito de Vivian y verdadero requisito para hacerse cargo de la situación. Álvaro sospecha que la predilección tiene solo que ver con el nombre.

Extraño demasiado a Ryan. Y era mi amigo. No sé cómo hace Vivian.

Me tiene a mí. Yo soy el débil, el needy de la familia. Ella no puede darse el lujo de caer. Me lo enseñó mi jefe antes de morir, pinche idiota.

Un rastro sanguinoliento se dibuja de la cocina al dormitorio. Habrá que tirar el edredón beige al alley. Vivian piensa que ya era hora, nunca le gustó. Mil veces le dijo a su hermano que era un color de viejo. El sangrado se detuvo. Vivian limpia la herida con jabón y agua tibia. Lasticön la toma de la cintura, busca reiniciar la refriega de las pelvis.

No wey, estoy con el período.

So? Será nuestro pacto de sangre.

En el estrecho sendero que va de Meridian Avenue al alleyway, junto a la medianera, Álvaro y Rita prenden un porrito. Allí podrán oír cuando termine el frenético golpeteo de la cama en la pared.

Tu padre no parecía tan débil.

A huevo. ¿A poco no viste cómo se cayó a pedazos el muy cabrón después de lo de Bryan? Las que sostienen esta familia en los desmadres son siempre las mujeres. Por eso ahora le toca a Vivian.

¿Y tú qué?

¿Yo? Yo soy el cabrón que los mató.

 

Lasticön despierta en la playa con el rostro ardiendo. Tiene solo una de sus havaianas, le falta el cinturón y viste una t-shirt que no es suya. Encara la vuelta hacia Ocean Drive. Siente arena hasta en el culo. Muerde un par de granitos. Quiere escupirlos pero tiene la boca seca y le duele la garganta.

Salta una cerca puntiaguda y alta, de esas que se instalan para no ser saltadas. Espera en el acceso al condo un buen rato hasta que sale una yogi que lo mira con asco de arriba abajo pero no se atreve a detenerlo. Llega al apartamento de Álvaro. Golpea la puerta con la mano abierta varias veces y nada. Decide esperar en el cuarto de lavado, desde donde puede oír su arrivo. Enciende el ruidoso secarropas y se sienta a domarlo. Se masturba pensando en una Frances McDormand tardía, algo descuidada. La de Moonrise Kingdom. Por momentos es Angela Molina, son intercambiables. Toma el bolígrafo que se robó de un Subway. Siempre se roba bolígrafos. En la pared escribe

Tiempo de nadie

de lealtades copy paste

y epopeyas idiotas.

 

Un viento de otra ciudad atraviesa el verde utópico del Memorial Park, en el sur de la ciudad. Álvaro, inmóvil hace ya un buen rato, solo observa a su hermana ocuparse de la tumba del padre. Sacude polvo, tira las flores marchitas, corta el tallo de unas Magnolias imposibles, les da agua. Tiene que ser un mecanismo de defensa, piensa. Vivian hace todo a una velocidad que no tiene nada que ver con la eternidad de la muerte. Por fin se sienta en el césped, exhausta. Más por la ausencia que por el cansancio. De su cartera, saca unos Crocs azules y los deja, alineados, junto a la pequeña placa de mármol blanco.

Cuídate, Alvaro. Cuídate mucho.

¿Y eso a qué viene?

No quiero quedarme sola. No podría.

Otra brisa inexplicable atraviesa el paisaje en dirección al mar. Vivian le extiende la mano y Álvaro la ayuda a ponerse de pie. A medida que se acercan a la tumba de Bryan, Álvaro siente cada vez más pesados los pies. Vivian se cuelga de su brazo, como solía hacerlo con el padre. Rita los está esperando. Viste muy flashy para el lugar. Negro pero con varios detalles fucsia. Vivian repite el ritual de la limpieza, la chica la ayuda. Cuando terminan, rompen a llorar, se abrazan. Álvaro no lo soporta y se marcha. Vivian se arrodilla, besa el mármol y deja un gift card de Xbox por $50. Luego echa a correr tras su hermano. Se abrazan. Álvaro, se cuelga del brazo de Vivian. Rita los mira alejarse. Se guarda la gift card pero le deja una pastilla, una codiciada Superman. Y agua, para que no se deshidrate como en la última Ultra.

