La virtud del silencio oportuno

Todos podemos dar una lista de frases o acciones memorables de aquellos hombres y mujeres que con su arte nos han identificado y nos han hecho cambiar nuestras formas de pensar. Pero, ¿en qué momento debe el artista comenzar a darse a conocer? ¿debe este publicar sus obras desde una edad muy temprana? ¿qué valor se le da a un esfuerzo casi adolescente de novato, que, como tiro al blanco, acertó con su primicia?
En poesía tenemos ejemplos desde Rimbaud, Mayakovski, hasta los memorables (aunque, tal vez, no equiparables con los anteriores) versos de ciertos poetas amigos nuestros. Hay un sinnúmero de frases que ávidamente pegamos en nuestras redes sociales y, ya lo dijo Bolaño, la poesía en su estado más puro y bello es cuando sale desde la ternura de la adolescencia (Hablando de Rimbaud y Lautréamont). Éstos dos grandes supieron, o quizá no, de una manera u otra, retirarse a tiempo.
Aquí entramos al otro lado de la moneda: ¿Debe un artista saber cuándo dejar de producir? ¿En qué momento lo que un consagrado sigue haciendo se convierte en refritos de cosas que lo llevaron a dicho pedestal? Desde un foro, lo mismo que desde los suburbios desconocidos del artista aún no publicado, no sabemos con certeza ni una ni otra, o sea, no conocemos la verdadera moneda.
Esto nos obliga a pensar que, tanto una cosa como la otra son extremos lejanos y peligrosos a los que el artista se enfrenta. Si es que les pone atención. Un artista no es más que un ser humano con la capacidad de ver, sentir, aprender y plasmar. Cuando esto lo ve como poderes divinos, por encima de los estándares humanos, aunque a veces sea así, puede que diga de más, que no entienda que lo que el arte tenía que decir a través de él ha dejado su instrumento. Entonces es tiempo de recogerse, de guardar sus utensilios y seguir con el objetivo mismo de crear, que es, ante todo, crecer individualmente. Ya otros seguirán el eterno círculo de la publicación.
Hay, además, ese otro grupo de artistas que dijeron lo que tenían que decir y nadie más pudo sacarles palabras. J.D. Salinger, Juan Rulfo, Kafka. (para una lista más larga se pudiera recomendar leer aquí a Vila-Matas y su “Bartleby y Compañía”). Se publique poco o mucho, debe existir siempre la premisa de que no es sino por uno mismo que se produce arte, por sacar esos fantasmas que tanto artista menciona, esas misteriosas formas personales de ver el mundo. Ya que los pedestales los ocupen personas con otros objetivos.

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