Irte de vacaciones, aunque sea a tu ciudad natal, sin guitarra es como hacerlo sin esos enganches modernos (móvil, WhatsApp, Instagram, FB, TW…) de los que no queremos desconectar del todo. Como que falta algo. Como que hay una pulsión que no acaba de saciarse y soy tonto porque una pianola no, pero una guitarra es un objeto más o menos portátil.
En esta carencia guitarril me acordé de Joaquín Zabalza, el querido profesor con el que me inicié hace ¿veinte años? después de ver un discreto anuncio, “Clases de guitarra”, en la casta sección de Clasificados del Diario de Navarra. Fue en un agosto como este, y yo iba muy feliz a esas clases, en un paseíto muy grato y soleado por esa Pamplona que yo llamo para mis adentros la ‘Pamplona italiana’, y que comprende la plaza San Francisco, la calle Hilarión Eslava y la vieja tienda de Pianos Luna, el rincón de la Aduana (sobre todo antes del párking), el conservatorio que se ve desde la calle San Francisco y la calle Mayor, en cuyo número 54 encontramos una placa en memoria de Zabalza y Alberto Huarte, dos de los cinco integrantes de aquel grupo de gloria efímera, Los Iruñako, que se separaron en 1965. Los conocían como ‘los Platters’ navarros y se embarcaron en una gira de dos años por todo el mundo cuyo ritmo no todos los integrantes estuvieron dispuestos a soportar. Algunos prefirieron bajarse del carro y dedicarse a una vida más estable; Joaquín Zabalza, por cierto, sería autor de algunos himnos hiperlocales como el “A San Fermín pedimoooos, por ser nuestro patrón”, que cantan cada mañana sanferminera los corredores, segundos antes del encierro.
Me acordé de Joaquín Zabalza, y aquel agosto de mazurcas y vals del soñador, pero sobre todo de sus guitarras, imagino que ahora abandonadas tras su muerte, en marzo de 2005. Tendría unas doce, en un par de cajas a lo largo de la buhardilla de calle Mayor, 54. Me gustaría saber qué fue de ellas, si enmudecieron para siempre, si se quedaron tiesas, en sombra, en un desafine perpetuo, ablandándose, derritiéndose como los relojes de Dalí. 
Quizá el mejor homenaje hacia esas personas buenas sea acercarnos a sus objetos y mantenerlos vivos de alguna manera. Tocar, simplemente, sus guitarras, y devolverles la magia, como aquel grupo que el dirigió llamado, precisamente, Guitarras Mágicas.

Foto del grupo aún en activo, en lo que parece ser una azote de Nueva York.
Joaquín Zabalza es el tercero por la izquierda. Foto: Javier Bergasa.

© 2012, Eduardo Laporte. All rights reserved.

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Eduardo Laporte: Licenciado en Comunicación Audiovisual (Universidad De Navarra) , Máster en Periodismo Multimedia (El Correo/UPV) y Diploma de Estudios Avanzados en 'La lengua y la literatura en relación con los medios de comunicación' . Colaborador habitual en la prensa cultural, como el suplemento 'Territorios' de 'El Correo de Bilbao', y el resto de cabeceras del grupo Vocento. Crítico literario para la web 'Ojos de Papel' y, desde 2012, para la revista cultural, decana en su género, 'El Ciervo'. Autor del blog 'El náuGrafo digital' que, con pequeñas variaciones en el título, se actualiza desde octubre de 2004. Es el padre del arrealismo. Publicaciones: 'postales del náufrago digital' (Prames, 2008) 'Luz de noviembre, por la tarde' (Demipage, 2011):