 

Lasticön encuentra la manera de que el lavarropa funcione con la tapa abierta. Y de experimentar vueltas suicidas con sus piernas trabadas en el tambor vacío. Ahora vomita lo que parece ser seafood pasta, pink sauce. Una comida que no recuerda haber probado. Se limpia con unos leggins que alguien descartó en el cesto. Se marcha. Quién sabe dónde andará el mexicano. Cuando pasa frente a su puerta vuelve a golpear. Puede haber llegado cuando él estaba haciendo gilipolleces con esa lata ruidosa. Nada. Con la palma abierta, últimos tres golpes y se va a la hostia. Pero los golpes se convierten en una patada voladora, por qué no. Esperarlo jugando FIFA le parece una gran idea. Descarga dos patadas karatekas. Karatekas en su cabeza porque para el vecino que lo mira incrédulo –un gym freak colombiano que trabaja para UPS–, parace más una patada de loco o de drogado buscando plata para más vicio. Lasticön, exhausto, se recuesta contra la puerta y recién ahí lo ve. El tipo sigue sin poder creerlo, mucho menos cuando recibe un torpe jump cut que ni lo mueve. Con la mano abierta de compasión, lo estampa contra el marco de la puerta. Antes de perder el conocimiento, Lasticön alcanza a notar que el tipo que lo noqueó tiene la camiseta del Real Madrid. Qué día de mierda.

Vuelve en sí. Está esposado a un árbol y se le parte la cabeza. Esa t-shirt no es suya y está cubierta de sangre. Parece un balazo. Joder, ¿otra vez?, piensa antes de desvanecerse.

 

Vivian pisa un helecho cuando se apea del sendero de piedras donde un policía en bicicleta toma declaración al vecino colombiano de su hermano. Hay un tipo sangrando de la cabeza, con un solo flip flop, esposado a un árbol. Siente un estrépito: Álvaro tiró las bolsas de Whole Foods que cargaba. Y se ríe como un energúmeno, con todo el cuerpo, Rita se contagia pero no entiende.

El policía se acomoda los huevos sudados con un movimiento que él debe juzgar disimulado.

¿Lo conoce?

A huevo. Como al hermano border que nunca tuve.

Álvaro vacía una San Pellegrino en el rostro herido de Lasticön que reacciona lentamente.

Wey, ¿cómo te sientes?

Fatal, tío. ¿Cómo quieres que me sienta? Aquí, baleado por Cristiano Ronaldo.

 

Álvaro acopla la lengua con la base de la pinga eyaculante y se sorprende de no sentir nada. Más se sorprende cuando el semen estalla ocupando los espacios vacíos y sigue sin sentir nada. Pero es aún algo táctil, una parte de su cuerpo en contacto con un elemento líquido recorriendo el paladar. Cuando se activa el gusto, cuando lo viscoso y cálido da lugar a lo amargo o a algo parecido, ahí tiene la primera arcada. Todo dura un segundo pero en su mente puede identificar fases y circunstancias completamente distintas

Experimenta un acceso cálido que recorre su cuerpo. Es placentero, casi casi lo que se había imaginado que sería. Lo que estaba buscando. Algo que no tiene nada que ver con lo sexual. Lo ha racionalizado tanto que se parece más a un power point para la FIU que a esta mamada anónima en el estrecho sendero que va de Meridian Avenue al alleyway, entre el remodelado condo art decó y la medianera. “Creo que esos comportamientos erráticos y extraños tienen que ver con algo del orden de la autoflagelación. Esas conductas, como tú mismo has remarcado, comenzaron tiempo después de la muerte de Bryan” dijo un par de horas antes su analista, la de Boca Ratón, que se había decidido por fín a opinar algo después de 7 meses de terapia. Lejos de preguntarse si estaba bien o mal lo que hacía, esa explicación le dio alas, le dio una razón de por qué hacía lo que hacía. Se le rió en la cara. No por absurda sino porque le parecía tan obvia que le hizo gracia que se lo tuviera que decir otra persona.

Sin sacársela de la boca, el tipo mete la mano en un bolsillo. Prende un porro. Tiene las muñecas vendadas con gasa de hospital. El jean azul apesta a transpiración, algo que en Miami no representa ninguna rareza. Álvaro, que empieza a sentir dolor en las rodillas, sufre otra arcada y trata de contenerla. Le parece más freak vomitar que tener la pinga de un extraño en la boca, una idea ajena hasta hacía unos 15 minutos atrás. Escupe toda la leche sobre la ajada bota izquierda de cuero marrón. El tipo ni se inmuta. Álvaro se pone de pie, se quedan frente a frente, se miran. El tipo da una larga pitada, le extiende el porro y él, que no fuma, acepta. Con la pinga aún asomando se pone a mear.

Wey, qué haces.

Y a tí qué mierda te importa, tío.

Yo vivo aquí.

 

Álvaro oye el largo meo, potente, direccionado al centro del water, para que se oyera. Todo es muerte y sexualidad, leyó una vez en algún lado refiriéndose al psicoanálisis. Es sexualidad que en los mingitorios el hombre asuma que a mayor ruido mayor virilidad.

El tipo no levanta el asiento del inodoro, no tira la cadena ni se lava las manos. No pide permiso cuando empieza a revolver alacenas ni cuando abre el refrigerador.

Porca miseria. ¿Tienes hambre?

A-ha.

¿Tienes coche?

El tipo sube al Maserati Gran Turismo S Coupé gris oscuro parkeado en el lot de El Carnal en Flagger y la 27.

 

No entiendo por qué hostias no podemos sentarnos.

Wey, me gustan sus tacos pero me deprime el lugar.

Whatever.

 

Álvaro enciende el motor. Sigue sonando Hello Seahorse!

 

Deseo encontrar el color de mi piel
Deseo encontrar mi forma natural
Con el tiempo me he dado cuenta que aún
No encuentro ni invento bien
Quien soy

 

El tipo empieza a repartir el pick up. Al pastor para Álvaro. Quesadilla y tacos mixtos para él.

 

Wey, en el carro no.

Joder, broder. ¿A tí no te ha pegado el bajón?

Es el carro de mi Jefe.

¿Y qué mierda haces con el carro de tu jefe?

El carro de mi padre.

Oh, gotcha. ¿Padre obsesivo? ¿Qué te dice?

Decía. Murió en Agosto.

¿Entonces?

Lo cuidaba mucho. Nos decía que el auto se comportaba mejor que nosotros.

¿So?

Es la primera vez que lo uso.

¿Desde que murió?

No, la primera vez que lo uso.

 

El tipo lo mira y se lleva a la boca un triángulo de quesadilla. Piensa un segundo y engulle los nachos. Demasiados. Come aún con menos cuidado. Con risa diabólica, mastica mecánica, toscamente y deja caer la comida. Álvaro lo mira un instante, descolocado pero toma uno de sus tacos con descuido. En lugar de comerlo, lo abre y se lo pasa por los labios dejando caer los trozos de carne en su falda y de ahí a la alfombra y debajo de los pedales. Los dos ríen desaforados.

En el sofá de Álvaro, juegan FIFA ’17. Álvaro selecciona el Manchester United, segunda equipación. El otro, el Athletic de Bilbao. Antes de empezar, Álvaro presiona pausa y va en busca de un Tequila Don Julio Añejo. Sirve dos shots.

¿Por qué jugamos?

¿Una mamada?

Son casi las nueve A Eme. El tipo palmea el rostro de Álvaro, al que le cuesta entender y se le parte la cabeza.

Vamos: toma una coladita. Levántate, que tienes que hacer la denuncia.

¿Qué pasó?

El coche de tu Jefe pasó a mejor vida. A una playa de Brasil vía Paraguay.

El tipo le deja un rollo enorme de billetes de 100 atados con una gomita celeste. Álvaro echa a reír desaforado. No porque deshacerse de aquella obsesión paterna sea absurdo sino porque le parece tan simple que le hace gracia que hubiera tenido que hacerlo otra persona.

Soy Álvaro.

Yo Lasticön.

¿Cómo?

Lasticön

¿Y a qué te dedicas?

A tocarle los huevos al Tigre.

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Gastón Virkel

Gastón Virkel

Gastón Virkel (Argentina, 1972) es escritor y guionista de cine y televisión. Ha obtenido numerosos premios a la creatividad en TV donde se ha desempañado en canales como MTV, Nickelodeon, Telemundo o Boomerang. Actualmente se encuentra desarrollando varios proyectos para cine entre los que se encuentran una historia Sci fi, una del Miami de los 80s y una de la guerra de Malvinas. Tiene un hijo de 8 años con el que está desarrollando “Squirrel vs. monster” un proyecto de animación para niños. Y participa en Viaje One Way: antología de narradores de Miami, con el cuento Cara a cara.

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